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Portada de la novela Enigma del amor

Enigma del amor

Mila Walker, heredera de una influyente familia terrateniente, se encuentra atrapada por los planes de su madre, Catherine, quien organiza su boda a escondidas. John Harper se involucra en este engaño cautivado por la rebeldía de Mila, pero la farsa da un giro inesperado cuando nace un afecto genuino. A través de su vínculo, ella logra que John comprenda que el amor real no obedece a guiones impuestos, desafiando el control materno y las normas sociales.
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Capítulo 3

—Maldita sea, eso dolió, nana —protestó Mila—. Sinceramente, y sin ofenderte, no quiero usar esto tan conservador —se sobó el lugar del pinchazo de la aguja. Sarah levantó la mirada divertida.

—Si te sigues moviendo, te voy a volver a pinchar otra vez con la aguja —exclamó divertida. Aunque eso no tenía nada de divertido para Mila. Esta se volvió hacia el espejo de cuerpo completo y comenzó a verse de pies a cabeza. Y estaba más que decepcionada.

—Esto no muestra nada de piel, nana. ¿Acaso no puedes ser más actualizada? —soltó irritada al espejo. Era un color verde oliva, la tela pesada y brillosa caía a sus pies, manga tres cuartos y cuello alto. Un terrible estilo de vestido.

—Mila, así lo ha pedido tu madre. Van a ir muchas personas importantes de los alrededores y empresarios del extranjero, incluyendo al señor Harper. —Mila soltó el aire, irritada.

— ¿Ese tipo? Dios nos libre, es un pesado. Lo poco que lo traté hace como tres semanas, lo pillé mirándome varias veces. Y los temas que hablaba con mi madre frente a mí eran de lo más aburrido, a pesar de que se ve muy joven.

—Ponte derecha —ordenó Sarah.

Mila odiaba seguir las reglas que le exigía su madre, no le gustaba para nada salir de la hacienda a menos que fuese acompañada y por la seguridad de los guardaespaldas.

—Odio, este estilo, es tan anticuado, viejo… —soltó para ella misma para que escuchara a propósito. Sarah dejó de hacer lo que estaba haciendo y levantó la mirada hacia Mila.

— ¿Acaso me acabas de llamar vieja? Viejos los cerros, yo solo cumplo las órdenes de tu madre, y por décima vez, ¡Ponte derecha! —soltó irritada.

—Ya. Estoy tan harta de que me diga qué ponerme, cómo sentarme, cómo comer, qué debo o no debo comer, cómo hablar… ¡Ay, Dios mío, estoy tan harta! —exclamó de nuevo molesta.

—Y ella está tan harta de que nunca obedezcas. No sé para qué te quejas si nunca haces caso de lo que se te pide por tu bien y tu futuro… —murmuró Sarah.

Mila soltó una risa irónica.

—Ay, nana, ¿para qué acatar unas reglas que no tienen nada que ver con el siglo en el que vivimos? —Sarah se detuvo sin quitar la mirada. En eso tenía razón Mila… Catherine la protegía demasiado.

De repente, tuvo una punzada de culpa.

—Así educaron a tu madre, yo la cuidé desde… —Sarah se quedó pensando en el pasado—claro, bajo las reglas de tu abuela y mira qué bien le fue… —sonrió Sarah.

— ¿Bien? ¡Mi padre la abandonó porque no la soportaba! Y yo estoy pensando en tomar el mismo camino. —Mila recordaba cada escena en la que discutían ambos padres sin razón, y lo que más le dolía en el alma es que su padre jamás volvió en esos años. Incluso pensaba en escapar para ir en su búsqueda. Quizás su madre lo tenía amenazado.

—No te muevas. —Sarah se retiró una aguja de su cojín de la muñeca y trazó un pedazo de bastilla. —Tú no tendrías el corazón para abandonarla, sea lo que sea, es tu madre, es buena y si te quiere poner en cintura aun a tus casi 21 años, es porque desea que seas mejor. Ahora, gira, quiero ver si está derecha la bastilla y ponte derecha por enésima vez —soltó Sarah mientras observaba su trabajo.

—Extraña forma de hacerlo, no me deja tener amistades, no deja que nadie me hable a menos que lo autorice. ¡Me voy a volver loca antes de los 21 años! Y eso que queda una semana y ya tengo los síntomas principales —Sarah se levantó y se puso enfrente de Mila.

