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Portada de la novela El trato de la vida

El trato de la vida

Con el firme objetivo de conquistar la élite social, Lía acuerda una unión matrimonial con Santiago, un hombre que le garantiza la riqueza y el prestigio que ella persigue. No obstante, él también guarda motivos ocultos tras este pacto estratégico. Mientras sus máscaras caen, lo que inició como una alianza gélida e interesada evoluciona hacia un sentimiento auténtico, obligándolos a cuestionar la verdadera finalidad de su ambiciosa negociación.
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Capítulo 3

Los primeros días en la mansión fueron un torbellino de emociones contradictorias para Lía. Aquel hogar, que antes solo veía a través de fotos, ahora era su nueva realidad. Las paredes de mármol, los pasillos amplios, el aire limpio que llenaba la casa; todo en ella hablaba de riqueza, poder y una vida que había soñado durante años. Pero, en el fondo, la sensación que tenía al despertar cada mañana no era de satisfacción, sino de una inquietante incomodidad. La mansión, con todos sus lujos, no podía sustituir lo que realmente deseaba: la libertad de ser quien era sin la presión constante de cumplir un papel.

La mañana que comenzó su nueva vida, Lía se levantó temprano, como lo hacía cada día. Santiago ya había partido para cumplir con sus compromisos laborales, pero su presencia en la casa era innegable. Desde su despacho hasta los pasillos decorados con fotos de familia, todo parecía hablar de él, de su historia. Lía caminó por los pasillos, admirando la decoración exquisita de la mansión, pero algo en su interior seguía vacío. Sentía que estaba caminando por la casa de otro, por un mundo que no le pertenecía del todo.

Aquel primer día en la mansión, el personal ya estaba al tanto de su llegada, y en cuanto cruzó el umbral de la casa, Lía fue recibida con sonrisas amables y corteses saludos. No estaba acostumbrada a tanto cuidado y atención, pero lo aceptó con la misma gracia que le habían enseñado desde pequeña. La esposa perfecta tenía que saber cómo comportarse en todas las situaciones, y eso era lo que haría.

La casa estaba construida con una majestuosidad que dejaba sin aliento. Pasó la mañana explorando cada rincón, mientras su mente trataba de asimilar lo que significaba ser parte de esa vida. Era surrealista. La mansión, con sus jardines perfectamente cuidados y su arquitectura que evocaba tiempos pasados de gloria, parecía estar hecha para alguien como ella. Pero al final, lo que más la perturbaba no era la opulencia, sino la constante sensación de estar siendo observada, evaluada, medida por cada paso que daba. Se le hacía difícil pensar que todo esto había sido un acuerdo, no un destino.

El almuerzo fue la primera ocasión en la que se encontró de nuevo con Santiago. Él había regresado al mediodía, y la cena estaba preparada con la misma perfección que toda la mansión. Lía, al principio, había pensado que él estaría demasiado ocupado para prestarle atención, pero pronto se dio cuenta de que Santiago tenía una presencia tan imponente que parecía llenar cada espacio de la casa. Aunque su trato con ella fuera cortés, había algo en su actitud que dejaba claro que no había un verdadero interés en conocerla. Para él, esto seguía siendo un negocio, algo que debía cumplirse para cumplir con una necesidad.

- ¿Cómo te sientes? - le preguntó él, mientras tomaba asiento en la mesa. Su voz, aunque suave, llevaba una nota de autoridad, como si su posición en la vida fuera tan sólida como el mobiliario que lo rodeaba.

Lía levantó la vista de su plato, sorprendida por la pregunta. Estaba acostumbrada a ser ignorada o a que las preguntas que le hacían fueran superficiales, pero esta vez fue diferente. Sin embargo, no había calor en sus palabras, ni curiosidad genuina.

- Bien, supongo - respondió ella, eligiendo sus palabras con cautela. Estaba en una mansión que se suponía suya, pero su respuesta era vacía, porque la sensación de estar perdida en ese espacio aún persistía.

Santiago asintió, aparentemente satisfecho con su respuesta, y siguió comiendo. No había más palabras entre ellos, solo el sonido de los cubiertos y el suave murmullo de los empleados que se movían alrededor de la casa. Lía sabía que este silencio era algo que se repetiría una y otra vez, que este matrimonio no traería consigo conversaciones profundas ni momentos de complicidad. Ambos habían firmado un contrato de conveniencia, y eso era lo que estaban cumpliendo, aunque la tensión subyacente no se podía negar.

