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Portada de la novela En Ausencia de mi

En Ausencia de mi

Anel Leonte despierta en un vacío absoluto, descubriendo que es la esposa del poderoso Azael Sanna desde hace tres años. Sin recuerdos de su pasado, su antigua docilidad desaparece, enfrentándose con firmeza al control obsesivo de un marido capaz de todo por retenerla. Entre sombras y secretos, Anel desafía la crueldad de un hombre que no reconoce. ¿Podrá el corazón rescatar la verdad olvidada o sucumbirá ante las mentiras de un matrimonio impuesto?
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Capítulo 1

—Anel, apresúrate —escuché a lo lejos que me grita April, mi hermana mayor—, llegaremos tarde a la cena.

—Ya voy —le grité desde la distancia, en el segundo nivel de la casa de nuestros padres.

Para esa hora, aún permanecía en mi dormitorio, dándole los últimos retoques al maquillaje, todo con la intención de verme un tanto diferente, y no es porque sea vanidosa, mucho menos esclava del maquillaje.

Ese día en especial, a diferencia de mi día a día donde me gusta andar cómoda, fue la excepción, me vi recurriendo al maquillaje con la intención de verme distinta, pues contrario a mis dos hermanas que contaban con muy buenos atributos físicos que las ayudaban a destacar adonde quiera que llegaban, al ser tan poco agraciada, o como dice mi madre, el patito feo de la casta Leonte, desde que tengo uso de razón siempre he pasado desapercibida.

De hecho, me alegra que sea así. Nunca me ha interesado ser el centro de atención. Pero, curiosamente, esa noche en especial, sin tener un motivo aparente, quise lucir radiante. Me esmeré en mi arreglo.

Recuerdo que, con dedicación, sobre la piel de mi rostro casi virgen, pues no soy de las que usa esto en su día a día, apliqué una base que acentuara un poco la tonalidad canela de mi piel, delineé el borde de mis ojos color miel, apliqué un rizador de pestañas, un poco de polvo para darle un color rosáceo a mis mejillas y finalmente un brillo labial. Nada exagerado, logrando verme un tanto más llamativa.

Con ello le di vida a lo que hasta los momentos es lo único hermoso en mí, mi larga cabellera color castaño oscuro, la cual dejé en libertad, dejándola caer sobre mi espalda y mis hombros desnudos; por cuanto esa noche usé, por sugerencia de Anna, mi hermana menor, un vestido negro de satén por encima de las rodillas, entallado al cuerpo, sin mangas, tipo corpiño, que resaltaba de manera grotesca mis prominentes caderas, y el busto, que por considerarlo exagerado, siempre me he esmerado en ocultar bajo la ropa. A esto, Anna insistió en escoger para hacerle juego, unas sandalias de tacón alto del mismo color del vestido, según ella con la intención de lograr elevarme un poco más, ya que mido un metro cincuenta y cinco centímetros de estatura. Bastante baja para ser miembro de la familia Leonte que se caracterizan por ser altos, a excepción de mi madre que solo es Leonte por haberse ganado el apellido al casarse con mi padre, y pese a ello, se cree la viva representación ese apellido, cuyos miembros se caracterizan por ganarnos a ella y a mí en altura. Ella, si bien no es tan baja como yo, ya que me supera por unos cuantos centímetros, y pese al evidente parecido entre ambas, constantemente reniega de ello.

Al pasear la mirada alrededor para buscar el perfume que suelo usar siempre, miré la hora en el reloj despertador colocado en la mesa de noche a un lado de mi cama, lo que me hizo apresurarme, previendo que nuevamente me gritarían por mi supuesta tardanza. Levemente sacudí la cabeza al darme cuenta que los pensamientos en torno a la actitud de mi madre en negativa a casi todo lo que me representa volvieron a atacarme.

