
Encontraré La Justicia Por Sí Mismo
Capítulo 3
Pasé la mañana en un estado de alerta máxima, observando cada uno de sus gestos, analizando cada palabra.
Sofía se movía por la casa con una eficiencia tranquila, atendiendo llamadas del estudio, revisando unos planos en la tablet y cuidando de mí.
"¿Mejor?" me preguntaba cada media hora.
"Sí, un poco", respondía yo.
Pero por dentro, la ansiedad me carcomía. Cada minuto que pasaba era un minuto menos para que la tragedia se desatara.
No había ninguna señal de engaño en ella. Ninguna mirada furtiva, ninguna llamada sospechosa. Era la Sofía de siempre. Mi Sofía.
Esto solo hacía que el misterio fuera más profundo.
El plan original dependía de que yo llevara el coche al taller de Carlos. Un taller que, como descubrí demasiado tarde en mi otra vida, se había mudado, y la dirección antigua me llevaba a un callejón sin cámaras, el lugar perfecto para la emboscada.
Si yo no iba, el plan se rompía. ¿Verdad?
A mediodía, la falsa sensación de seguridad empezó a instalarse en mí. Quizás mi negativa a conducir había sido suficiente. Quizás había roto la cadena de eventos.
Para asegurarme, bajé al garaje con la excusa de tirar la basura.
Mi corazón se detuvo por un segundo, y luego empezó a latir con alivio.
Allí estaba. El Jaguar, brillante y perfecto bajo la luz del fluorescente.
Una sonrisa estúpida se dibujó en mi cara. Lo había conseguido. Había vencido al destino.
Subí de nuevo al apartamento, sintiéndome ligero, casi eufórico. Sofía estaba en una videollamada, así que me senté en el sofá y encendí la televisión, por primera vez relajado en horas.
Y entonces, mi móvil vibró sobre la mesa.
En la pantalla, un número que no conocía, pero que mi alma reconoció al instante. El mismo número que me llamó en mi vida anterior.
Un número oficial de la Policía Nacional.
Mi sangre se heló. Contesté con manos temblorosas.
"¿Señor Mateo Vidal?"
"Sí, soy yo."
"Le llamamos de la Jefatura Superior de Policía de Madrid. Se le requiere personarse de inmediato en la Gran Vía, a la altura de la Plaza de Callao. Ha habido un incidente grave con un vehículo registrado a su nombre."
La voz del agente era monótona, profesional, y cada palabra era un martillazo en mi cráneo.
"Eso es imposible", balbuceé. "Estoy en mi casa. Mi coche está en el garaje."
"Señor, el Jaguar E-Type con matrícula 2828 ABC acaba de atropellar mortalmente a una familia de tres personas y se ha dado a la fuga. Múltiples testigos le identifican a usted como el conductor."
Colgué.
Corrí hacia el garaje, sin importarme que Sofía me mirara extrañada desde su despacho.
Bajé las escaleras de dos en dos, con el pánico ahogándome.
Llegué a la plaza de aparcamiento.
Estaba vacía.
El coche había desaparecido.
Pero ¿cómo? Las llaves estaban en mi bolsillo. El garaje tiene un sistema de seguridad que solo yo puedo desactivar. Era imposible.
Saqué el móvil y marqué el número de mi primo Javier, el conserje del edificio de oficinas donde teníamos el estudio.
"Javi, necesito un favor enorme. ¿Está Sofía en la oficina?"
"¡Mateo! ¿Qué tal, primo? Pues sí, aquí está. Lleva toda la mañana encerrada en reuniones, no ha salido para nada. ¿Pasa algo?"
El alivio momentáneo fue reemplazado por una confusión aún mayor. Sofía tenía una coartada perfecta.
Entonces, ¿quién demonios había conducido mi coche?
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