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Portada de la novela Enséñame a amarte

Enséñame a amarte

Bajo la fachada de gloria y riqueza de la familia Richmond se oculta una verdad amarga. Alexander, heredero de un imperio inigualable, se ha transformado en un hombre frío y distante tras años de desprecio y falta de cariño por parte de sus padres. Aunque su apellido evoca éxito, su interior está marcado por las cicatrices del rechazo. Su solitaria realidad cambiará drásticamente cuando el destino lo cruce con la joven Milena Vargas.
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Capítulo 2

Me encuentro observando a través de la ventana desde lo alto del edificio del grupo Argoni donde se encuentra mi oficina en el piso número once, muy atento a la vista que se cierne delante de mí la cual siempre me infunde mucha calma y placer embobándome con lo hermosa que puede llegar a ser.      

— Señor Richmond — aquella voz resuena con bastante firmeza ante mi sorpresa, pues para aquel momento desconocía por completo que allí se encontraba otra persona junto a mí, provocando que rápidamente producto de aquello me volviese hasta el lugar de donde procedía aquel sonido.      

— Chris, santo cielos un día de estos terminaras matándome del susto con lo sigiloso que eres — dije tras sentirme vulnerable producto de aquello.     

— Lo siento señor.      

Christian Morcón a quien todos llamamos Chris, es mi mano derecha, un ex militar que ahora se dedica a realizar trabajos sencillos de oficina, claro hablando entre comillas. 

Es un hombre leal, astuto, audaz y fiel, no le tiembla el pulso cuando doy una orden no importando de qué tipo sea. 

Ahora bien, siempre se dice que en medio de todo mal habita algo de bien y en todo bien habita algo de mal y Chris es precisamente el vivo ejemplo de esa incongruencia pues a pesar de haber sido entrenado como cual máquina de guerra posee un lado sereno, apacible y cálido, todo cuanto detesto en esta vida, lo que de algún modo me ayuda a permanecer con los pies sobre la tierra, curiosamente.     

— Necesitas algo Chris.     

— Sí señor, bueno… en realidad vengo a avisarle que ya casi son las dos en punto, la reunión con los miembros del comité ya está lista, solo hace falta su presencia.      

— Gracias Christian en un momento estaré por allá; por cierto, antes de que te retires le podrías comunicar a mi asistente que necesitare los documentos de la conciliación de mañana, necesito indagar en algunos asuntos para confirmar que todo esté listo a tiempo.     

— Claro señor, a mi salida se lo comunico.     

En vista de no tener nada pendiente según lo que yo imaginaba, aquel sin pensarlo mientras pretendía ya marcharse para seguir en sus labores, dando algunos pasos se acercó hasta la puerta y justo cuando se encontraba a centímetros de estrechar el pomo entre sus dedos aquel se dio la vuelta. 

— Disculpe señor por poco y se me olvida comunicarle lo más importante, el pasaje de avión más la estadía en la casa de campo han sido confirmadas.      

— Vaya, fue bastante rápido ¿A qué hora sale el vuelo?     

— A las doce del mediodía señor.     

— Y se ha confirmado el helicóptero.     

— Sí señor, estará listo para su llegada.     

— Perfecto, avisa a mi chofer y prepara todo para nuestra salida, espero finalmente estar de camino al aeropuerto a las once en punto.     

— Sí señor.     

Fijé mi mirada en él y finalmente recobrando su movimiento lo vi salir por aquella puerta abandonando así mi oficina.     

Por alguna razón tras la soledad hacerme de nuevo compañía la distracción vino a mí y tras quedarme mirando a la nada por algunos segundos me dirigí hasta aquella silla junto al escritorio quienes le daban un torque antiguo pero elegante a aquel lugar. 

Allí, tras acomodar mi cuerpo en su superficie me dispuse a revisar algunos documentos a los que le inscribí mi firma los cuales ya tenía hacia un buen rato pendientes, de seguido dirigí mi vista hasta el costado izquierdo y fijando mis ojos en la taza que reposaba a un lado en aquella mesa la tomé en mano disponiéndome así a tomar su contenido. 

