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Portada de la novela Enamórate perdidamente

Enamórate perdidamente

Leonardo Salvatore, un poderoso empresario de 35 años, vive volcado en sus dos hijos y en el prestigio de su apellido. Su mundo, ajeno al amor verdadero, cambia al conocer a Althea Salazar. Ella es una joven de 20 años que llega a España desde Colombia, buscando escapar de un pasado tormentoso. Al aceptar el puesto de niñera, surge una conexión intensa que desafía sus temores. ¿Podrá este vínculo superar los retos o terminarán por rendirse?
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Capítulo 2

Leonardo

Ser de una cuna de oro era algo fabuloso, algo increíble, o eso decían los demás. Para mí, simplemente había sido un infierno. Cuando destacas en algo, no es por ser tú, simplemente es porque tu apellido es Salvatore. Así éramos nosotros, los que destacan en todo y son buenos en cada cosa que quieren o no quieren.

—Señor, ya ha sido postulado el periódico para ser niñera.

—Está bien, no quiero que cualquier persona sea su nana —le digo con un ademán mientras sigo leyendo los documentos que tenía.

—¿Por qué ponerlo en ese lugar? Podría hablar con alguna empresa para que tenga una buena niñera.

—Ese tipo de empresas solamente hará publicidad con nuestro apellido si contratamos a alguien, es mejor que sea una persona natural y no de una empresa, será difícil, pero valdrá la pena —mi secretario suspira cuando escucha mi justificación—. Además, me gusta que las personas que leen el periódico puedan ser parte de mis empleados, no quiero personas que solo se preocupen por aparentar.

—Respeto su decisión, esperemos que traiga cosas positivas.

Una semana después, había miles de postuladas, pero ninguna leía nada de lo que decía el anuncio; no debían venir aquí, debían llamar y dar una entrevista.

—Papá —hoy había decidido trabajar en casa, mi hijo mayor empujó esa gran puerta para llegar a mí. Era tan lindo que sonreí para detener mi trabajo y ponerlo en mis piernas.

—¿Qué sucede?

—¿Nana?

—Estoy trabajando en eso —le digo con una sonrisa mientras acaricio su cabeza; para tener tres años, hablaba bastante bien. La persona que lo había gestado, no era nada importante, simplemente había servido como intercambio cuando necesite un heredero, creo que por esa razón buscaba con tanta urgencia a alguien que cumpliera ese rol materno. Muchas sentía una presión en mi pecho queriendo darle lo que él tanto anhelaba: una mamá.

Luego su otro hijo, tenía pocos días de nacido. Este no tenía mamá, tal vez de forma biológica, pero jamás alcanzaría a ser una verdadera madre. Era totalmente contrario a un Salvatore, dudaba de muchas cosas, pero ya le había puesto mi apellido, no había vuelta atrás.

—Papá, ¿algún día tendré una mamá? —mi hijo me mira con ojos de cachorro lastimado.

—Ya tienes una mamá, solamente que está en el cielo cuidando de ti —acaricio su mejilla con cariño, pero hace puchero.

—No, mamá que me lea cuentos —sus ojos me miran con anhelo, lo más cercano que le podía dar era una niñera.

—Señor —mi secretario interrumpe el momento justo como necesitaba, pero de inmediato acomoda sus modales y pide disculpas—. Alguien por fin llamó —no quería aparentar la felicidad que tenía porque alguien por fin había cumplido las órdenes que indicaba.

—Me alegro, ¿a qué hora tendrá la entrevista?

—Hoy mismo a las cuatro de la tarde —lo miro enarcando una ceja.

—¿Me va a tocar ir a la oficina? —el secretario asiente bajando la cabeza—. Bueno, al menos conseguimos a alguien que siguió las indicaciones. Vamos.

Necesitaba contratar una niñera lo más pronto posible; el recién nacido estaba siendo un problema para los empleados que no estaban acostumbrados a bebés tan llorones. Tomé algunas cosas para despedirme de mi hijo, Matteo.

Cuando llegó a las oficinas, estaban como siempre, sin vida. Supongo que era normal cuando tienes que trabajar. Veo a un montón de mujeres llenando el formulario, aunque jamás las íbamos a llamar, no queríamos decirlo de frente.

La recepcionista de la entrada principal se había encantado conmigo. No le prestaba atención, aunque tenía buenos atributos, unos lindos ojos claros que hacían resaltar su rostro.

Faltaba poco para que llegara la mujer, por eso decidí adelantar mi trabajo, para al menos sacar en la noche tiempo de jugar con Matteo. Estaba creciendo muy rápido. Necesitaba aprovechar todo el tiempo posible.

Mi secretario bajó por ella. Era una mujer un poco alta, su cabello ondulado largo castaño oscuro que, cuando se reflejó con el sol, se veía rubia. Al subir su mirada, sus ojos marrones grandes tenían un brillo único, para luego sonreírle a mi secretario y darle un "Gracias".

—Buenas tardes, Señor Salvatore —su voz hizo eco en mi cabeza; no parecía europea.

—¿Señorita Salazar?

—Un placer —me da una leve sonrisa. Era linda cuando lo hacía; sus mejillas se inflan al hacerlo.

—Puede tomar asiento —le señalo la silla que está enfrente mío; ella la mira y asiente para sentarse, lo hace de forma educada y se sienta derecha—. ¿Tiene su currículum? —ella asiente para darme una carpeta; cuando la abro, veo que no tiene nada, solo una foto que no muestra del todo que es ella. Se veía bastante tensa—. ¿Tiene alguna experiencia de niñera?

—Tengo dos hermanos menores, además de primos que siempre he cuidado.

—¿Cuántos años tienen ellos?

—Mis hermanos tienen actualmente 15 años; son mellizos. Mis primos tienen entre 10 a 8 años.

—¿Siempre los ha cuidado usted?

—Normalmente, ya que soy la mayor de parte de mi familia materna que son mis primos.

—¿Alguna vez ha cuidado a un recién nacido?

—No, pero sé todo lo que debo hacer por mi abuela y mi mamá. Siempre he estado con ellas cuidando a los bebés.

—Entonces sí ha cuidado.

—Pero no sola del todo —me da una buena respuesta.

—¿Por qué quiere trabajar conmigo? —ella hace una expresión que me hace causar gracia, pero me muerdo el labio para evitar quitar la seriedad del asunto.

—¿Por qué necesito dinero? —responde ella con duda; niego con la cabeza.

—¿No sabe quién soy?

—Leonardo Salvatore, sí.

—¿Nada más?

—Sé sobre los chismes que lo rondan, como la empresa es el encargado de los repuestos de los carros deportivos e igualmente diseña algunos —ella empieza a darme un poco de información, pero no me mira, mira un punto fijo como si tratara de recordar toda la información—. Sinceramente, no creo mucho en los chismes; algo que he aprendido es que uno debe conocer y hablar con las personas para saber sobre el mundo de estos —no pude evitar sonreír de lado; esta niña era demasiado inteligente, tenía buen corazón.

—¿Está consciente de que será difícil por cuidar a dos niños?

—Difícil, pero no imposible —me responde de inmediato, sus ojos seguían con ese brillo de que era capaz contra todo, esos mismos que me podría acostumbrar a ver.

—Estás contratada —esperaba no arrepentirme de esto.

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