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Portada de la novela Embarazada del hombre equivocado

Embarazada del hombre equivocado

Una noche de exceso termina en un embarazo inesperado para una mujer, pero el padre no es su prometido, sino su mayor enemigo. Este desliz irreversible desata un torbellino de traiciones y secretos que transforman su vida por completo. Atrapada entre la sed de venganza y un deseo imprevisto, ella enfrentará las secuelas de concebir al hijo del hombre menos indicado. En este complejo camino de redención, descubrirá que nada es lo que parece ser.
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Capítulo 2

La noche había llegado con la promesa de un respiro, un descanso que Ana Lucía no sabía si se merecía o si simplemente necesitaba. El ajetreo de la vida cotidiana, las presiones de su relación con Rodrigo y la constante sensación de estar atrapada en una rutina imparable la habían agotado. Esa noche, sus amigas la habían invitado a una fiesta, un evento informal, alejado de los compromisos de trabajo, de los compromisos con Rodrigo. Solo un rato para relajarse, para olvidarse de todo, o al menos intentarlo.

Ana Lucía se miró una vez más al espejo antes de salir de su apartamento. Se había vestido con una blusa de seda negra, un pantalón de tiro alto que resaltaba su figura y unos tacones elegantes, pero cómodos. No era una fiesta de gala, pero sí una ocasión especial, y quería sentirse bien consigo misma. Lo cierto es que había olvidado lo que era salir y disfrutar sin estar pendiente de la imagen que proyectaba a los demás. Siempre había sido la prometida de Rodrigo, la mujer perfecta que se mostraba ante los demás, pero esa noche, quería ser solo Ana Lucía.

El coche de su amiga Camila llegó puntual a la entrada de su edificio. Mientras subía al vehículo, el aire fresco de la noche acarició su rostro, y por un momento, sintió como si algo en su interior se soltara, como si la pesada carga de las últimas semanas finalmente pudiera aliviarse. Las risas de sus amigas, la música que se escuchaba a lo lejos, la sensación de estar alejada de la mirada crítica de Rodrigo... todo eso la llenó de una ligera paz.

- ¡Qué guapa estás! - exclamó Camila, la amiga más extrovertida del grupo. - Te hacía falta un poco de diversión, ¿verdad?

Ana Lucía sonrió débilmente. La verdad era que, aunque le gustaba estar rodeada de sus amigas, había una parte de ella que aún no lograba desconectarse de todo lo que estaba pasando en su vida. De su relación con Rodrigo. De sus dudas. De los momentos vacíos. Pero no iba a decirles eso ahora. No esta noche.

La fiesta estaba en una terraza elegante en el centro de la ciudad, un lugar que ofrecía vistas espectaculares del skyline iluminado. Al llegar, Ana Lucía respiró hondo, observando el lugar con la esperanza de que su mente pudiera desconectarse por unas horas. La música era alegre, la gente se reía, y el ambiente estaba impregnado de un aire de despreocupación que parecía lejano para ella. Su amiga Camila la guió hasta el grupo donde se encontraban las otras chicas: Sofía, Paula y Laura.

- ¡Ana! ¡Qué bueno verte! ¡Te hacía falta!

La acogida fue cálida, aunque Ana Lucía no pudo evitar sentir un pequeño pinchazo de culpa. Ella había evitado muchas salidas con sus amigas en las últimas semanas. Rodrigo había estado demandando cada vez más su tiempo, y, cuando no estaban en reuniones, él la llamaba insistentemente, preguntándole sobre cada detalle de su día. La relación, que una vez fue apasionada, se había transformado en una especie de contrato de convivencia.

- Qué guapas están todas, dijo Ana Lucía mientras se sentaba a la mesa.

La conversación fluía de manera natural. De hecho, Ana Lucía disfrutaba de escuchar a sus amigas hablar de sus vidas, sus proyectos, sus amores. Parecía que el mundo seguía girando mientras ella se quedaba atrapada en su propio laberinto de emociones contradictorias. A veces, deseaba poder dejar todo atrás, pero sabía que no podía.

La fiesta avanzaba con la música en alto y la gente bailando. Ana Lucía, que nunca fue muy fiestera, prefería quedarse al margen, observando la escena desde su lugar. Mientras las chicas se reían y se entregaban al ritmo de la música, ella decidió ir por una copa. No por necesidad, sino por ese pequeño escape que le proporcionaba el alcohol. Un par de copas quizás la ayudarían a relajarse un poco más.

