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Portada de la novela Engaños en el paraíso

Engaños en el paraíso

Bajo el sol de Cancún, Jason y Alejandra viven un romance clandestino cargado de intensidad. Sin embargo, su felicidad se ve empañada por la sombra de un hombre obsesivo que no está dispuesto a dejarlos libres. Enredados en una peligrosa trama de celos y hostilidad, los amantes se enfrentan a amenazas que ponen en juego su propia vida. Solo la fuerza de su unión podrá determinar si logran escapar de la oscuridad que busca destruir su futuro.
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Capítulo 3

La fiesta en la playa fue exactamente lo que necesitaba. La música vibrante, la arena cálida bajo mis pies descalzos y la compañía de mis amigos y mi familia lograron, al menos por unas horas, borrar el recuerdo del incómodo encuentro. Bailé con mi hermana Alejandra y Alicia, reí con las bromas de Eduardo y Martín, y me dejé llevar por el ambiente festivo. Sin embargo, incluso en medio de la diversión, su imagen aparecía en mi mente: sus ojos verdes, su expresión furiosa, el suave aroma a vainilla. Era como si un pequeño fantasma me persiguiera, recordándome constantemente el incidente.

Los dos días siguientes transcurrieron con una placidez casi irreal. Nos dedicamos a explorar la isla, a nadar en las aguas turquesas y a disfrutar del sol. Intentaba mantenerme ocupado, evitar pensar en ella, pero era inútil. Sus ojos verdes me perseguían en mis sueños, su aroma a vainilla flotaba en el aire que respiraba. Me sentía... embrujado. Era una sensación extraña, como si una fuerza invisible me atara a ese recuerdo, a esa desconocida. A veces, mientras caminaba por la playa o simplemente estaba sentado contemplando el mar, me detenía en seco, con la repentina certeza de que la vería aparecer en cualquier momento. Me sentía ridículo, obsesionado con una chica a la que apenas conocía.

Una mañana, mis padres propusieron que fuéramos a almorzar a un restaurante frente al mar que les habían recomendado. Aceptamos con gusto, pensando que un cambio de ambiente nos vendría bien a todos. Al llegar, nos ubicaron en una mesa con una vista privilegiada del océano. El lugar era encantador, con una decoración rústica y un ambiente relajado.

Mientras esperábamos que nos atendieran, seguía pensando en la desconocida. ¿Qué estaría haciendo? ¿Seguiría pensando en mí con el mismo rencor? Intenté concentrarme en la conversación de mi familia, pero mis pensamientos seguían dando vueltas en torno a ella.

Entonces, la vi.

Una mesera se acercó a nuestra mesa con una libreta en la mano y una sonrisa profesional en los labios. Era ella. La desconocida de la playa. Sus ojos verdes brillaron por un instante al verme, pero rápidamente su expresión se endureció. Me miró con una frialdad que me recorrió la espina dorsal.

Nos atendió con una cortesía forzada, casi glacial. Tomó nuestras órdenes con una eficiencia robótica, sin dirigirnos apenas la palabra y evitando a toda costa mi mirada. Sentí la tensión en el ambiente. Mis amigos y mi familia notaron su actitud distante, aunque no parecían entender la razón.

Entonces, Alicia, que había estado observando a la mesera con atención, abrió los ojos con sorpresa y codeó a mi hermana Alejandra y luego a Eduardo, que estaban conversando animadamente con Martín, ajenos a la tensión que se respiraba en nuestra mesa.

-Chicos... -susurró Alicia, con los ojos fijos en la mesera-. ¿No les parece conocida?

Alejandra y Eduardo siguieron la mirada de Alicia y, al instante, sus expresiones cambiaron a una mezcla de sorpresa e incredulidad. Martín, al ver sus reacciones, también giró la cabeza y frunció el ceño, intentando entender qué pasaba.

-Es... es ella -murmuró Alejandra, con los ojos muy abiertos.

-¡La chica de la playa! -exclamó Eduardo en voz baja.

Alicia les hizo un gesto para que bajaran la voz.

-¡Shhh! Disimulen, mis padres no se han dado cuenta -susurré, con el corazón latiéndome con fuerza. No quería que mis padres se enteraran del altercado en la playa, ni mucho menos de la tensa situación con la mesera.

Asentimos todos, intentando actuar con naturalidad frente a mis padres, que seguían conversando sobre sus planes para la tarde. Sin embargo, la tensión se había intensificado. Ahora todos en la mesa, excepto mis padres, éramos conscientes de la presencia de la chica.

La mesera continuó atendiéndonos con la misma actitud fría y distante. Cuando me trajo mi plato, lo dejó sobre la mesa con un golpe seco, casi derramando mi limonada, y me miró fijamente durante un segundo, con una expresión de desprecio que me hizo sentir aún más incómodo, antes de darse media vuelta y alejarse sin decir una palabra.

Una vez que la mesera se alejó lo suficiente, Alicia, con una determinación que me heló la sangre, se levantó de la mesa. Justo en ese momento, mi madre, que había estado observando a Alicia levantarse con una expresión de curiosidad, comentó con una sonrisa despreocupada:

-¿A dónde vas, hija? No te desgastes, seguro que solo está teniendo un mal día. Con dejarle una buena propina seguro que se va feliz a casa.

Alicia le dedicó una sonrisa forzada, pero su mirada denotaba determinación.

