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Portada de la novela Encontrar la luz

Encontrar la luz

Luz Milagros se encuentra en el límite de su resistencia, sumergida en una desesperación que la conduce al internamiento en un hospital psiquiátrico. En medio del trauma y la desolación de su retiro, aparece Jason Grabel, quien se propone salvarla con un afecto inquebrantable. Convertido en su protector y apoyo vital, Jason inicia una lucha contra el reloj para curar el espíritu de Luz, buscando restaurar su identidad y rescatarla de la oscuridad.
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Capítulo 2

NARRA LUZ

La cotidianidad para algunos es un refugio, pero para ella, cada día en la universidad es un campo minado, un cruel recordatorio de su diferencia. La joven, vestida con la oscuridad de su incomprendida alma, atraviesa los pasillos cargados de miradas hirientes y murmullos mordaces. Sus compañeros, lejos de comprenderla, la juzgan y la ridiculizan por su silencio y su estilo de vestir.

En su universo de desencanto, la academia se convierte en una prisión que ella visita por obligación, escapando apenas de un hogar opresivo que le exige cumplir con estándares que no encajan con su ser. Allí, en medio de la indiferencia y la burla, solo un nombre parece resonar con molestia en su mundo: Jason Grabel. Un antiguo amigo que se evaporó en los momentos más oscuros de su vida, ahora se atreve a acercarse, sembrando la duda en su corazón lastimado.

Cada día es una batalla en la universidad, donde los susurros despiadados la persiguen como sombras malévolas. Las palabras cargadas de crueldad, las risas mordaces, son los cuchillos que se clavan en su piel sensible. Con la fuerza de la rabia y el peso de la soledad, se refugia en el rincón más apartado del aula, donde los bancos traseros se convierten en su único refugio.

–Maldigo el día en que decidi seguir estudiando– murmura con amargura mientras aguanta la mirada inquisitiva de sus compañeros. Cada jornada se convierte en un calvario que soporta en silencio, guardando el final de las clases como el único alivio.

Entre el desdén de sus compañeros y la sombra de sus propios demonios, ella se aferra a la esperanza de encontrar un resquicio de luz en medio de tanta oscuridad. En este relato de dolor y desesperación, ¿podrá la joven encontrar un atisbo de redención, un compañero verdadero que el rescate de este abismo emocional en el que se encuentra atrapada? La universidad se convierte así en el escenario de una lucha silenciosa por la aceptación, la comprensión y el anhelo de pertenencia en un mundo que parece rechazarla a cada paso.

Narra Jason Grabel

Mi nombre es Jason Grabel. Entre los espacios interminables de la Universidad de Harvard, me defino con una estatura de 1,80 metros y una figura delgada, pero no exenta de cierto músculo esculpido por horas dedicadas al ejercicio. Mis cabellos dorados y mis ojos verdes, siempre inquisitivos, son apenas rasgos que se suman a la narrativa de mi vida. A mis veintidós años, estoy inmerso en la incesante búsqueda de comprensión en los entresijos de la psiquiatría, trazando un camino entre las aulas de la facultad de medicina.

Hubo un tiempo en el que la palabra “amigo” estaba intrínsecamente ligada a mi relación con Luz. Desde la infancia, nuestros lazos eran inquebrantables. Sin embargo, las extrañas vueltas del destino nos alejaron. Algo sucedió en su mundo, algo que desconozco por completo, pero en mi constante reflexión, aún me embarga la perplejidad de comprender qué fuerzas misteriosas cambiaron su rumbo. Lucas Daniel se erige en mi mente como el catalizador de esa transformación, aquel que la sumergió en el pasillo más oscuro de su existencia.

¿Qué acontecimiento oscuro o qué torrente de emociones la sumergió en esa melancolía? Cada día, la interrogante reverbera en mi mente sin ceder espacio a respuestas satisfactorias. Anhelo, con la fuerza de un deseo insaciable, recuperar la amistad que compartíamos, reconstruir esa unión que tanto alimentó mi espíritu. Sin embargo, ella, envuelta en su propio enigma, rechaza mi cercanía y reitera con firmeza su deseo de soledad.

Desearía comprender sus motivos, descifrar los enigmas que la atormentan, pero mis esfuerzos parecen chocar contra una muralla de silencio. Persisto en mi empeño, no por terquedad, sino por la convicción de que la conexión que compartíamos merece ser rescatada del abismo en el que se ha sumergido.

En medio de la incertidumbre, aguardo el día en que la distancia se desvanezca, cuando las sombras que la rodean cedan espacio a la luz que alguna vez brilló en su mirada. Mientras tanto, sigo en la búsqueda incansable de respuestas que, quizás, solo ella posea.

Así, entre recuerdos y anhelos, mi existencia se encuentra entrelazada con la esperanza de recuperar lo que una vez fue, pero también con la resignación de respetar los límites que ella misma ha erigido en su universo interior.

Mi deseo en este gran mundo es poder saber qué fue lo que le sucedió, comprender que es lo que esconde en lo más profundo de su ser, que no le permite ser feliz como lo era hasta hace unos años ¿Cómo puedo ayudarla? ¿Cómo sacarla de ese pozo en el que está?. No sé como lo haré, pero juro que lo lograré.

El día de hoy marcó nuestro regreso a clases tras unos días de receso debido a unas fascinantes competencias de natación que llevaron la institución a un frenesí deportivo. El aura de emoción aún flota en el aire, pero es hora de volver al enfoque académico. Antes de sumergirme en mi primera clase, me dirijo a la sala de casilleros, donde diviso a ella, meticulosa guardando sus útiles. Sé que mi saludo probablemente pasará desapercibido, pero aún así, me acerco, deseando romper esa barrera invisible.

Las risas disimuladas de unas chicas rompen el ambiente, burlándose a sus espaldas. Mi instinto me dice que interrumpir este cruel juego podría empeorar las cosas, así que opta por el silencio, observando con impotencia mientras ella se retira, ajena al menosprecio.

–¿Les parece justificable burlarse de alguien solo por ser diferente?– preguntó con furia, intentando desafiar su actitud mezquina.

–Jasón, no te metas– me ordenó Clarisse, una antigua compañera del secundario, como si tuviera autoridad para dictar las reglas de la situación.

–Si la ‘loca’ no dice nada, tú tampoco lo hagas– dice su amiga con un tono de superioridad que rezuma falta de empatía. La crueldad en sus palabras me provoca un nudo en la garganta.

–¿Acaso sales con esa ‘rara’?–inquiere su compañera con malicia en su voz. El desdén y la maldad se mezclan en las palabras que arroja como dardos envenenados hacia Luz

–Es imposible que alguien tan popular quiera salir con ese ‘adefesio”–suelta con desprecio, mientras Luz, la víctima de este circo de crueldad, finalmente se aleja de nuestro campo de visión, buscando escapar de esa injusta exposición.

La rabia y la impotencia bullen dentro de mí. Sin embargo, decidió enfrentar la situación con palabras cortantes, una pequeña arma contra la crueldad despiadada. –Al menos ella tiene a alguien enamorado, en cambio, ustedes tienen que andar rogando– respondo con un deje de malicia y desdén, tratando de equilibrar la balanza de la injusticia con palabras punzantes.

–Mejor me voy, no vaya a ser que crean que caí tan bajo como para salir con alguna de ustedes– añado con un tono de desdén final antes de alejarme rápidamente, dejándolas perplejas ante mi desafío a su superioridad superficial.

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