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Portada de la novela Engaño Mortal: La Esposa Usada

Engaño Mortal: La Esposa Usada

Sofía contrajo matrimonio con Javier Mendoza para honrar a sus padres, creyendo hallar consuelo tras el desprecio de Ricardo. Sin embargo, tras perder seis embarazos y sacrificar a su primogénito mediante un don místico, descubre una realidad aterradora: ambos hombres la utilizan como un envase. Sus hijos son sacrificios destinados a nutrir la vitalidad de Elena, una vidente. Ante tal traición, Sofía abandona su inocencia para buscar venganza.
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Capítulo 2

Sofía Vargas sentía el peso del velo de novia sobre su cabeza, pero era más ligero que el peso de la promesa que le hizo a sus padres en su lecho de muerte. Cásate con un Mendoza, habían susurrado, sus voces débiles pero firmes. Ellos protegerán nuestro legado, te protegerán a ti. Como custodios de secretos ancestrales, su última voluntad no era una sugerencia, sino un mandato tallado en la historia de su linaje. Sofía, una experta en la restauración de arte sacro, sabía de legados. Sentía la energía en los objetos antiguos, una vibración sutil que le permitía devolverles su gloria. Ahora, su propia vida se sentía como una reliquia que estaba entregando a una familia poderosa para su custodia.

Su prometido, Ricardo Mendoza, el heredero principal, la esperaba en el altar. Era un hombre esculpido por el poder y la ambición, su sonrisa perfectamente calculada. Sofía intentó convencerse de que el ligero frío que sentía era solo por los nervios de la boda. La ceremonia, celebrada en los opulentos jardines de la mansión Mendoza, era un espectáculo de riqueza y poder. Pero justo cuando el juez iba a comenzar, Ricardo levantó una mano.

"Un momento," dijo Ricardo, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplica. "Antes de unir nuestras vidas, quiero una bendición especial para asegurar la prosperidad de nuestra unión y de la familia Mendoza."

La multitud murmuró confundida. De entre los invitados, una mujer de mirada intensa y vestida con túnicas exóticas se adelantó. No era una sacerdotisa ni una ministra de ninguna fe conocida.

"Ella es Elena," anunció Ricardo, tomando la mano de la mujer. "Una vidente con un don excepcional. Su visión guiará a nuestra familia hacia un futuro aún más grande."

Sofía se quedó helada. ¿Una vidente? ¿En su boda? Miró a Ricardo, buscando una explicación, pero él solo tenía ojos para Elena. La vidente comenzó un canto bajo y gutural, pasando sus manos sobre la cabeza de Ricardo en una ceremonia extraña y pagana. Los invitados, la élite de la ciudad, observaban en un silencio incómodo, demasiado intimidados por los Mendoza para protestar. Para Sofía, no era solo una excentricidad, era una humillación pública. Estaba siendo reemplazada en su propio altar, su papel reducido al de una simple espectadora mientras su futuro esposo celebraba un rito íntimo con otra mujer. La promesa de sus padres se sentía de pronto como una trampa.

Justo cuando la humillación amenazaba con ahogarla, una voz se alzó en su defensa.

"¿Qué demonios es este circo, Ricardo?"

Javier Mendoza, el hermanastro de Ricardo, caminó hacia el altar. Con su cabello largo, su ropa de artista y su aire bohemio, era la antítesis de su hermano. La oveja negra de la familia. Se paró al lado de Sofía, creando una barrera protectora entre ella y el resto del mundo.

"Esto es una boda, no una de tus sesiones de espiritismo. Ten un poco de respeto por Sofía."

Ricardo fulminó a Javier con la mirada. "Tú no te metas en esto, Javier. Esto es por el bien de la familia, algo que tú nunca entenderías."

La matriarca, Doña Carmen Mendoza, se levantó de su asiento, su rostro una máscara de desaprobación. "Javier, siempre haciendo un escándalo. Y tú," dijo, señalando a Sofía con desprecio, "deberías saber cuál es tu lugar. Si no puedes aceptar nuestras tradiciones, quizás no mereces ser una Mendoza."

La acusación flotó en el aire, venenosa y clara. En ese momento, Ricardo sonrió con malicia. "Madre, creo que ya entiendo lo que pasa. La oveja negra defendiendo a la intrusa. Qué conmovedor. Quizás su aventura comenzó antes de la boda."

El gaspeo colectivo de los invitados fue como un golpe físico. Sofía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. ¿Una aventura? ¡Apenas conocía a Javier! Pero la trampa ya estaba cerrada. Antes de que pudiera decir una palabra, un sirviente se acercó a ella y a Javier. "La señora Carmen pide que pasen a la biblioteca para aclarar este malentendido. Les ofrece un vaso de agua para calmar los nervios."

Era una orden, no una oferta. Aturdidos y humillados, siguieron al sirviente. Bebieron el agua sin pensar, desesperados por un momento de calma. Fue su último error consciente. El mundo comenzó a girar, los sonidos se distorsionaron y una pesadez abrumadora se apoderó de sus cuerpos. Lo último que Sofía recordó fue ser arrastrada por un pasillo oscuro, su costoso vestido de novia rasgándose en el suelo de piedra.

Despertó en la oscuridad de un sótano, el olor a humedad y vino rancio llenando sus pulmones. A su lado, Javier respiraba con dificultad. La droga aún corría por sus venas, una niebla espesa en su mente, pero una parte de él luchaba contra sus efectos. Sofía lo vio temblar, sus puños apretados con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Se arrastraba lejos de ella, pegando su espalda a la pared fría y húmeda como si ella fuera fuego.