El aroma a café recién hecho no muy bien acerque a aquella a mi cara inundo mi olfato pese a que tiene una fragancia particularmente suave. 

Una vez listo me puse de pie, tomé el saco del perchero y me lo ceñí ajustando de igual manera el nudo de mi corbata e inicié mi recorrido por aquel pasillo hasta la sala de juntas. 

No muy bien llegue todos mis socios me dieron la bienvenida ´´a su conveniencia´´, todos señores mayores algunos detestables aduladores, otros pasaban mayormente a ignorar mi presencia y algunos otros simplemente disfrutan retando mi paciencia, de cierto modo evito darle demasiada importancia a tal asunto pues más de uno de los allí presentes en aquella sala tiene cola que les pisen sin cortar que si me dejo llevar por mis instintos aquella pequeña reunión sin dudas acabaría en un completo desastre.     

Aquella junta en vista de tratarse de un tema sencillo a resolver término mucho antes de lo previsto pues todo se llevó a consenso de forma rápida y contundente cosa extraña pues aquellos buitres chocan constantemente en cuanto a ponerse de acuerdo para tales asuntos concierne.     

Rápidamente tras haberse promulgado la palabra final cada uno habiéndose puesto de pie tomo su rumbo abandonando aquella sala sin espera y sin echar la vista atrás y yo simplemente buscando paz también me retire nuevamente hasta mi oficina con la esperanza de descansar.     

Durante mi recorrido de regreso por aquel pasillo la calma, la intranquilidad y la extrañeza me tomo, pues a mi paso este se encontraba como en pausa, sin ruido y sin movimiento singularidad bastante evidente puesto que al ser un área de resección suele estar bastante alborotado por el flujo constante de personal que suele transitar por allí. 

Aun así sin darle mucha importancia seguí mi camino con la cabeza firme y en alto hasta que finalmente llegue hasta la oficina en donde tras mi llegada me quite el saco colocándolo de inmediato sobre el perchero, afloje el nudo de mi corbata, desabroche las mangas de mi camisa y acercándome hasta el pequeño diván que yace en una esquina de lado derecho deje caer mi cuerpo dejándome llevar por la serenidad y el sosiego guiado por el silencio que allí se mantenía.     

Hace ya algunos días que me siento cansado, el simple hecho de caminar me sobre exige más de lo que debería y precisamente hoy es uno de esos días. 

De modo que por ello asumo a ciencia cierta que, en todo caso, lo posiblemente que me suceda sea a consecuencia del estrés que vengo experimentando a consecuencia de unas pésimas noches que vengo experimentando a causa de algunas pesadillas que me atormentan, ligado está a el exceso de trabajo pues lo admito me sobre exijo demasiado, más la fatiga y mis cambios de humor, sin dudas siento que sean los causantes de tal inestabilidad en mí.     

Allí me dejo seducir por el sueño dulce placer que envuelve a las almas agotadas y me sumerjo entre sus entrañas donde una imagen inusual difícilmente creada por mi toma protagonismo de aquel momento. 

Un campo lleno de trigo dorado ya maduro se abre paso, escucho una voz que me llama reclamando enérgicamente mi atención junto a la risa de unos pequeños niños revoloteando cercanos de donde yo me encontraba quienes exclaman llenos de emoción — abuelo ven a jugar — aquello me seduce de la manera más tierna, aunque no lo quiero admitir aquel pues lugar era un lugar completamente imperturbable.      

Sin previo aviso siento como alguien se acerca sigilosamente y sin hacer mucho ruido, miró hacia todos lados, pero no logro dar con aquello que se escucha; cuando más despistado me encontraba tal figura se hizo notar quien de un solo salto salió de detrás de mi espalda y tomando mi mano echo a correr.  

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