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Portada de la novela ENCADENADAS

ENCADENADAS

Valentina y Estefanía han pasado años sometidas por un grupo de hombres tras ser capturadas a los trece años. En un entorno cruel de esclavitud y castigos físicos, las gemelas enfrentan una realidad desoladora marcada por los trabajos forzados. Sin embargo, entre ellas surge un vínculo afectivo tan inquebrantable que desafía cualquier convención social. Este profundo amor será su único refugio y la fuerza necesaria para intentar conquistar su libertad.
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Capítulo 3

3

Valentina no sabía lo que era llevar zapatos desde aquella tarde, seis años atrás, en que fue raptada, así como tampoco sabía lo que era vestir algo más, aparte de aquel calzón marrón, desde su llegada al campamento de esclavas, dos días después. Pero sabía muy bien lo que era llevar grilletes en sus tobillos y sus muñecas, los cuales solo habían sido cambiados por unos de mayor tamaño con el paso del tiempo y el crecimiento de su cuerpo. En aquella soleada tarde, cumplía tres semanas de haber sido asignada al grupo encargado de la construcción de la nueva muralla del horrible campamento. Desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde tenía la obligación de aplicar todas sus fuerzas para romper las rocas mediante el uso de una pesada pica. Solo contaba con media hora de descanso al medio día, el cual era utilizado para almorzar e ir al baño, siempre bajo la supervisión de Parcer o de alguno de sus subordinados. El cambio de labores, el cual se realizaba una vez al mes, era una de las pocas cosas de las cuales podía sentirse agradecida; antes había estado trabajando con la cuadrilla de corte de árboles, y solo en una ocasión, apenas cumplió los dieciocho años, trabajó en las minas de carbón, trabajo considerado como castigo, en donde solo se mandaba a las mayores de edad más rebeldes o a las muchachas dignas de recibir un escarmiento debido a su mal comportamiento. Valentina no era rebelde, tampoco cometía faltas, pero su inigualable belleza producía sentimientos de odio en uno de los capataces menores, quien nunca dudaba en pasar su látigo por la espalda de la primorosa muchacha, y quien se valía de cualquier disculpa para castigarla. Afortunadamente, en los años anteriores, no había estado bajo el control de aquel abominable ser; su nombre era Pascual, podría tener alrededor de treinta años, de tez trigueña y figura esbelta, de expresiones en su rostro sacadas de una novela de terror. Las niñas, hasta los diecisiete años, eran controladas por otro grupo de capataces, quienes se encargaban de asignarles trabajos mucho menos pesados, como cultivar las granjas, encargarse del aseo, o de preparar las comidas. Así mismo, aunque también eran obligadas a llevar grilletes, los castigos eran mucho más suaves; estaba prohibido usar el látigo sobre ellas y sus mazmorras eran algo más cómodas. Pero el día en el cual dejaban atrás los diecisiete, todo cambiaba radicalmente. Eran trasladadas a la zona de las mayores de edad, se les asignaban trabajos mucho más pesados, el chasquido del látigo se empezaba a escuchar a la menor falta o desatención, y los castigos podían ir desde una docena de azotes hasta pasar un par de horas colgadas de una cruz, este último el más temido por todas. Para Valentina, las minas de carbón significaron el despertar de aquel deseo de escapar, el cual había muerto pocos meses después de su llegada, cuando se dio cuenta de la imposibilidad, para una niña de doce años, de realizar una acción de semejante magnitud. Pero aquel día, escasos tres meses atrás, cuando sintió por primera vez la fuerza del látigo de Parcer sobre su espalda, el dolor, viajando desde la punta del cabello hasta los dedos de sus pies, le volvió a traer aquella idea por mucho tiempo olvidada. Supo de su incapacidad para soportar aquella forma de vida y de la necesidad de hacer algo al respecto. Moriría en aquel sitio si no lograba huir. Estar ahí no podría compararse con la condena de una prisionera, quien podría pensar en su libertad después de cumplir su tiempo de encierro; ella estaba allí de por vida, hasta la muerte, sin derecho a protestar o a pensar en algo ligeramente diferente para su vida. Estaba enterada de la desaparición de las mujeres mayores al cumplir cincuenta y cinco años, pero no sabía exactamente a dónde las llevaban. Los rumores hablaban de un lugar de retiro en donde no se trabajaba, mientras otros mencionaban una muerte rápida y sin dolor, aunque también se hablaba de la utilización de métodos crueles y lentos para poner fin a sus vidas. Pero ella estaba segura de no querer esperar treinta y siete años para averiguar la verdad; preferiría morir mucho antes y no darles el gusto a aquellos hombres, los cuales se amaban entre ellos y parecían no tener necesidad alguna por las mujeres, de seguir abusando de ella a través de los trabajos forzados y los crueles e injustos castigos. Pero para escapar tendría que contactar a su hermana. Después de haberla vencido en aquella pelea en el barro, seis años atrás, nunca más la había vuelto a ver. Al principio estuvo convencida de su muerte, pensando en esta como el castigo recibido por haber perdido aquel combate, pero seis meses después, fue uno de los capataces menores, y a quien nunca antes había visto, el encargado de decirle la verdad: <>. La esperanza había vuelto a acompañarla, su hermana vivía, era la mejor noticia recibida desde su llegada a aquel sitio. Pero la alegría había sido pasajera, o se había desvanecido con el paso de los días; no volvió a saber de ella durante mucho tiempo, y no estaba segura de aun contar con ella entre los habitantes de este mundo. Sin embargo, pocos días después de cumplir los quince años volvió a escuchar sobre ella; fue el mismo capataz menor, llamado Vartar, quien la informó acerca del destino de su bella hermana: <>. El atractivo y joven capataz, de no más de veintidós años, fue detallado en la descripción de los castigos a los cuales se había hecho merecedora Estefanía: <>. Valentina era consciente de las dificultades a las cuales se vería expuesta su querida hermana de seguir así. Siempre había sido rebelde, el tipo de niña dispuesta a no perder una discusión ni a aceptar las órdenes de sus padres cuando las percibía como pedidos ilógicos o injustos. Había nacido para mandar y no para recibir órdenes, para hablar pero no escuchar, para vivir convencida de ser poseedora de la razón. Eran evidentes los castigos, pensó Valentina por esos días, infligidos sobre ella en caso de no llegar a cambiar su forma de ser, algo difícil de pasar en una persona con aquel grado de rebeldía. Pero el paso del tiempo había vuelto a poner la incertidumbre en amplios espacios en su mente. Algunos meses atrás, cuando las gemelas estaban ad portas de cumplir los dieciocho, según palabras de Vartar, Estefanía había sido trasladada, por tiempo indefinido, a las extensas caballerizas, con la misión de mantenerlas impecables. El joven capataz, al no tener acceso a esa parte del campamento, no tenía información fresca acerca de su suerte. <>, dijo Vartar durante su última conversación. Si está en ese asqueroso trabajo a los diecisiete, va a pasar su tiempo entre las minas de carbón, la cruz y el poste de flagelación apenas cumplamos los dieciocho– eran la clase de pensamientos anidados en la cabeza de Valentina por aquellos días. Y con la llegada de aquella fecha, detestada por todas las niñas menores de edad en aquel sitio, los presentimientos de Valentina empezaron a hacerse realidad.

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