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Portada de la novela Ella Eligió Su Propia Ruina

Ella Eligió Su Propia Ruina

Armando cambió el ring por una taquería para criar a su hijo Pedrito en paz. Sin embargo, su tranquilidad se desmorona cuando el pequeño es atacado por el hijo de Sebastián Vargas, un peligroso capo. La humillación crece cuando la escuela y su exmujer, Sofía, lo presionan para que se disculpe con el criminal. Tras descubrir el nexo entre Sofía y Vargas, Armando entiende la traición y decide enfrentar a la mafia para defender el honor de su hijo.
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Capítulo 3

Armando miró el fajo de billetes sobre el escritorio del director, luego al rostro sonriente y satisfecho de Sebastián Vargas. Sintió una oleada de rabia fría y clara. No era la furia ciega del ring, sino una ira precisa, afilada por la impotencia y la ofensa a su honor.

"Guárdese su dinero", dijo Armando, su voz baja y controlada. "Y también sus amenazas".

El director Benítez lo miró como si estuviera loco.

"Señor Ramírez, no sea imprudente..."

Pero Armando ya no le prestaba atención. Su mirada estaba fija en Vargas. El capo de la droga lo observaba con una mezcla de diversión y fastidio, como si estuviera lidiando con un insecto molesto.

"¿Qué dijo?", preguntó Vargas, fingiendo no haber oído.

En un movimiento rápido y inesperado, Armando no se lanzó contra Vargas. Hizo algo mucho más humillante. Extendió la mano y, de un manotazo, barrió el fajo de billetes del escritorio. El dinero voló por los aires, esparciéndose por el suelo de la oficina como hojas secas.

El silencio que siguió fue total. El director Benítez ahogó un grito. Rodrigo, el hijo de Vargas, lo miraba con los ojos muy abiertos, su arrogancia reemplazada por sorpresa. Incluso Sebastián Vargas perdió su sonrisa por un instante.

Armando se inclinó, tomó a Pedrito de la mano y lo levantó.

"Vámonos, m'ijo".

Se giró hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro a los tres hombres que se habían quedado paralizados. Su voz, cuando habló, era una promesa de acero.

"Esto no se va a quedar así. Se metieron con el hijo equivocado y con el padre equivocado. Les juro por mi vida que me van a pedir perdón de rodillas".

Salió de la oficina, tirando suavemente de Pedrito, y caminó por el pasillo con la espalda recta y la cabeza en alto. No corrió. No mostró miedo. Cada paso era deliberado, una declaración de guerra.

Una vez en la camioneta, el temple de Armando se suavizó. Miró a su hijo, que seguía temblando en silencio.

"¿Estás bien, campeón?", preguntó, su voz ahora llena de una ternura que contrastaba con la dureza de hacía unos momentos.

Pedrito asintió, pero no habló. Tenía la mirada perdida.

Armando sacó su teléfono y marcó un número de memoria.

"Licenciado Morales, habla Armando. Necesito verte. Es urgente".

Escuchó la voz tranquila de su amigo y abogado al otro lado.

"Claro, Toro. ¿En la taquería o en mi despacho?"

"En el despacho. Llego en veinte minutos", dijo Armando. "Y prepárate, porque esto es grande".

Colgó y se concentró en conducir. Durante el trayecto, intentó hablar con Pedrito.

"No te preocupes por nada, m'ijo. Tu papá va a arreglar esto. Nadie, escúchame bien, nadie tiene derecho a ponerte una mano encima ni a faltarte al respeto".

Pedrito finalmente lo miró.

"Papá, tengo miedo. Ese señor... es malo".

"Yo lo sé, campeón. Pero los hombres malos también tienen miedo. Solo hay que encontrar de qué", lo tranquilizó Armando, aunque una parte de él sentía el mismo frío que su hijo. Sabía perfectamente quién era Sebastián Vargas.

Antes de llegar al despacho del Licenciado, Armando sintió una necesidad imperiosa de aclarar la parte más dolorosa del insulto. El dije. La conexión con Sofía. Marcó su número.

Sofía contestó al tercer timbrazo, su voz sonaba aburrida y distante.

"¿Qué quieres, Armando? Estoy ocupada".