— ¿Loca? ¡Te falta mucho para llegar a estarlo! —soltó una risa sarcástica—Pero velo por este lado, va a hacer la fiesta de antifaces como tú lo pediste y podrás hablar con quien quieras, y eso te las vas a arreglar tú. Ahora dime, ¿qué tan largo quieres el vestido? —Sarah le levantó a cierta altura el vestido.

—Ahí. —señaló Mila— Bueno, ¿qué más falta? Quiero ir con mi madre y convencerla de dejarme ir por unos pastelitos al pueblo.

—Está encerrada en su despacho desde temprano y trae un genio de los mil demonios. Mejor yo le digo que me acompañarás, ya que ocupo ir por la canasta de verduras que hacen falta para la cena… —se levantó y dejó los alfileres sobre la superficie de una mesa antigua.

— ¡Gracias, nana bella! ¿Me avisas? —Mila empezó a quitarse el vestido para salir de la habitación.

—Ahora sí soy tu nana bella, ¿no? —soltó divertida. Mila salió de la habitación, pero regresó para dejarle un beso en la frente.

—Siempre serás mi nana-abuela bella, la única y favorita —dejó un segundo beso en la mejilla y salió como un tornado de la habitación.

Mila estaba en su habitación intentando encontrar el atuendo perfecto para salir. Quería estar muy presentable, ya que eran pocas las veces que salía de la hacienda. Había pasado más de veinte minutos desde que Sarah le había dicho que iría a decirle a su madre que saldrían juntas al pueblo. Después del cuarto atuendo, se quedó con el definitivo: un pantalón negro y una blusa blanca, y se recogió el pelo en una coleta alta. Se puso un poco de color en el rostro y brillo labial.

Se quedó contemplando por la gran ventana el jardín principal. En su mente, imaginaba ver a la gente cargando sus antifaces y detrás de cada uno, una historia misteriosa. Pero lo que la desinflaba era el vestido con el que saldría delante de todos.

— ¡Mila! —escuchó a su nana Sarah gritar afuera, sacándola de sus pensamientos, y rápidamente salió en su búsqueda.

— ¿Qué pasa? —Preguntó al verla entrando al pasillo— ¿Por qué gritas así?

—Tu madre dio luz verde para irnos, ve por tu abrigo y vámonos, ya ha llegado Pedro con la camioneta.

—Déjame buscar rápidamente un abrigo —entró corriendo a su habitación en busca de uno.

— ¡Si no te mueves más rápido, me iré sin ti! —gritó a lo lejos. Mila se apuró en salir.

Se dirigieron al pueblo, que estaba a veinte minutos de camino en auto. La hacienda Walker era la única productora de leche y carne de la región, de hecho, la mejor. Era reconocida por las mejores vacas de calidad; tenían miles de metros cuadrados de terrenos donde pastaban. Aparte de ser reconocida por ello, era la más grande y hermosa. La debilidad de Catherine Walker eran los alcatraces blancos; su nana Sarah le había contado a Mila que el blanco lo consideraba «un color de pureza y luz», y alrededor de la propiedad proyectaba una hermosa vista.

Mila fue educada dentro de casa desde que tiene uso de razón. Tenía aprendidos cinco idiomas: español, inglés, italiano, alemán y francés. Se había inclinado por los estudios de administración, ya que como decía su madre, le servirían a futuro para el manejo de la hacienda.

La educó personalmente. A sus quince años resaltó aún más su belleza natural, se hizo más notable cuando salía a cabalgar con su madre a los alrededores, atrayendo la atención de varios hijos de dueños de haciendas cercanas. Comenzó a circular en el pueblo tal belleza hasta el elogio perfecto de sus ojos verdes, que eran únicos en los alrededores. Tales comentarios llegaron a oídos de Catherine Walker, y eso la hizo ser más controladora y obsesiva con su seguridad, a tal grado de prohibirle salir sin su autorización. Catherine Walker había cambiado con su propia hija, prohibiendo futuras amistades, y la obsesión porque aprendiera cada detalle del manejo de la hacienda. Estaba a una semana de cumplir sus 21 años, y eso reforzaba más su dureza contra ella.

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