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Portada de la novela El Último Aliento de Sofía

El Último Aliento de Sofía

Sofía espera gemelos cuando la traición de Ricardo Guzmán la destruye, influenciado por las calumnias de Camila Pérez. Tras ser señalada falsamente por infidelidad y brujería, le quitan a sus hijos y padece torturas inhumanas. Mientras Camila simula estar encinta, Sofía es forzada a confesar delitos para salvar a su amigo Diego. Tras fallecer en agonía, el descubrimiento de su inocencia sume al arrepentido Ricardo en una culpa irreparable.
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Capítulo 3

Pasaron los días en una neblina de dolor y fiebre. Mi cuerpo, maltratado por el aborto forzado, luchaba por recuperarse, pero mi espíritu estaba hecho pedazos. Apenas comía, apenas dormía. Ricardo no volvió a entrar en mi habitación. Me trataba como a una plaga, una mancha que había que ignorar hasta que desapareciera.

Una tarde, cuando la fiebre me hacía temblar bajo las sábanas, la puerta se abrió de golpe. Era Ricardo. Su rostro estaba contraído por la furia. En su mano, sostenía un teléfono, el mío.

"¿Se puede saber qué es esto, Sofía?", espetó, arrojando el teléfono sobre la cama.

La pantalla estaba abierta en una conversación con mi mejor amigo, Diego. Eran mensajes antiguos, de semanas atrás, donde Diego me ofrecía su apoyo, me decía que era fuerte y que no merecía lo que Ricardo me estaba haciendo.

"¿Qué es qué? Es una conversación con mi amigo", respondí débilmente.

Ricardo soltó una risa amarga y cruel.

"¿Tu amigo? ¿O tu amante?", acusó, acercándose a la cama. Su sombra me cubrió por completo. "Este tipo, este artista muerto de hambre, ¿es por él que te negabas a deshacerte de los... problemas? ¿Quizás ni siquiera eran míos?".

La acusación fue tan absurda, tan vil, que me dejó sin aliento. Después de todo lo que había pasado, después de arrancarme a sus propios hijos, ¿ahora se atrevía a acusarme de infidelidad? La injusticia de sus palabras me dio un latigazo de energía.

"¿Cómo te atreves?", siseé, sentándome con dificultad. El movimiento me provocó una punzada aguda en el vientre. "Tú sabes perfectamente que esos niños eran tuyos. ¡Tú viste las ecografías! ¡Tú escuchaste sus corazones latir junto al mío!".

"¡No me levantes la voz!", gritó, y su mano se alzó como si fuera a golpearme. Me encogí instintivamente. Él no me pegó, pero bajó la mano y me agarró con fuerza de la barbilla, obligándome a mirarlo. "Siempre supe que había algo raro contigo y ese tipo. Siempre tan cercanos, siempre cuchicheando. Camila me lo advirtió. Dijo que una mujer como tú no era de fiar".

Mi corazón se hizo añicos. Así que era eso. Camila no solo había instigado el asesinato de mis hijos, sino que también había estado envenenando la mente de Ricardo contra mí durante mucho tiempo. Me había aislado, me había dejado sin nadie.

"Ella te miente, Ricardo. Te está manipulando", le supliqué, aunque sabía que era inútil. Sus ojos estaban llenos de una convicción ciega.

"¡Cállate!", me empujó hacia atrás, y mi cabeza golpeó la cabecera de la cama. El mundo dio vueltas por un segundo. "No quiero volver a escuchar su nombre de tu sucia boca".

Intenté levantarme, intenté defenderme, pero la debilidad me superó. Mi cuerpo temblaba sin control.

En ese momento, la puerta se abrió suavemente y Camila entró. Llevaba un vestido de maternidad de seda, que acentuaba una incipiente barriga. Su rostro mostraba una falsa preocupación.

"Ricardo, cariño, ¿qué pasa? Escuché gritos", dijo, acercándose a él y poniendo una mano tranquilizadora en su brazo. Luego me miró a mí, postrada en la cama, con una mezcla de lástima y triunfo. "Ay, Sofía, te ves terrible. Tienes que cuidarte".

La visión de su vientre fue como un golpe directo al estómago. Ella, la artífice de mi desgracia, ahora esperaba un hijo. El hijo que Ricardo protegería, el hijo que no sería considerado una "mala vibra".

"Tú...", logré decir, señalándola con un dedo tembloroso, "¡Tú eres un monstruo!".

Ricardo se interpuso entre nosotras, protector.

"¡No te atrevas a hablarle así a Camila! Ella está esperando a mi hijo. ¡Mi verdadero heredero!", declaró, y cada palabra fue una daga en mi corazón.

La revelación, la crueldad, el dolor... todo fue demasiado. Una oscuridad se arremolinó en los bordes de mi visión, el sonido se desvaneció y me desmayé.

Cuando desperté, no estaba en mi cama. Estaba arrodillada en el suelo del gran salón. El frío de la piedra se filtraba a través de mi camisón. Y no estaba arrodillada sobre el suelo liso. Estaba sobre un cojín lleno de algo duro y punzante. Miré hacia abajo y vi que era un pequeño tapete tejido con espinas secas y afiladas, un "jirón de abrojos", como lo llamaban antiguamente para castigar a los sirvientes. Cada pequeño movimiento enviaba oleadas de dolor a través de mis rodillas ya magulladas.

Ricardo y Camila estaban sentados en el sofá, bebiendo té, observándome como si fuera un espectáculo.

"El Gurú dijo que la penitencia purifica el alma culpable", dijo Ricardo con calma, como si comentara el clima. "Arrodíllate ahí y reflexiona sobre tu traición. Quizás así limpies un poco de la mala suerte que trajiste a esta casa".

Las lágrimas de humillación corrían por mis mejillas. No solo me habían quitado a mis hijos y me habían acusado falsamente, sino que ahora me sometían a esta tortura física y psicológica.

Camila dejó su taza y se levantó. Caminó lentamente hacia mí. Se agachó, su rostro muy cerca del mío. Olí su perfume caro, el mismo que Ricardo me regaló en mi último cumpleaños.

"Pobrecita", susurró para que solo yo la oyera. Luego, sacó un pañuelo de su bolsillo. No era un pañuelo cualquiera. Era uno que yo misma había bordado para uno de mis bebés, con un pequeño osito en la esquina. Lo había guardado en la cuna vacía. Ella lo usó para secarse una lágrima falsa de su ojo y luego lo dejó caer al suelo, justo frente a mí, como si fuera basura.

"Oops, qué torpe soy", dijo en voz alta, sonriendo con malicia.

Ver ese pequeño trozo de tela, un símbolo de mi amor perdido, tratado con tanto desdén, fue la gota que colmó el vaso. El dolor en mis rodillas no era nada comparado con la furia que me quemaba por dentro. La miré a los ojos, y en ese momento, supe que no descansaría hasta verla pagar por todo lo que había hecho.

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