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Portada de la novela El Último Aliento

El Último Aliento

La vida de Sofía se desmorona al descubrir que Alejandro, su prometido, mantiene un romance secreto con su hermanastra Camila. Víctima de una cruel traición diseñada para despojarla de sus bienes, la joven se ve rodeada de desprecios y burlas por parte de sus seres queridos. Decidida a no dejarse pisotear, rompe sus vínculos afectivos y huye de su pasado. Buscando refugio en la fortaleza, se une a su padre en el peligroso frente de guerra.
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Capítulo 2

"La zona de guerra no es un lugar para tomar fotografías de paisajes, Sofía, aquí la gente muere todos los días."

La voz del coordinador de la organización humanitaria sonaba grave y seria a través del teléfono, intentando por última vez disuadirla de su decisión.

Sofía miraba por la ventana de su estudio fotográfico, la luz del atardecer pintaba de naranja los rascacielos de la ciudad, un paisaje que pronto dejaría atrás, quizás para siempre.

"Lo sé, señor Martínez, no voy a tomar fotos de paisajes, voy a documentar la verdad, a dar voz a quienes no la tienen, es lo que mi padre hubiera querido."

Su voz era firme, no había ni una pizca de duda en ella, la decisión estaba tomada y no había vuelta atrás.

"Tu padre era un gran hombre, un médico valiente, pero desapareció haciendo exactamente esto, ¿estás segura de que quieres seguir sus pasos de esta manera?"

Sofía apretó el teléfono con fuerza, el recuerdo de su padre, un médico voluntario que se había perdido en una misión hacía años, era un dolor constante en su pecho, pero también su mayor inspiración.

"Estoy segura," respondió con una calma que sorprendió incluso a ella misma. "Es lo único que me queda."

Tras colgar, un silencio pesado llenó el estudio, un lugar que antes rebosaba de risas, de planes, de sueños compartidos con Alejandro. Ahora solo era un eco de lo que fue. Sus ojos se posaron en su mano izquierda, en el deslumbrante anillo de compromiso que Alejandro le había dado. La joya brillaba bajo la luz, tan hermosa y tan falsa como las promesas que la acompañaron.

Un torbellino de recuerdos la asaltó, transportándola a la noche en que Alejandro le propuso matrimonio. Estaban en la playa, bajo un cielo lleno de estrellas, el sonido de las olas era la única música. Él se arrodilló frente a ella, sus ojos brillaban con una intensidad que Sofía creyó que era amor puro.

"Sofía," dijo con la voz temblorosa por la emoción, "eres la luz de mi vida, la mujer que transformó mi mundo. Cásate conmigo, prometo hacerte feliz cada día, protegerte de todo y de todos, amarte hasta mi último aliento."

Ella lloró de felicidad mientras decía que sí, convencida de que había encontrado a su alma gemela, al hombre que la amaría incondicionalmente. Y por un tiempo, así fue. Alejandro era todo lo que había prometido.

Recordó con claridad el día en que él se enfrentó a su propia familia por ella. La familia de Alejandro, increíblemente rica e influyente, nunca la había aprobado. Para ellos, Sofía era solo una fotógrafa de bodas sin un apellido importante, la hija de un médico desaparecido y una mujer a la que consideraban una oportunista. La desaprobación era tan palpable que dolía.

En una cena familiar, la madre de Alejandro había sido particularmente cruel, insinuando que Sofía solo estaba con él por su dinero. Alejandro se levantó de la mesa, su rostro era una máscara de furia contenida.

"Jamás vuelvas a hablarle así a Sofía," dijo, su voz resonando en el silencioso comedor. "Ella es la mujer que amo y con la que me voy a casar, les guste o no. Si no pueden respetarla, entonces no tienen un lugar en nuestra vida."

Ese día, Alejandro tomó su mano y la sacó de esa mansión opresiva, sin mirar atrás. Para Sofía, ese gesto fue la prueba definitiva de su amor, un amor tan grande que podía desafiar al mundo entero. ¿Cómo podía ese mismo hombre, que la defendió con tanto fervor, traicionarla de la manera más vil?

La pregunta la atormentaba desde hacía tres días, desde que su mundo se hizo pedazos. Estaba revisando los detalles finales de la boda cuando su teléfono sonó. Un número desconocido. Un mensaje.

Una sola foto.

En la imagen, Alejandro besaba a otra mujer con una pasión desenfrenada. No era un beso robado, era un beso entre amantes. Las manos de él estaban por todo el cuerpo de ella, un cuerpo que no era el suyo. Sofía sintió que el aire le faltaba, su corazón se detuvo por un instante antes de empezar a latir con una fuerza dolorosa, como si quisiera salirse de su pecho. El teléfono se le resbaló de las manos y cayó al suelo, la pantalla se estrelló, pero la imagen permaneció grabada en su mente, quemándola por dentro.

El sonido de la puerta principal la sacó de su trance. Era Alejandro, volvía a casa. Rápidamente, se secó una lágrima solitaria que había escapado y recompuso su expresión, no podía dejar que él viera su dolor, no todavía.

"Mi amor, ya llegué," dijo él con su habitual tono carismático, dejando su maletín en la entrada. Se acercó a ella y la abrazó por la espalda, depositando un beso en su cuello. "Te extrañé todo el día."

Sofía se quedó rígida. Su abrazo, que antes era su refugio, ahora se sentía como una jaula. El olor de su perfume se mezclaba con otro, uno floral y dulce que ella no reconoció. Su cuerpo se tensó, una náusea helada subió por su garganta. Quería gritar, golpearlo, exigir una explicación, pero se obligó a permanecer en silencio, a soportar su contacto.

"Yo también te extrañé," mintió, su voz sonando extrañamente distante.

Alejandro pareció no notarlo, o no quiso notarlo. Continuó besándola, sus manos empezaron a deslizarse por su cintura, buscando una intimidad que ya no existía. Justo en ese momento, el teléfono de él, que había dejado sobre la mesa, comenzó a sonar.

El sonido cortó el aire tenso como un cuchillo. Alejandro se apartó de ella con un suspiro de frustración, su atención se desvió por completo. Miró la pantalla y una expresión fugaz, casi imperceptible, cruzó su rostro antes de que contestara.

"Diga," dijo, su tono de voz ahora era diferente, más profesional, más frío. Se alejó hacia el balcón para hablar en privado, dejando a Sofía sola en medio de la sala, sintiéndose más abandonada que nunca.

Mientras él hablaba en susurros, Sofía recordó otra vez el grandioso gesto de Alejandro. Hacía un año, para su aniversario, él había comprado una página entera en el periódico más importante de la ciudad solo para publicar una foto de ella con la frase: "Para Sofía, la mujer que me enseñó a amar. Tuyo por siempre, Alejandro." El gesto fue tan público, tan extravagante, que todos en la ciudad hablaron de ello durante semanas. Él amaba las demostraciones grandiosas, amaba que el mundo supiera cuánto la amaba.

¿O solo amaba la idea de amarla?

Sofía miró de nuevo el anillo en su dedo. Lo tocó con la yema de los dedos de su otra mano, el metal estaba frío, tan frío como su corazón. Su rostro estaba pálido en el reflejo de la ventana. La misma pregunta resonaba en su cabeza, una y otra vez, un eco tortuoso y sin respuesta.

¿Por qué? ¿Por qué el hombre que juró amarla para siempre la había destrozado de esta manera?

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