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Portada de la novela ENCUENTROS FURTIVOS

ENCUENTROS FURTIVOS

Bajo una lluvia implacable, Olivia y Carlos coinciden en un restaurante tras un desengaño sentimental. Sin revelar identidades ni detalles de sus vidas privadas, pactan un vínculo secreto definido por la pasión pura y el anonimato total. No existen mensajes ni llamadas; solo encuentros furtivos en una habitación donde el deseo manda. Sin embargo, este idilio perfecto sin nombres se ve amenazado cuando el misterio que ambos guardan empieza a salir a la luz.
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Capítulo 3

CARLOS

Estaba un cincuenta por ciento seguro que no me había visto. Me senté a propósito en la mesa más alejada del restaurante y le pedí al mesonero (quien increíblemente me reconoció) que no le dijera que yo había llegado. También le envié con él una botella de cerveza y que le dijera que iba por cuenta de la casa.

Con satisfacción vi como se la bebía. Quería probar sus gustos, descubrirlos, porque no los conocía. Solamente sabía del vino y de la energía que provocaba en ella tras varias copas. Entonces decidí enviarle un poco de ese amado líquido, para nada reluciente y para nada adjunto a su finura y delicadeza. Por supuesto, necesitaba saber si le gustaba ese tipo de bebidas y si su efervescencia le sentaba bien.

No la rechazó, muy bien que la disfrutaba. Punto para ambos. Me gustó saber que ella había reservado la misma mesa en donde la conocí. No lo pude creer a la primera. La Napolitana era un lugar exclusivo, pero no tanto para agendar reservaciones solo para parejas; a menos que se tratase de una ocasión especial… Su logro fue algo nuevo para mí.

Seguí observándola por unos minutos más, a pesar de encontrarme bastante alejado. Ella en la delantera y yo detrás, al final, de último… Algo escondido, debo confesar.

—¡Coño Carlos! —saltó la voz de un hombre todo alegría y cerré los ojos por un instante. Miré hacia aquella mesa y me extrañé que no hubiese escuchado ese saludo tan enérgico.

—Meléndez —dije, poniéndome de pie y estrechando la mano de aquel, quien agregó unas palmadas en mi brazo opuesto mientras subía y bajaba, con ahínco, el apretón.

—¿Cómo está la familia? En estos días vi a tu prima en el banco. No sabía que estaba gerenciando.

—Así es. —Sonreí amable ya estando separados. Meléndez era un sujeto con casi sesenta años de edad para quien trabajé una vez—. También está a punto de casarse —le informé—, así que el cargo le cayó de maravilla.

—¡Coño, pero qué buena noticia! Le diré a Rosa que le envíe un presente de bodas. Tu prima ha sido siempre amable con la compañía, y con mi señora.

—Bueno, si se lo envías como sorpresa, prometo no decirle. —Me reí un tanto, y él hizo lo mismo.

—¿En qué andas ahora, Carlos?

Pude responderle, pero no quería más charla. Mi objetivo principal de la noche esperaba por mí y sería un tonto si seguía alargando la tertulia.

—Bueno Meléndez, si me disculpas…

—No, no, claro, claro… Por favor, sigue en lo tuyo. —Estrechamos las manos de nuevo—. Visítame en la oficina. Tengo alguien que me asiste con las cuentas, un sobrino de mi mujer, pero no está demás pegarle un sustillo al muchacho.

Sonreí abiertamente y negué con la cabeza por las ideas que siempre estructuraba mi ex cliente. Esperé que él caminara hacia su mesa —la cual ya tenía personas alrededor—, y me dirigí hacia la de ella… ¡En donde no había nadie! La mujer no estaba por ningún lado y ver su silla vacía, al igual que el vaso y la botella, me detuvo en el acto.

Me congelé. Y lamenté casi sin saber por qué (y de inmediato) habérmela llevado a la cama y proponerle un nuevo encuentro en ese restaurante sin ni siquiera pedirle un jodido número de teléfono.

Me empecé a sentir acelerado. Asustado, de hecho. Rápido, miré hacia la caja registradora con la clara idea de sacarle (así sea a pedradas) a la recepcionista el número personal de mi cita. La cajera solía encajar facturitas en un objeto punzante con un montón de dígitos telefónicos anotados allí, datos que le exige a la gente cuando cancelan sus compras con tarjeta. Pero la pedrada me la di yo en los dientes al recordar que le había pagado el trago.

«¡Maldita sea! ¿Por qué coño le pedí al mesonero que le dijera que iba por cuenta de la casa?»

—¿Pasa algo malo con su mesa, señor? —preguntó el camarero.

—¿A dónde se fue ella? —Señalé con urgencia la mesa vacía delante de mí. Y creo que le hablé algo fuerte porque el pobre sujeto enarcó las cejas.

—Señor, la señorita de esa mesa está…

—¿Carlos? Acá estoy.

Me volteé de ipso facto y allí sentí un golpe invisible que me tumbó al suelo; No era más que el efecto volátil del alivio cayendo sobre mí. No me percaté si el mesonero se quedó unos minutos más o se había ido, no me di cuenta de más nada. Allí estaba ella, recta y feliz, con una mueca ligera de cejas y labios de mediana sonrisa. Su cabello castaño oscuro suelto, manos juntas al frente sosteniendo su pequeño bolso, el cual combinaba en color con su vestido mostaza... Bien maquillada, sencilla y a la vez, brillante. Y estaba seguro que si me acercaba, algún exquisito aroma podría enloquecerme; como sucedió en la cena anterior.

—Pensé que te habías ido.

—De hecho, así fue. Pero para el baño —explicó sin meras pretensiones de burla, con ese tono de voz dulce, suave y levemente ronco… Espectacular.

Solo asentí y metí la lengua en las encías. Señalé su mesa con la cabeza.

—¿Consumiste algo más? ¿Pediste algo para cenar?

«Si me dice que sí, me ahorco».

—No, solo la cerveza que me brindaste. —Me detuve en seco. No pude evitar sonreírle, eso no me lo esperaba—. El mesonero no me dijo nada. Lo adiviné. —Se encogió de hombros.

Me la quedé mirando por un segundo.

—¿Ya me habías visto?

Ella negó con la cabeza y frunció un poquito las cejas. Entonces volví a quedar en el limbo, anonadado por su acierto. Sin embargo, tenía que reaccionar.

—Si tienes todas tus cosas contigo, nos vamos.

Di un paso hacia la salida luego de decirle aquello, pero ella me detuvo.

—No. Quiero cenar.

«Maldita sea…Ella quiere cenar». Se me salió una sola risa por mi pensamiento, porque por complacerla me resignaría a esperar. Juro que no tenía hambre de comida. Le concedí el deseo y como el caballero que aprendí a ser, me dirigí a la mesa, saqué la silla para ella y luego de un gracias de su boca, me senté al otro lado del mantel lleno de platos y copas, objetos que parecieron resplandecer por el interés de algo curioso.

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