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Portada de la novela Emparejada con mi Príncipe Licántropo

Emparejada con mi Príncipe Licántropo

En una elegante gala, mi padre el Alfa jura lealtad al príncipe mientras mi hermana, Bernice, intenta conquistarlo convencida de su destino. Yo trato de pasar desapercibida para evitar el acoso de mi primo, hasta que un grito rompe el ambiente: el heredero rechaza públicamente a Bernice. Una tensión abrumadora se apodera del lugar cuando él asegura que ella no es su pareja. De pronto, su intensa mirada me encuentra en la oscuridad. ¿Seré yo su elegida?
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Capítulo 2

En el presente…

Al tropezar con la cortadora de césped que estaba junto a los arbustos, un trozo de hierro terminó atravesándome el tobillo. El dolor no me dejaba levantarme, mientras el aliento de los sabuesos se sentía cada vez más cerca. Sin tiempo para revisar la herida, me arrastré unos pasos a gatas antes de intentar ponerme de pie y seguir corriendo, pero volví a desplomarme.

En medio de mi forcejeo, las carcajadas de los invitados se hicieron aún más sonoras.

No sé en qué momento dejaron de tratarme como a la hija de un Alfa. Me había convertido en alguien a quien cualquiera podía insultar y herir a su antojo.

Bernice se había vuelto el centro de la vida social de la manada. Hombres y mujeres la adulaban y alababan dondequiera que estuviera. Ella me miraba con la altivez de un pavo real. Cada vez que me observaba, la gente a su alrededor me hacía sentir su desprecio.

Desde que se convirtió oficialmente en la hija del Alfa, no ocultó su mala voluntad hacia mí a pesar de que tenía todo el amor de nuestro padre, la dignidad de una hija del Alfa, un vestido precioso, joyas caras e incluso un prometido envidiable.

Kral Evans, el príncipe más famoso de la familia real, era un hombre lobo diferente, un licántropo.

Había nacido y crecido bajo los focos, disfrutando del poder y la riqueza del mundo de los hombres lobo en su máximo esplendor. Al llegar a la mayoría de edad, se convirtió en una figura temida y admirada por todos.

Era un guerrero legendario que había matado vampiros, establecido nuevas reglas para la familia real con mano de hierro y entrenado al ejército de hombres lobo más poderoso de la región. Algunos decían que era un mujeriego; otros, que sería el rey más prometedor del futuro; y otros, que era el demonio más despiadado.

En resumen, su nombre resonaba como un trueno en los oídos de cualquier hombre lobo.

Nuestra manada y la familia real solo mantenían relaciones diplomáticas de rutina, así que todos nos sorprendimos al enterarnos de que Kral y Bernice estaban a punto de comprometerse.

A la sorpresa le siguieron los vítores: ¡casarse con un príncipe era el sueño de cualquier loba sin pareja! Se rumoreaba que, al no haber encontrado a su pareja predestinada, él elegiría a alguien para convertirla en su compañera. Pero jamás imaginé que elegiría a Bernice.

Ella se volvió cada vez más arrogante, pues ser la elegida de Kral significaba que estaba por formar parte de la dinastía más poderosa y exaltada.

Los ladridos de los perros resonaron a mis espaldas, y supe que era demasiado tarde.

No podía escapar. De pronto, una voz femenina y elegante se alzó entre la multitud: "Un momento".

Por un instante, pensé que la Diosa de la Luna por fin había escuchado mis súplicas. Alguien estaba intercediendo por mí; el milagro parecía haberse hecho realidad.

Pero al segundo siguiente, la voz continuó, dirigiéndose a Bernice: "Estás a punto de comprometerte. Si ella muere, ¿no se llevará Kral una mala impresión de ti?".

Bernice se quedó desconcertada un momento, pero luego respondió: "No importa. Kral me ama y, por supuesto, apoya todo lo que hago".

"Ay, ay, ay... Aún no te casas y ya estás presumiendo su amor. ¡Qué envidia!".

"¡Escuché que Kral gastó veinte millones de monedas de oro en Bernice solo para la Corona Real!".

"Vaya, ¿hablas de la corona para su esposa? Bernice, oí que Kral te regaló muchísimas joyas carísimas. ¡Anda, muéstranoslas!".

Apenas alcanzaba a escuchar el bullicio, perdida en el frío que me subía por la espalda. ¿En qué demonios estaba pensando? Nadie en ese lugar sentía la más mínima compasión por mí, y mis ingenuas fantasías no eran más que quimeras.

No tenía a nadie que me respaldara; había perdido a mi padre el mismo día que perdí a mi madre. Solo podía confiar en mí misma.

No tenía salida, pero en ese preciso momento, una extraña calma se apoderó de mi corazón.

"¿Estás muerta de miedo? Qué cobarde", dijo Bernice, asumiendo que el temor me había paralizado. Su arrogancia creció y se preparó para volver a azuzar a los perros.

Antes de que bajara la mano, cerré los ojos y pregunté: "Bernice, ya que todo esto es solo un espectáculo para ti, si logro ahuyentar a tus perros, ¿me dejarás ir por hoy?".

Ella me miró con sorpresa y desdén, como si acabara de escuchar el chiste más grande del mundo. "¿Tú sola? ¿Estás loca? Por supuesto que puedo prometértelo. Hoy viniste a buscar tu muerte, y con gusto te la concederé".

Sabía que Bernice era de las que cuidaban mucho las apariencias. Se había jactado frente a todos sus amigos, así que lo más probable era que cumpliera su palabra.