A medida que los días pasaban, la rutina de Lía en la mansión se volvía más definida. Las mañanas las dedicaba a los eventos sociales a los que Santiago la invitaba, la mayoría de los cuales no le interesaban. Recepciones, cenas, cocteles, todo parecía una repetición constante de lo mismo: gente rica, hablando de negocios, de política, de vacaciones exóticas. Lía, aunque se sentía un poco ajena a ese mundo, sonreía y mantenía una postura perfecta, como se le había enseñado desde pequeña.

Pero cada noche, cuando regresaba a la mansión, la realidad se volvía más difícil de ignorar. Los momentos de soledad en su enorme cuarto se sentían como una condena. Se miraba en el espejo y veía la mujer perfecta, la esposa ideal, pero algo dentro de ella comenzaba a romperse. No era su vida lo que había soñado. Esta no era la libertad que siempre había deseado. La presión de ser la esposa perfecta para alguien a quien apenas conocía la estaba ahogando poco a poco. A veces se despertaba en medio de la noche, la mente llena de preguntas sin respuesta, sin saber si este camino que había elegido era el correcto o si se estaba perdiendo en una vida que nunca fue realmente suya.

Santiago, mientras tanto, se mantenía en su papel, atento a los detalles pero distante. Aunque estaba más presente en su vida diaria de lo que había estado en su luna de miel, no había ninguna intención de abrirse emocionalmente. Los días pasaban, y él se mantenía ocupado con su trabajo, con las exigencias de su posición. Cada vez que cruzaba caminos con Lía, lo hacía con una frialdad calculada, sabiendo perfectamente lo que se esperaba de él. Como siempre, Santiago se mantenía en control, pero algo comenzaba a molestarle: el hecho de que, pese a su indiferencia, no podía dejar de notar ciertos detalles en ella que lo intrigan.

Era una mujer que, aunque cuidadosamente cultivada para ser la esposa perfecta, tenía momentos de vulnerabilidad que se filtraban cuando menos lo esperaba. Cada vez que veía su mirada perdida o la forma en que se aislaba en su propio mundo, sentía una curiosidad insaciable. ¿Qué se escondía detrás de esa fachada perfecta? ¿Qué pensaba realmente?

Una tarde, después de una larga jornada de reuniones y compromisos sociales, Santiago regresó a la mansión más temprano de lo habitual. No tenía planes de ir a ninguna gala esa noche, así que, al llegar, decidió tomar un pequeño descanso. Al entrar en el salón, vio a Lía sentada frente a la chimenea, con los ojos fijos en el fuego, pero su expresión estaba distante. No parecía tan perfecta, tan impecable como siempre. Había algo en ella, algo que no podía ignorar. A lo lejos, la vio suspirar y girar ligeramente la cabeza hacia la ventana, como si deseara escapar, aunque no supiera a dónde.

Santiago se acercó, sin hacer ruido, hasta quedar de pie frente a ella. La situación estaba cargada de una extraña tensión. Él quería preguntarle qué pasaba por su mente, qué sentía realmente, pero se contuvo. La esposa perfecta no debía mostrar inseguridades, ni siquiera en la intimidad de su propia casa.

- ¿Estás bien? - fue todo lo que logró decir.

Lía lo miró, sorprendida por la pregunta. Por un momento, pensó que quizá Santiago había notado algo en ella, pero al instante siguiente se dio cuenta de que su interés no era genuino. Solo estaba cumpliendo con un formalismo más.

- Estoy bien - respondió ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Una sonrisa que no engañaba ni a él ni a ella misma.

Santiago no insistió más. Había sido un intento, uno que, al parecer, no había logrado penetrar la barrera que ambos habían erigido entre ellos. En su mente, solo había una constante: la mujer perfecta, esa que esperaba que fuera, y la mujer real, que comenzaba a asomar bajo la superficie, con sus dudas, sus miedos, su cansancio.

Lía, por su parte, sintió el peso de su respuesta. Quizá estaba bien en ese momento, pero algo dentro de ella comenzaba a ceder. Estaba atrapada entre lo que debía ser y lo que realmente deseaba. No sabía cuánto tiempo más podría seguir con esa fachada.

La presión de ser la esposa perfecta no hacía más que crecer.

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