Al acercarse a la barra, su mirada se cruzó con la de un hombre que estaba a pocos metros de ella. No lo conocía, pero algo en su presencia la hizo detenerse por un instante. Tenía una mirada profunda, casi desafiante, y una sonrisa que parecía esconder más de lo que mostraba. Algo en su postura era decidida, como si estuviera seguro de sí mismo, y Ana Lucía no pudo evitar sentir una ligera punzada de curiosidad.

El hombre la miró un momento antes de volverse hacia la barra. Parecía que había notado su interés, y una extraña sensación recorrió su cuerpo. No era una atracción inmediata, pero sí algo más inquietante. La conexión fugaz hizo que su mente se descontrolara por un segundo. Y lo peor fue que no sabía por qué.

- ¿Otra copa? - le preguntó el bartender mientras le servía.

Ana Lucía asintió, pero antes de tomar el vaso, decidió alejarse de la barra. No necesitaba más distracciones esa noche.

El resto de la fiesta pasó rápido, pero ella no dejaba de sentir la mirada del hombre en su mente. Las risas de sus amigas parecían apagarse mientras ella pensaba en él. A lo lejos, lo vio hablar con un grupo de personas, su postura relajada pero desafiante. ¿Quién era él? ¿Y por qué no dejaba de pensar en él?

Fue en ese momento cuando su teléfono vibró. Un mensaje de Rodrigo apareció en la pantalla.

Rodrigo: ¿Ya llegaste?

Ana Lucía se mordió el labio. Era curioso cómo un mensaje tan simple podía traer consigo una sensación tan pesada. Decidió ignorarlo por el momento. Necesitaba un respiro.

Pero no fue así como las cosas sucedieron. Apenas volvió a unirse al grupo de amigas, Paula, una de las chicas más directas del grupo, la miró con atención.

- ¿Te pasa algo? - preguntó, señalando la expresión de Ana Lucía. - Estás algo distante.

Ana Lucía intentó sonreír, pero algo en su interior la hizo vacilar. No quería hablar sobre Rodrigo, ni sobre las dudas que la atormentaban. Así que prefirió desviar la conversación hacia otro tema, pero Paula no dejó de observarla con desconfianza.

- A veces siento que te estás perdiendo, Ana. - La mirada de Paula fue seria. - Ya no eres la misma. No sé qué está pasando con Rodrigo, pero lo que sea, no es saludable para ti.

Ana Lucía no pudo evitar tensarse. ¿Cómo podía explicar lo que sentía? ¿Cómo podía poner en palabras todo lo que había comenzado a desgastarla?

- No es nada, solo... - Ana Lucía suspiró. - Solo necesito un poco de tiempo para pensar.

Paula no insistió, pero el daño ya estaba hecho. Las palabras resonaban en su mente. "No eres la misma". Era cierto. Algo había cambiado en ella, algo que ni siquiera Rodrigo parecía notar. La sombra de su relación, las expectativas que Rodrigo le imponía, la sensación de estar atrapada... todo eso estaba pesando demasiado en su corazón.

De pronto, un mensaje de texto apareció en su teléfono, esta vez de Rodrigo.

Rodrigo: ¿Ya se te olvidó nuestra cita de esta noche? Estoy esperando. Quiero hablar.

Ana Lucía sintió una mezcla de frustración y agotamiento. La respuesta que le dio a Rodrigo no fue la que él esperaba.

Ana Lucía: No estoy lista para hablar, Rodrigo. Necesito un respiro.

Esa fue la chispa que encendió la discusión.

Un par de minutos después, Rodrigo la llamó. No hubo cortesía en su voz esta vez, solo frialdad.

- ¿Qué significa eso, Ana? ¿Por qué necesitas un respiro? - preguntó, la ira contenida en cada palabra.

- Porque estoy cansada, Rodrigo. - La voz de Ana Lucía temblaba. - Cansada de que todo sea siempre sobre tus reglas, sobre lo que tú quieres. Estoy perdiéndome en este compromiso.

Silencio. El sonido de la fiesta a su alrededor se desvaneció mientras Ana Lucía sentía que el peso de sus palabras la aplastaba.

- Si no te importa lo que quiero, tal vez esta relación no tiene sentido. - La fría respuesta de Rodrigo la hizo retroceder, como si un balde de agua fría le hubiera caído encima.

Ana Lucía desconectó la llamada sin decir nada más. La fiesta, las risas, todo lo que antes había sido ligero, se desmoronó en un segundo.

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