Uno de ellos bufó: "¡Qué cobarde! ¡Hasta le tiembla la voz!".

Sacó el pecho, como si sus palabras pudieran inflar su hombría.

Sí, tenía la garganta reseca y me dolía, ya que no había tenido tiempo de probar una sola gota de agua en todo el día por estar preparando esa fiesta de té.

Los sabuesos parecieron detectar mi debilidad; sabían que no tenía armas, ni poder, y que ni siquiera podía levantarme, así que se prepararon para abalanzarse sobre mí.

"¡Muérdanla!".

"¡Eso es, mis muchachos!".

"Bernice, a la familia real le va a encantar tener a una futura reina tan valiente y divertida como tú".

La multitud vitoreaba, ansiosa por el espectáculo. Todos daban por hecho que mi destino estaba sellado y estaban listos para deleitarse con mi tragedia.

En ese momento, no me importaba lo que dijeran. Soportando el dolor, me impulsé hacia arriba, tomé una sombrilla negra que estaba a un lado, y comencé a abrirla y cerrarla rápidamente, una y otra vez, provocando un extraño y seco chasquido con las varillas de acero.

Los sabuesos, con los ojos inyectados de furia, estaban a solo un paso de mí, pero al ver mi movimiento se detuvieron por instinto; me miraron enseñando sus afilados colmillos y luego retrocedieron con cautela.

Entonces me agaché a medias, di un salto repentino hacia adelante y corrí directo hacia ellos. Al mismo tiempo, solté un rugido gutural.

Y funcionó: ante la provocación, los sabuesos no se atrevieron a avanzar para morderme, sino que retrocedieron asustados.

Los perros temen por instinto cuando un humano se pone en cuclillas. Suelen pensar que, al agacharse, uno está por tomar piedras para atacarlos. Mi movimiento repentino al levantarme y arremeter contra ellos solo intensificó esa amenaza.

Aunque el cuerpo me temblaba por el dolor, mis manos se movían cada vez más rápido.

Los sabuesos, chillando, salieron huyendo; por más que Bernice les silbaba, no regresaban, limitándose a rodearme desde lejos.

La idea de usar una sombrilla para ahuyentar perros en una situación de peligro la había leído a escondidas en un viejo libro del estudio.

Había perdido toda esperanza, pero para mi sorpresa, lo logré.

"¿Cómo es posible? ¡Qué aburrido!". Los invitados, al no ver la sangrienta diversión que esperaban, mostraron claramente su decepción.

En medio de la multitud, clavé la mirada en mi media hermana y le dije: "Bernice, lo logré. Es hora de que cumplas tu promesa. Eres la prometida del Príncipe más noble. Tienes que cumplir tu palabra, ¿o no?".

"No tienes que recordármelo", respondió ella lentamente, sin mirarme.

Antes de que pudiera sentir el menor alivio, escuché la segunda parte de su frase:

"Pero ya que mi perro no me hace caso, sé tú mi perro y ve a buscar mi anillo".

Mientras hablaba, se quitó la sortija y la arrojó a la piscina.

Me quedé paralizada. Ella enarcó las cejas y me miró fijamente con una expresión indescriptible.

Era una señal clara de peligro. Y sus amigos, que se habían acercado inconscientemente detrás de ella, me lanzaron miradas frías y cortantes, al parecer temerosos de dejar en ridículo a Bernice.

No les tenía miedo, pero tras morderme el labio con fuerza, me arrojé al agua bajo la mirada de todos.

Bernice tenía a Kral de su lado ahora, y yo no podía darme el lujo de enfrentarla.

Solo tenía que aguantar. Todo mejoraría una vez que ella se casara.

Le había prometido a mi madre que me cuidaría bien, que me cepillaría los dientes y que comería a mis horas todos los días. Cumplía con todo al pie de la letra. Aunque tuviera que trabajar hasta pasadas las dos de la mañana para ganarme un bocado, al menos lograba saciar el hambre.

Buscar un anillo en una piscina de lujo tan enorme era una tarea imposible, como buscar una aguja en un pajar. El agua estaba tan fría que casi me congela los huesos.

Ya casi caía la noche cuando por fin encontré el anillo.

Para ese entonces, mi piel lucía grisácea y congelada. En ese momento me veía igual que un perro callejero.

Las miradas a mi alrededor eran de burla total, o se clavaban directo en mi pecho.

Mi vieja blusa estaba empapada y se me pegaba por completo al cuerpo, marcando mi silueta.

Bernice esbozó una sonrisa burlona y parecía coordinar con su mejor amiga cómo seguir castigándome y humillándome, pero al notar cómo me miraban los hombres, su rostro se encendió de rabia; se acercó a mí y me plantó una bofetada.

"¡Vete a casa, perra desvergonzada! ¡¿Qué más sabes hacer aparte de seducir hombres?!".

El golpe fue tan fuerte que por poco me tiró al suelo.

Ignorando el ardor en la mejilla, me cubrí el rostro y cojeé hacia el almacén donde me estaba quedando.

Sabía que había escapado, y el cielo estaba completamente oscuro. Cada día era igual que el anterior. Solo entregando hasta el último aliento lograba sobrevivir.

A lo lejos, en el jardín, se escuchaba la música y el tintineo de las copas, como si esa farsa nunca hubiera ocurrido. El fuego crepitaba y el aire se llenaba del aroma a especias y carne asada, pero nada de eso me pertenecía.

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