"Hubo un problema en la escuela de Pedrito", dijo Armando, yendo directo al grano. "Un niño lo golpeó".

Hubo una pausa.

"¿Y? Son niños. Que se defienda. No me llames por esas tonterías".

"El niño que lo golpeó es el hijo de Sebastián Vargas", soltó Armando, observando el efecto de sus palabras.

El silencio al otro lado fue más largo esta vez. Cuando Sofía habló de nuevo, su tono había cambiado. Había una nota de pánico en su voz.

"¿Qué? ¿Estás seguro? ¿Qué le hiciste al niño? ¡Armando, no seas estúpido! No te metas con esa gente".

La reacción de Sofía fue una puñalada. No preguntó por Pedrito. No se preocupó por su propio hijo. Su primera reacción fue defender a los agresores.

"¿Así que los conoces?", presionó Armando.

"¡Claro que no! Pero todo el mundo sabe quiénes son", replicó ella, demasiado rápido. "Mira, habla con el director, ofréceles una disculpa. Paga lo que tengas que pagar, pero no causes problemas. Por el bien de Pedrito".

"El hijo de Vargas llamó a Pedrito 'hijo de un chichifo'", dijo Armando, su voz helada. "Y llevaba un dije de oro y esmeraldas. Uno que te he visto puesto muchas veces".

El silencio fue ensordecedor. Armando podía escuchar la respiración agitada de Sofía al otro lado de la línea. Era la confirmación que no quería, pero que necesitaba. Ella estaba involucrada. Profundamente involucrada.

"No sé de qué hablas", susurró ella finalmente, su voz temblorosa. "Estás loco, Armando. Déjame en paz".

Y colgó.

Armando apretó el teléfono con tanta fuerza que el plástico crujió. La traición era un sabor amargo en su boca. No era solo una exesposa indiferente, era una cómplice.

Llegó al despacho del Licenciado Morales y le contó todo, sin omitir ningún detalle: la agresión, el director corrupto, la arrogancia de Vargas, la llamada a Sofía, el dije.

El Licenciado Morales, un hombre delgado y astuto con gafas de pasta, escuchó con atención, asintiendo de vez en cuando.

"Esto es un nido de víboras, Toro", dijo al final. "Pero tienes razón. No podemos dejarlo pasar. Proteger a Pedrito es la prioridad".

"Quiero que investigues a Sofía", ordenó Armando, la decisión tomada. "Quiero saber todo. Cuentas bancarias, llamadas, con quién se ve, a dónde va. Usa a quien tengas que usar, no me importa el costo".

"Entendido", dijo el Licenciado. "Será discreto".

Armando se sentía agotado, pero también extrañamente enfocado. La batalla apenas comenzaba. Llevó a Pedrito de regreso a la taquería, donde Doña Lupe los recibió con un abrazo y un plato de sopa caliente para el niño.

Esa noche, después de cerrar el negocio y acostar a Pedrito, Armando se sentó en la oscuridad de su pequeña sala. El rompecabezas en su cabeza comenzaba a tomar una forma horrible. La ambición de Sofía, su desprecio por la vida humilde que él le ofrecía, su desaparición gradual después del divorcio... todo cobraba un nuevo y siniestro sentido. ¿Hasta dónde llegaba su relación con "El Patrón"? ¿Era solo dinero? ¿O había algo más? ¿Era posible que Rodrigo Vargas, el agresor de su hijo, fuera también... hijo de ella? La idea era tan monstruosa que la desechó, pero la semilla de la duda quedó plantada.

Decidió ir a su antiguo departamento a enfrentar a Sofía. Todavía pagaba la renta de ese lugar, un último vestigio de su matrimonio fallido. Cuando llegó, la encontró caminando de un lado a otro en la sala, con el teléfono pegado a la oreja. Su rostro estaba pálido y sus ojos desorbitados por el pánico. Al ver a Armando, su miedo se transformó en furia.

"¡¿Qué haces aquí?! ¡Te dije que me dejaras en paz!", le gritó. "¡Por tu culpa, ahora estoy metida en un problema gigantesco!"

La acusación, tan injusta y egoísta, fue la última gota. La ira contenida de Armando finalmente encontró una vía de escape.

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