Con el frasco de perfume en la mano, volví mi atención a la imagen que el espejo reflejaba. Me sorprendí, me pareció estar viendo a otra Anel. Nada que ver con la publicista que el sesenta por ciento de su guardarropa, está constituido por jeans, camisas manga larga, blusas de tela suave y zapatos bajos, tipo bailarinas o tenis, para ir a la empresa que fundé inmediatamente me gradué en la Universidad.

Mis padres desde que tengo uso de razón que comencé a decidir sobre mi guardarropa, han insistido en que sea como mis hermanas, que use trajes costosos y bolsos de marca. Soy práctica, para mí la comodidad es lo primordial y si no me voy a sentir bien usando algo que incomode mi andar apresurado del día a día, prefiero pasar de largo e ir por lo que me aporte esa bienestar y seguridad al momento de trabajar. Este vestido, esta imagen es un escape de mi realidad.

No solo he encontrado oposición de mis padres en algo tan básico como mi guardarropa, sino también con mi decisión de trabajar de manera independiente. No aceptan que siga un camino diferente al que ellos tenían previsto para cada una de nosotras, es decir, trabajar para la empresa familiar, Leonte Enterprise Comunicaciones.

De modo pues que, soy Anel Leonte, la segunda de las tres hermanas Leonte, una chica de veintisiete años de edad, soltera, sin afán de casarse, señalada por ser la rebelde de la familia.

Provengo de una familia adinerada de origen Colombiano, padres conservadores, residenciados en el Distrito de Manhattan, en Nueva York desde hace aproximadamente once años, gracias a unos contratos que obligaron a mi padre a expandir su empresa a estos lados del globo terráqueo dedicada al ramo de las telecomunicaciones.

—¿Ya estás lista? —entrando a mi dormitorio, en esa oportunidad fue Anna, quien quiso saber.

Ella es mi hermanita, que para ese entonces ya no era tan chiquita como la percibía, contaba con veinticinco años de edad, de estatura bastante alta, del mismo color de mi piel, cabello negro azabache, extremadamente liso, y largo hasta la cintura, ojos azules, y al igual que yo, es publicista, pero metida de lleno en el negocio familiar. Ella es la que lleva la dirección publicitaria de la empresa familiar.

—Eso creo —le respondí girando a verla de frente—, no me siento yo —le confesé temblorosa.

—¡Dios mio Anel! —exclamó Anna mirándome fascinada—, deja de decir sandeces, te ves espectacular hermanita —me dijo con un tono de admiración en la voz.

—Vámonos mejor antes de que me arrepienta, estoy que me quito todo este disfraz —le dije apresurada tomando mi bolso de mano que se encontraba sobre la cama al tiempo que disimuladamente le doy una última ojeada a mi imagen en el espejo del buró.

En compañía de Anna bajé las escaleras para encontrar a April y a nuestros padres al pie de ellas en la planta baja de la casa.

—Pensé que nunca mis ojos verían este milagro —expresó mi madre de manera exagerada al verme.

Me sentí incómoda pues los ojos de mi padre y de April también estaban curiosamente puestos sobre mí. Quería verme diferente, pero no ser el centro de atención.

—Temo que esta noche va a ser larga —dije en voz alta pasando por el medio de todos ellos e ignorando el comentario de mi madre—, ¿cómo nos iremos? —pregunto al llegar a la puerta—, aquí tengo las llaves de mi camioneta —les digo sacándolas del bolso.

—¡Cómo se te ocurre! —exclamó mi madre abalanzándose sobre mi para arrancármelas de las manos—, tan bella que estas no vas a llegar a la cena como una camionera —refuta arrastrando las palabras.

—Vamos hijas, no quiero hacer esperar a los socios —nos llama mi padre al ver que mi madre comenzaría de nuevo a recitar sus palabras en critica a mi forma de vida.

Esa noche, para mi sorpresa, nos fuimos en una limusina alquilada. Rechinando los dientes al ver tamaña exageración, la abordé después que Anna, quien, si pareció disfrutar de tanto derroche de riqueza, se subió haciendo alardes.

