
Elegida por el rey Alfa Maldito
Capítulo 2
La puerta se cerró de golpe detrás de mí, el punto final de mi exilio.
Me quedé en el pasillo, mirando sin expresión el suelo de madera agrietada. Aún me ardía la mejilla por la bofetada de mi padre y tenía los dedos pegajosos de sangre, por lo fuerte que había apretado los puños.
Pero ese dolor no era nada comparado con lo que sentía en el pecho.
Traición. Soledad. Una rabia tan intensa que amenazaba con desgarrarme por dentro.
Me tragué el grito que se me había atascado en la garganta y caminé con rigidez hacia la fría y pequeña habitación del fondo de la casa. Solía ser el trastero, hasta que mi madre decidió que era el lugar perfecto para la desgracia de la familia: yo.
Abrí la puerta que chirriaba y me quedé en el umbral, mirando el patético lugar al que me habían relegado. Un colchón fino en el suelo. Una cómoda rota a la que le faltaba una pata. Un espejo agrietado.
Me lo habían robado todo: mi dignidad, mi derecho de nacimiento y mi futuro.
Pero no me habían arrebatado mi esencia.
Aún no.
Agarré la pequeña bolsa de tela que guardaba junto al colchón. Contenía algunas pertenencias: ropa, un libro viejo con las esquinas desgastadas y dobladas.
Lo metí todo dentro, ignorando el temblor de mis dedos. El reloj de la pared marcaba los segundos que me acercaban al anochecer.
Esta noche me enviarían al palacio del Rey Alfa, con las demás omegas, como ganado al matadero.
Todos decían que estaba maldito. Que la muerte misma lo había marcado. Que su cama era un cementerio de mujeres rotas.
¿Pero qué otra opción tenía?
Respiré hondo, temblando, con el pecho agitado, mientras estaba parada frente al espejo agrietado. Mi reflejo me miraba, pálido y fantasmal. Tenía los ojos enrojecidos por haber llorado en silencio noche tras noche. Mis labios estaban agrietados, y el moratón que se extendía en la mejilla resaltaba como una marca escarlata.
Y, sin embargo, en algún lugar profundo de ese reflejo, vi algo más, algo que ellos no veían.
Fuego.
Me limpié la sangre de la palma de la mano y apoyé los dedos contra el cristal.
'Sobrevivirás', me susurré para mis adentros. 'Sobrevivirás a esto, aunque te mate'.
***
El viaje al palacio lo hicimos en una furgoneta negra y oxidada que apestaba a perros mojados y metal viejo. Éramos seis en total, todas vestidas con el mismo sencillo vestido gris que se ceñía torpemente a nuestros cuerpos. Éramos sacrificios.
Reconocí a algunas de manadas vecinas. Algunas temblaban de miedo. Otras intentaban disimularlo con falsa bravuconería. ¿Y yo? Me quedé callada.
Miré por la ventanilla, observando cómo los árboles se desdibujaban al pasar, el cielo cada vez más oscuro y tragándose el sol en lentos y codiciosos mordiscos. Mientras más nos acercábamos al palacio, más frío se sentía el aire.
Decían que el palacio del Rey Alfa estaba excavado en la ladera de las Montañas Negras. Que nunca le daba la luz del sol. Que nunca resonaban risas en sus muros. Que estaba maldito... como el hombre que lo gobernaba.
No sabía qué esperar. Lo único que sabía era que no iba allí a morir.
Iba a vivir.
Cuando llegamos, la luna estaba alta y llena, colgando como un testigo silencioso en el cielo sin estrellas. El palacio se alzaba ante nosotros: piedra negra y torres puntiagudas, sus muros cubiertos de hiedra que se asemejaba más a venas que a plantas.
Salí de la furgoneta y se me cortó la respiración.
Los rumores no le hacían justicia.
Parecía una fortaleza construida por la propia muerte.
Los guardias estaban junto a las enormes puertas de hierro, vestidos completamente de negro. Sus ojos nos escanearon con desinterés mientras el conductor de la furgoneta entregaba unos papeles. Una lista, sin duda.
Nos alinearon, inspeccionándonos como ganado en el mercado. Uno de los guardias recorrió la línea, arrugando la nariz al observarnos.
Se detuvo frente a mí.
"Nombre", ladró.
"Emilia", respondí con voz estable.
Me miró con una ceja alzada. "¿Hija de?".
Apreté la mandíbula. "Alfa González de la Manada Luna Roja".
Eso lo hizo hacer una pausa. "¿Hija de Alfa?".
"Ya no", murmuré.
Volvió a mirarme y vi un atisbo en sus ojos. ¿Compasión? ¿Curiosidad? Desapareció tan rápido como apareció.
"Avanza", ordenó, señalando hacia la puerta.
Nos condujeron hacia adentro como ovejas.
Dentro, el palacio estaba inquietantemente silencioso. Las paredes de piedra eran frías al tacto, los pasillos largos y estrechos. El aire olía a cenizas antiguas y a algo metálico, tal vez sangre.
Una mujer con un vestido negro ajustado, ojos afilados y un tono aún más cortante nos recibió en el salón principal.
"Permanecerán en silencio a menos que se les dirija la palabra. No hablarán del Rey a menos que se les indique. No lo mirarán a los ojos".
Caminaba de un lado a otro frente a nosotras como un depredador.
"Si se les convoca, irán. Sin protestar. Sin vacilar. Si gritan... nadie vendrá".
Otra chica a mi izquierda gimió.
Los ojos de la mujer se clavaron en ella. "No pongan a prueba la misericordia del Rey... porque no tiene".
Se giró completamente hacia nosotras. "Ahora las llevarán a sus aposentos. Una de ustedes será convocada esta noche".
Se hizo el silencio mientras caminaba, mirándonos a cada una como si estuviera decidiendo quién sería la víctima perfecta para el matadero de esta noche.
Sus ojos se fijaron finalmente en mí.
No me inmuté.
Sus labios se curvaron en algo que no era del todo una sonrisa.
"Llévenla primero".
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