-No, tía. No se trata de eso. Voy a hablar con ella un momento.

Mi padre, ajeno a la tensión que se respiraba, siguió conversando con Martín sobre el partido de fútbol de la noche anterior. Alicia me lanzó una mirada que me decía claramente que no quería que nadie se metiera. Entendí el mensaje. Quería mantener la compostura frente a mis padres y resolver la situación discretamente.

Justo cuando Alicia regresaba a la mesa después de su breve confrontación con la mesera, esta última, al pasar junto a mí con una bandeja llena de bebidas, tropezó "accidentalmente" y derramó el contenido de mi vaso de limonada sobre mi camisa. La situación era ya surrealista. La chica me miró con una falsa expresión de arrepentimiento.

-¡Oh, lo siento muchísimo! -exclamó, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Sentí la mirada de todos en la mesa. Alicia, con la furia contenida, apretó los puños. Mi hermana Alejandra me miró con preocupación, mientras que Eduardo y Martín intercambiaban miradas de incredulidad. Mis padres, por suerte, seguían absortos en su conversación.

-No te preocupes -murmuré, intentando restarle importancia al asunto, aunque por dentro me hervía la sangre.

La cena continuó con una tensión palpable, pero intentamos mantener la compostura por el bien de mis padres. Una vez que terminamos, nos levantamos para irnos. Al salir del restaurante, vi una escena que me heló la sangre. La mesera, la chica de la playa, estaba discutiendo acaloradamente con un hombre en una esquina oscura. El hombre la agarró del brazo con fuerza, y ella intentaba zafarse. Por un instante, pensé en intervenir, pero algo me detuvo. Quizás el recuerdo de la bofetada, quizás el miedo a empeorar las cosas. Finalmente, decidí seguir caminando con mi familia, fingiendo no haber visto nada.

La noche transcurrió sin mayores incidentes, pero la imagen de la chica discutiendo con ese hombre me persiguió durante toda la noche. A la mañana siguiente, bajé al restaurante del hotel para desayunar. Martín y Eduardo habían quedado en bajar más tarde, así que decidí adelantarme. Para mi sorpresa, la vi allí, trabajando como si nada hubiera pasado. Estaba atendiendo mesas con una sonrisa amable, como si la noche anterior no hubiera existido. Me extrañó no haberla visto antes en el hotel. Era un lugar pequeño, y me habría llamado la atención una mesera con esos ojos verdes. Me senté en una mesa cerca de la ventana, con la esperanza de disfrutar de un desayuno tranquilo y quizás, con suerte, despejar mi mente.

Unos minutos después, se acercó a mi mesa. Su sonrisa amable se desvaneció al verme, reemplazada por una expresión neutra, casi de indiferencia.

-Buenos días -dijo con un tono de voz monótono.

-Y nos volvemos a encontrar -dije con una sonrisa forzada, intentando aligerar el ambiente-. Creí que no te volvería a ver nunca más. Por favor, esta vez no me tires el café... o lo que sea que tengas en esa bandeja.

Una sombra de irritación cruzó su rostro, aunque intentó disimularla con una sonrisa tensa.

-No se preocupe, tengo suficiente práctica derramando cosas "accidentalmente" -respondió con un tono sarcástico que no pasó desapercibido.

Sentí una punzada de molestia ante su comentario. Estaba claro que no iba a dejar pasar lo sucedido.

-Mira -dije, intentando mantener la calma-. Lo de hace unos días fue un accidente, ¿sí? Un malentendido.

-¿Un accidente? -repitió, con una ceja arqueada-. Un accidente que involucró tocamientos inapropiados y una bofetada. Sí, suena muy accidental.

-El roce fue un accidente -insistí-. Y la bofetada... bueno, eso fue una reacción a tu... a tu propia bofetada.

Sus ojos verdes brillaron con intensidad.

-Así que ahora la culpa es mía, ¿no? -preguntó, con la voz cargada de sarcasmo.

-No estoy diciendo eso -respondí, sintiéndome cada vez más frustrado-. Solo digo que las cosas se salieron de control.

-Sí, se salieron de control porque tú me agrediste -me interrumpió, con un tono de voz más elevado, atrayendo algunas miradas de otras mesas.

Bajé la voz, intentando evitar un nuevo escándalo.

-Por favor, hablemos de esto en otro momento -susurré-. No quiero armar un show aquí.

Ella soltó una risita amarga.

—¿Y cuándo sería un buen momento? ¿Cuándo me vuelvas a “tocar accidentalmente”?

La conversación se había vuelto un callejón sin salida. Sus palabras me hirieron y me enfurecieron, pero al mismo tiempo me sentía culpable por lo que había pasado. Justo en ese momento, como enviados del cielo «o del infierno, dependiendo de cómo se mire», aparecieron Martín y Eduardo, buscando nuestra mesa.

—¡Jason! ¡Aquí estás! —exclamó Martín, con su habitual entusiasmo.

Eduardo, bostezando, se dejó caer en la silla frente a mí.

—Uf, creo que nos levantamos muy temprano. Mala idea la de ir a ver a los delfines, Jason.

Martín, al notar la tensión entre la mesera y yo, frunció el ceño.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó, mirando a la chica con una sonrisa educada.

—Todo perfecto —respondí con sarcasmo, sin apartar la mirada de la mesera.

Ella, por su parte, les dirigió una sonrisa forzada, intentando disimular la tensión.

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