"No... no te tocaré," murmuró él, su voz quebrada por el esfuerzo. Estaba delirando, su cuerpo sacudido por espasmos. "Sofía... te amo... no dejaré que te hagan daño... no te haré daño..."

En medio de la pesadilla, sus palabras fueron un ancla. No eran las palabras de un cómplice, sino las de un hombre que luchaba contra un veneno para protegerla. En su delirio, en su momento más vulnerable, no reveló complicidad, sino un amor que ella nunca había sospechado. La crueldad de Ricardo y Doña Carmen, contrastada con el sacrificio de Javier en esa mazmorra, selló su decisión.

Cuando finalmente los liberaron a la mañana siguiente, con la amenaza implícita de que su "aventura" sería el escándalo del año si no cooperaban, Sofía miró a Ricardo con los ojos vacíos de cualquier emoción. Luego se volvió hacia Javier, que la miraba con una mezcla de agotamiento y devoción.

"Me casaré con él," dijo Sofía, su voz sorprendentemente firme.

La conmoción en la habitación fue palpable. Ricardo se rió, una risa fea y forzada. "Perfecto. La oveja negra se queda con los restos. Se merecen el uno al otro."

Conmovida por su aparente sacrificio y su amor murmurado en la oscuridad, Sofía se casó con Javier Mendoza ese mismo día, en una ceremonia silenciosa y sombría. Poco después, quedó embarazada. Por un breve momento, la esperanza floreció en su corazón. Quizás había encontrado un refugio en los brazos del paria de la familia.

Pero la tragedia nunca estaba lejos en la casa Mendoza. Un día, mientras conducían por una carretera sinuosa, un camión apareció de la nada. Javier giró el volante bruscamente, poniendo el coche directamente en la trayectoria del impacto para protegerla. El sonido del metal retorciéndose fue ensordecedor. Javier quedó atrapado, gravemente herido, su vida pendiendo de un hilo.

En el hospital, los médicos fueron sombríos. Las posibilidades eran escasas. El miedo de perder a otro ser querido, el único que parecía amarla, consumió a Sofía. Las advertencias de sus padres resonaron en su mente: Nunca uses el don para alterar el flujo de la vida misma, el precio es incalculable. Pero no podía soportar otra pérdida.

Esa noche, en la habitación silenciosa del hospital, Sofía tomó las manos inertes de Javier. Cerró los ojos y recurrió a ese conocimiento ancestral que corría por su sangre. No era como restaurar un cuadro; era tejer los hilos rotos de la energía vital. Sintió un tirón violento desde lo más profundo de su ser, una fuerza vital que salía de ella y entraba en él. Era un vacío inmenso, un sacrificio. A la mañana siguiente, Javier despertó, confundido pero milagrosamente estable. Y Sofía comenzó a sangrar. Perdió al hijo que llevaba en su vientre. Los médicos lo llamaron una consecuencia del estrés postraumático. Sofía sabía la verdad. Había pagado el precio. Y la maldición no terminó ahí, los médicos le informaron que debido a complicaciones, sería casi imposible para ella llevar a término cualquier embarazo futuro.

Los años que siguieron fueron un ciclo de esperanza y desolación. Quedó embarazada cinco veces más. Cada vez, la alegría era efímera, seguida por la devastadora pérdida. Javier era el esposo devoto, consolándola, llorando con ella, pero algo se sentía mal. Doña Carmen la despreciaba abiertamente, llamándola "la mujer estéril" que manchaba el nombre de los Mendoza.

Buscando desesperadamente una forma de revertir lo que creía era su maldición, Sofía se sumergió en los textos antiguos de su familia. Una tarde, mientras buscaba un libro en la ciudad, pasó por un restaurante de lujo. A través de la ventana, vio a Javier y a Ricardo sentados en una mesa, riendo. La curiosidad la detuvo. Se acercó a la puerta, ocultándose para escuchar.

"La última pérdida fue difícil," decía Javier, con un tono casual que le heló la sangre a Sofía. "Casi no lo logra. Está cada vez más débil."

Ricardo tomó un sorbo de vino. "No importa. Necesitamos que siga intentándolo. Elena necesita esa esencia vital de los niños. Es la única forma de mantenerla estable."

"¿Y qué pasa con Sofía?", preguntó Javier. "¿Hasta cuándo podemos seguir con esto? Empieza a sospechar."

"Mientras te ame, hará cualquier cosa," respondió Ricardo con frialdad. "Tú eres su héroe, ¿recuerdas? El que la salvó. Sigue jugando tu papel. Cuando tengamos suficiente esencia de sus hijos para asegurar la vida de Elena por décadas, podrás deshacerte de ella."

Sofía se apoyó contra la pared fría del edificio, el mundo entero se desmoronaba a su alrededor. Seis hijos. Seis pérdidas. No fueron accidentes. No fue una maldición. Fue un plan. Su matrimonio, el amor de Javier, su dolor... todo era una mentira. La habían utilizado como un recipiente, un sacrificio para mantener viva a una mujer a la que ni siquiera conocía. La restauración que había hecho no fue para salvar a su amado esposo, sino a uno de sus verdugos. Y el precio no solo lo había pagado ella, sino también sus hijos nonatos. En ese momento, la mujer ingenua y enamorada murió. En su lugar, nació una mujer consumida por un único propósito: la venganza.

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