Si hay algo que odio es la ostentosidad, la exageración, solo por mis padres me aguanto. Todo por no terminar en una discusión sin sentido.

—Disfruta la vida hermanita —me dijo April al oído—, agradece que naciste en cuna de oro.

Sin decirle nada, le torcí los ojos y me recosté sobre el espaldar con los ojos cerrados apenas sentí que la limusina comenzó su recorrido. Pasados unos minutos, de no ser porque Anna me sacude por el hombro, no percibo haber llegado al lugar donde se celebró la cena en homenaje a mi padre por cumplirse veinte años de haber fundado la empresa. Para mi madre y mis hermanas este es uno de los eventos más esperados; en cambio, para mí es un dolor de cabeza, pues me toca fingir felicidad por largas horas mientras soporto los halagos y comentarios babosos de algunos socios y sus hijos, ello sin contar la pedantería de las esposas, novias, amantes e hijas de ellos que se creen lo mejor de la sociedad de Nueva York.

Llegamos a Midtown Loft & Terrace, un salón de fiesta exclusivo en el corazón de la ciudad de Nueva York en Midtown, Manhattan. El lugar estaba bastante concurrido, al entrar percibí que estaban a la espera de la llegada de mi padre pues algunos presentes levantaron las copas en alto en recibimiento, mientras que otros aplaudían. Mi padre entró delante de la mano de mi madre, detrás de ellos lo siguieron Anna y April, y por ende, yo, como es mi costumbre, permanecí escondida de espalda a ellos, buscando como siempre pasar desapercibida.

En la medida que ellos avanzaron saludando a todos los que felicitaron a mi padre, yo les seguía el paso, respondiendo uno que otro saludo sin recordar los rostros que deberían serme fáciles de reconocer, pues todos los años en los que se ha venido celebrando este evento no ha habido una variación significativa de los asistentes.

En mis adentros celebré cuando finalmente llegamos a la mesa que nos asignaron, quedamos en todo el centro, alrededor del resto de todas las que ocupan el enorme salón decorado con una elegancia intimidante para mi forma de ver.

Recuerdo que sentada entre April y Anna, justo cuando un mesero dejó frente a mi una copa de champagne, al darle las gracias y este moverse para irse a otra mesa, mis ojos se toparon con una imagen que nunca en mis años de ser arrastrada a esta celebración había visto.

Esa noche, la primera impresión fue haber visto la imagen más cercana a un Dios griego, un adonis, la belleza masculina, la perfección finamente tallada en un cuerpo arropado en un esmoquin negro, con una estatura de aproximadamente un metro ochenta centímetros, cabello negro, luciendo unas hebras de cabello rebelde que le caen en la frente, cejas pobladas, casi encontradas, labios carnosos, del mismo tono de mi piel, mirada profunda, fría e intimidante, enfundada en unos ojos grises que, por lo que me pareció una eternidad, me hipnotizaron, al punto de no poder romper el contacto de manera voluntaria.

Aturdida, sentí una leve sacudida obligándome a desviar la mirada. Anna por segunda vez me sacudió por el hombro para traerme a la realidad.

—¿Qué te sucede? —me preguntó en tono de regaño—, tengo rato llamando tu atención y tu pareces en otra dimensión.

—Di…, dime —le pedí hablar sintiéndome confundida.

—Nada, ya pasó —me dijo sacudiendo la mano y luego tomar su copa y llevársela a los labios—. Contigo no se cuenta ni para cotillear un rato. De verdad que eres aburrida.

Sintiéndome un tanto mareada de la impresión que me llevé en ese momento, no le di importancia a su comentario. Curiosa por saber quién es ese espécimen que logró distraerme de tal manera, tomé la copa entre mis manos y de un solo sorbo me tomé el contenido de ella, obligándome a cerrar los ojos ante el efecto que las burbujas causaron en mi cuerpo en revolución por la impresión del momento.

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