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Portada de la novela Enamorada de un asesino

Enamorada de un asesino

Pamela sueña con el éxito musical, pero su vida se torna oscura al enamorarse de un hombre peligroso. Mientras un productor la guía hacia la fama, ella debe lidiar con mafiosos y magnates que intentan forzarla a casarse mediante contratos. No obstante, un guardián invisible asesina brutalmente a todo aquel que se le acerca, atrapándola en una red de acoso. Entre el lujo y la traición, Pamela enfrentará una pesadilla donde la pasión y la muerte se entrelazan.
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Capítulo 2

Sus manos ásperas y callosas, iban y venían por mi piel como jinetes cabalgando en un vasto campo de lirios y rosas y eso me estremecía y hacía que mis fuegos se empinaran en mis entrañas, calcinándome por completo. Él me lamía los pechos, una y otra vez, haciéndolos más pétreos, inflándolos como enormes globos y eso me rendía, me volvía sumisa a su virilidad dominándome por completo, haciéndome estremecer y delirar a la vez. Él también saboreó mis brazos, el ombligo, el piercing que colgaba allí y me estrujó mis poderosas y redondas posaderas como un náufrago recién rescatado tras una incontenible marejada que lo dejó varado en medio del mar. Yo gemía como loca porque sus besos y caricias eran deliciosos y sentía su cuerpo pesado apresándome. Todo eso me excitaba más y más, también su olor tan masculino que empezaba a desbordarme hasta la inconsciencia. Me encantaban los vellos de él, su piel tosca raspándome y me provocaba más llamas chisporroteando incesantes hasta el último rincón de mi adorable y voluptuosa geografía. Yo intentaba besarlo, también lamerlo, pero me era imposible, porque estaba demasiado excitada en pleno viaje sideral. Meneaba la cabeza, me jalaba los pelos, mordía mi lengua, sollozaba, sentía explotar mi busto y me percibía súper sexy y femenina, inmensamente sensual entre sus brazos, ebria por su aliento caliente y avasallador.

Él siguió estrujándome una y otra vez mis sentaderas, mi punto más débil, y eso me enervaba al máximo. Él quería sentir mis redondeces en sus manos, constatando su firmeza, su encanto y volumen. Estaba encantado y febril, tanto que me las mordió con ira, dejándome las huellas de su pasión, lo que me hizo gritar y delirar aún más rodeada de luces y colores subida a una nube en el espacio.

Empecé morderlo también víctima de la vehemencia, de mi euforia y mi excitación, procedí a clavarle mis uñas en su espalda enorme como la de un tractor, porque estaba demasiado enardecida dominada por aquel hombre hermoso, implacable conmigo y que me obnubilaba con sus besos.

Mis tobillos se atenazaron y se encadenaron a su caderas cuando él empezó a invadir mis entrañas como un torrente de pasión que me hizo aullar convertida en una mujer lobo. Avanzó en mis vacíos impetuoso, llegando hasta mis más lejanas fronteras con una inusitada furia que hizo que me arranchara los pelos, presa del descontrol que me provocaba tan idílica faena erótica.

Yo le pedía, también, a gritos, que lo hiciera fuerte, muy fuerte, más fuerte y él obedecía, arrasándome como un ciclón que me eclipsaba, suspendida en el cielo, colgada de las estrellas que fulguraban delante de mis ojos. Lo único que yo hacía era exhalar pasión en mi aliento.

Quedé regada en la cama, como un estropajo, respirando con mucha dificultad, suspirando desesperada, con el corazón acelerado, echando humo hasta de las orejas. Él siguió saboreando mis encantos, con mucho deleite, sin importarle que yo estaba sin fuerzas, exánime, derrumbada sobre las almohadas, sudorosa y aún disfrutando de mi máxima feminidad.

-No quiero que sigas en ese trabajo, no me gusta, es peligroso, no quiero que te pase nada-, le dije entonces aún navegando en el espacio, luego de aquel increíble viaje a las estrellas de tantos besos y caricias.

Él no contestó, lo único que hizo fue seguir lamiendo mis pechos, estrujando mis posaderas, mordiendo el piercing y haciéndome suspirar y gemir, echando nuevas y profusas llamaradas en mis soplidos.

