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Portada de la novela En manos de un mafioso

En manos de un mafioso

Alina Klara valora su vida estructurada y libre de imprevistos, pero su calma se desvanece tras conocer al peligroso líder de la mafia rusa, Alexei Voronin. Desde ese instante, el hombre desarrolla una fijación implacable por ella, decidido a reclamarla como suya. Atrapada en este asedio, Alina debe elegir entre someterse a sus oscuros deseos o luchar con determinación para revertir el juego, logrando que el mafioso acabe rendido ante su voluntad.
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Capítulo 2

El miedo que sentí anoche, solo lo he vivido dos veces. Cuando murieron mis padres y al operar a Alexei. Sé que el miedo no es algo que podamos tener los cirujanos y más aún cuando operas algo tan delicado como el corazón.

Alexei Voronin ¿porque su apellido me era tan familiar?

Sin duda era ruso, su apellido me lo decía. Además de sus facciones, su mandíbula era marcada y aunque parecía alguien con un carácter del diablo, también podía ver qué era alguien que muy dentro de sí era cariñoso y bondadoso.

O eso creía.

También se que es alguien muy importante, ¿si no porque le darían la mejor habitación del hospital?

Después de que termine la operación me quedé junto a él. Necesitaba saber si la operación había salido bien, aunque si estaba vivo suponía que sí.

Su corazón era fuerte, lucho cada segundo que yo dude de si podía hacerlo, de una manera que es un poco rara me hizo creer en mí misma cada vez que veía el estado del corazón en el monitor.

Un hombre con traje negro — que parecía ser muy costoso que mi departamento — entra en la habitación, sacándome de mis pensamientos.

— ¿Quién eres? ¿Y que haces aquí?— tiene una mirada fría, es ese tipo de hombre que con solo mirarte te hacía temblar de miedo. Pero a mí, no me causaba nada. En realidad también me resultaba familiar.

— Soy Alina Klara, pasante de último año. Fui quien operó al Sr. Voronin — me levanto e intento igualarme a su altura, pero me sacaba casi dos cabezas.

— ¿Tu?— dice con burla — ¿Como una pasante pudo haber tratado una situación tan delicada como la de Alexei Voronin? ¿Sabes quién es él? ¿Sabes que te pudo haber pasado si moría en tus manos? — se acerca hasta el punto de que tengo que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos.

— Yo... — ¿Porque el tono que usaba conmigo lo he escuchado antes? Es como si estos dos hombres hubieran estado conmigo tiempo atrás, pero era imposible porque llevaba solo unos años en Rusia ¿o no?

— Déjala Dimitri — una voz ronca interrumpe lo que iba a decir el hombre de traje.

Alexei

El tal Dimitri quita su mirada de mí, para posarla en Alexei.

— ¿Cómo te encuentras? — el tono que usaba ahora era más cálido si se podría clasificar como eso, en el fondo denotaba ¿cariño?, si, creo que sí.

— Bien, solo me duele el pecho y la cabeza.

— ¿Eso es normal señorita Klara?— un par de ojos me miran ahora a mí.

Ahora sí soy señorita ¿eh?

— Si Sr. Voronin — digo dirigiéndome a Alexei e ignorando por completo al hombre de traje — Sus heridas fueron muy graves y déjeme decirle que es un milagro que siga vivo.

Y más aún que la operación de su corazón haya salido bien.

— ¿Quién me operó? — dice alternando la mirada entre ambos.

— Yo — respondo dando un paso al frente— Yo estuve a cargo de la operación de su corazón.

— Déjeme agradecerle Dra. Klara — dice intentando levantarse.

— Sr. Voronin, no puede levantarse, mínimo necesita estar una semana en cama. Y aún no soy doctora, soy una pasante de último año.

— ¿Una pasante me operó? — dice sorprendido.

— Eso mismo dije yo, fue imprudente que dejarán tu vida en una simple pasante. Pudo haberte matado.

— Sr. Dimitri o como se llame, con todo respeto quiero dejarle algo muy en claro. Soy muy capaz de realizar este tipo de operaciones gracias a qué tengo al mejor mentor y por último usted no es nadie para venir aquí y rebajar mi trabajo, así que puede meterse sus malditos comentarios por el trasero — la cara del hombre se comienza a tonar roja de la irá y eso solo consigue hacerme sonreír orgullosa de mi misma— Ahora si me disculpan tengo más pacientes que atender. Sr Voronin, llámeme si necesita algo — y con eso salgo de la habitación.

Dios no puedo que creer que hayan hombres así de desagradables. Que le costaba agradecerme por salvar la vida de Alexei. Si, puede que antes de hacer la operación hubiera dudado de mí, pero después de que inicie cada corte y sutura lo hice sin dudar.

Cuando voy llegando al corredor me encuentro a Jhosua.

— Con que soy el mejor mentor ¿eh? — dice subiendo y bajando las cejas.

— Oh cállate, Jhosua, soy capaz de darle ese título a alguien más si no dejas de hacer eso con tus cejas — nos reímos mientras nos dirigimos a la cafetería. Me moría de hambre.

— Nunca podrías encontrar a alguien mejor que yo.

— Ay pero que humilde de tu de parte, pero puede que si tengas razón.

Después de eso, nos la pasamos comiendo y charlando un poco. Fue así por un rato hasta que me llamaron de la habitación de Alexei.

— Jhosua tengo que irme, es mi paciente. Nos vemos luego.

¿Qué habrá pasado? ¿Porque me llaman de emergencia?

Corro lo más rápido que puedo, su habitación se encontraba en la última planta, ahí es donde se encuentran las habitaciones privadas y la presidencial. Que es la que ocupaba él.

Llego al elevador y pulso el botón que dice VIP. El recorrido es lento, debido a las constantes paradas que tiene que hacer.

Cuando llego a la última planta y las puertas se abren me pero en seco. Hay hombres armados en ambos lados de los pasillos y no estaban aquí cuando salí de la habitación. ¿Este hombre era hijo del presidente y no lo sabía? ¿O que coño?

Al llegar a la puerta de su habitación un hombre me detiene antes de abrirla.

— Identificación.

— ¿Es enserio?

— Señorita su identificación.

— Dios santo... — susurro antes de dársela.

— Bien señorita Klara, ahora necesito revisar que no venga armada.

— En tu puta vida pondrás tus manos encima de mí. Y si lo hubiera querido matar le hubiera enterrado el bisturí en el corazón mientras lo operaba.

— Tengo que cumplir con mi trabajo, señorita.

— No me interesa, ahora déjame pasar que mi paciente me espera.

Al ver que no se mueve, me le acerco y le doy una patada en la ingle.

— No intentes detenerme de nuevo — susurro — Y para quienes lo intenten terminaran igual o peor — digo alzando la voz.

Ninguno me detiene cuando entro a la habitación.

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