
El Último Baile del Engaño
Capítulo 2
Faltaban tres días para mi boda con Isabela.
El sol de Sevilla caía a plomo sobre los campos de olivos de su familia, pero yo no sentía el calor, solo el galope del caballo bajo mi cuerpo, un ritmo familiar que siempre me había dado paz.
Era el semental andaluz favorito de Isabela, un animal noble y fuerte. Me lo había regalado ella, como un símbolo de nuestro futuro juntos.
Por ella, por ese futuro, había renunciado a mi puesto como primer bailarín en el Ballet Nacional. Dejar Madrid, dejar mi carrera en su punto más alto, todo parecía un pequeño precio a pagar por una vida a su lado.
Mi familia, los De la Vega, ya no teníamos el poder de antes, éramos un apellido noble en decadencia, mientras que la familia de Isabela, los Castillo, eran los reyes del aceite de oliva en toda Andalucía. Nuestra unión era, para todos, la alianza perfecta. Para mí, era simplemente amor.
El caballo se encabritó de repente, sin previo aviso.
Fue un movimiento violento, antinatural. Sentí cómo perdía el control, cómo mi cuerpo salía despedido por los aires. Luego, el impacto seco contra el suelo polvoriento.
Un dolor agudo, insoportable, me recorrió la pierna izquierda. Un crujido sordo resonó en mis oídos.
Y después, la oscuridad.
Lo último que vi fue el rostro de Isabela, corriendo hacia mí, gritando mi nombre. Su expresión era de puro terror y desesperación.
Cuando desperté, el olor a antiséptico del hospital me llenó los pulmones. Mi pierna estaba envuelta en un yeso pesado, inerte.
Isabela estaba a mi lado, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar.
"Javier, mi amor", susurró, su voz rota. "El caballo... se asustó. El mozo de cuadra no lo había asegurado bien. Ya lo he denunciado, pagará por esto".
Apretó mi mano con fuerza.
"No te preocupes, estaré contigo. Siempre".
Sufría por mí. Su dolor era tan real, tan palpable, que me sentí culpable por dudar un instante.
Creí cada una de sus palabras.
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