*****

-Señorita Pamela Karakoyun, lo espera el señor Müller-, me anunció su secretaria señalándome su oficina con el lapicero. Ella sonreía con los ojos y juntaba los dientes con ironía, como si se mofara de mí. Me sentí turbada. Arreglé mis pelos, jalé mi falda y le hice una venia. Tenía miedo, temblaba y sentía que mi corazón se había vuelto una pelota, rebotando en las paredes de mi busto. Me percibía tonta, en realidad, sin saber, en realidad, qué hacía allí, qué le diría a ese hombre o si tendría éxito o terminaría, en efecto, siendo una mofa como la que ensayaba, ya, la secretaria mirándome con sorna, burlándose de mí.

Müller se alzó de su escritorio y me recibió muy efusivo. -Siéntate, por favor, Pamela-, me pidió, muy gentil. Era productor musical y tenía interés en mis canciones. Yo integraba un cuarteto con otras tres chicas, que nos hacíamos llamar "Las golondrinas" y cantábamos de todo, en especial salsa. Nos vestíamos muy sensuales, con un vestidito celeste, con un gran escote y botas oscuras hasta las rodillas y pantimedias. Llevábamos pelos sueltos resbalando sobre los hombros para darnos aire de mujeres vampiro que encandilaba al público y nos seguía, masivamente en nuestras presentaciones en especial en fiestas patronales. Sin embargo el grupo se disolvió: una se casó, otra se dedicó a sus negocios particulares y la tercera tuvo que radicar en otro país donde esperaba seguir su propia carrera musical. solo quedé yo. Pensé que sería el fin de mis aspiraciones en la música, cuando, de repente, me llamó Müller. -Tráeme un demo de tus canciones-, me pidió por el móvil.

Me emocioné mucho. "Las golondrinas" habíamos hecho varias canciones, inéditas y de mi inspiración, y seleccioné las mejores en un usb. Me puse un vestido azul muy entallado, con una gran correa negra y zapatos catorce para impresionarlo. Mi sueño siempre fue ser una cantante famosa, incluso de niña. Cantando con las otras chicas había demostrado mis condiciones y estaba segura de que lo iba a impresionar y maravillar.

-¿Qué me has traído?-, sonrió con los ojos Müller. Él era muy conocido en el ambiente. Lo habíamos invitado varias veces a nuestros conciertos con la intención que nos haga un contrato y él siempre dijo que enviaría a sus asistentes. Al parecer uno de ellos le habló bien de mí y por eso ahora estaba frente a él, temblando de miedo, con mi corazón tamborileando insistente en el pecho, emocionada y con los deditos cruzados, je.

Primero escuchó "Tus besos", una salsa bastante sensual, agradable, melosa y pegajosa que se baila en forma acompasada y sutil, con mucho meneo de cintura. Es muy sexy y con tilde erótico. A mí me gusta mucho.

-Tus besos/ se quedaron en mis labios/ como huellas/ dejándome por siempre, tu marca en mi boca.

Cada mañana/ paladeo las mieles de tu boca/ que llevo impreso como el sello/ de tu amor.

El sabor/ de los pétalos de tus labios/ florecen a cada hora/ en mi ser, pensando y ansiando tus caricias.

Te llevo escrito en mi boca/ a cada hora/ porque tus besos/ está, por siempre, escritos en mis labios-

Müller tamborileaba su escritorio con su lapicero, movía un pie y meneaba la cabeza. Asentía y reía por la letra, muy sugerente y melosa. Luego de escuchar otros dos temas, estrujó su boca y me miró fijamente.

-Cantas muy bien, preciosa, tienes mucha cadencia, manejas bien los tiempos, tu voz es armoniosa y eres muy bella. Déjame plantear tu contrato con el directorio, yo creo que podemos darte una oportunidad-, me anunció.

Ay, me sentí en las estrellas. Mi corazón empezó a campanear frenético y creo me puse lívida, tanto que a él le dio risa. -Reserva tus emociones para cuando grabes un clip con nosotros-, me dijo él sin dejar de reír.

Salí de su oficina saltando, riendo, cantando, lanzando mis pelos al aire, feliz y contenta. La secretario siguió mirándome, sonriendo con los ojos, con esa sonrisa irónica que parecía una mofa. No le hice caso. Me importaba tan solo la opinión de Müller.

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