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Portada de la novela El Trato de la Herencia

El Trato de la Herencia

El frío empresario Alexander Thorne enfrenta un dilema: debe contraer matrimonio durante un año para conservar el legado de su abuelo. Desesperado por el control de su compañía, ofrece un pacto nupcial a su eficiente asistente, Elena Vance. Ella accede a la unión falsa para salvar la vida de su madre, ocultando sus verdaderos sentimientos. Bajo el mismo techo, la coraza del magnate se agrieta, transformando un acuerdo formal en algo peligrosamente real.
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Capítulo 2

El aire en el despacho principal de Industrias Thorne se sentía viciado, cargado con el residuo de una batalla que aún no había comenzado oficialmente, pero cuyas bajas ya empezaban a contarse. Alexander Thorne permanecía sentado tras su escritorio de obsidiana, observando cómo la silueta de Elena Vance se recortaba contra las luces de una Nueva York que nunca dormía, pero que a menudo devoraba a los que no podían pagar su entrada.

-Treinta días, Elena -repitió Alexander, su voz rompiendo el silencio como el chasquido de un látigo-. Treinta días para convertir una farsa en una verdad legal que convenza a un comité de tiburones que solo esperan mi primer error para devorarme vivo.

Elena, que acababa de colgar el teléfono tras la devastadora noticia del hospital, se giró lentamente. Sus facciones, generalmente suaves pero decididas, estaban ahora tensas, como si la piel se hubiera vuelto demasiado estrecha para su rostro.

-Julian ya está moviendo sus hilos, señor -logró decir ella, recuperando ese tono profesional que era su armadura-. Ha contactado a tres de los cinco miembros principales del consejo de administración. Les está vendiendo la idea de un "liderazgo volátil". Dice que un hombre que no puede mantener una relación estable no puede garantizar la estabilidad de las acciones de una multinacional de acero y tecnología.

Alexander soltó un bufido de desprecio.

-Mi primo no sabe distinguir un balance de situación de una lista de la compra, pero sabe cómo oler la sangre. Mi abuelo le ha entregado el cuchillo y me ha puesto la manzana en la boca.

Se levantó y caminó hacia el bar minimalista de la esquina del despacho. Se sirvió un whisky puro, el líquido ámbar reflejando las luces de la ciudad.

-La "Cláusula de Hierro" no es sobre el amor, Elena. Silas Thorne no creía en el amor; creía en la propiedad. Quería asegurarse de que yo tuviera algo que perder que no fuera solo dinero. Quería amarrarme a la sociedad convencional para que dejara de ser un "riesgo".

Alexander bebió un sorbo largo, sintiendo el calor del alcohol quemando su garganta, pero no logrando mitigar el frío de su rabia. Sabía que su reputación de hombre despiadado era su mayor activo en las negociaciones, pero ahora era su mayor debilidad. Nadie en los círculos de la alta sociedad creería en un compromiso repentino de Alexander Thorne a menos que la mujer fuera alguien que encajara perfectamente en su vida. Alguien que no fuera una extraña.

La Crisis de Elena: El precio de un latido

Mientras Alexander se hundía en su estrategia corporativa, Elena sentía que el suelo bajo sus pies se desintegraba. La llamada del hospital St. Jude no había sido una advertencia; había sido una sentencia.

-Señor Thorne... -comenzó ella, pero su voz falló.

Se obligó a recordar la imagen de su madre, Margaret, conectada a tubos que parecían succionarle la vida en lugar de dársela. Margaret, que había limpiado oficinas en ese mismo distrito financiero para que Elena pudiera estudiar, ahora estaba siendo descartada por un sistema que solo valoraba las pólizas premium.

-Elena, te ves fatal -dijo Alexander, dejando el vaso de cristal sobre la mesa con un golpe seco. Se acercó a ella, rompiendo esa distancia de seguridad que siempre mantenían. No era un gesto de consuelo; era el escrutinio de un hombre que necesitaba que su herramienta principal estuviera en perfectas condiciones-. Si vas a colapsar, hazlo en tu tiempo libre. Te necesito lúcida.

Esa frase, tan típica de él, tan desprovista de empatía, fue la que finalmente rompió la última resistencia de Elena. Se rió, una risa seca y carente de humor que hizo que Alexander frunciera el ceño.

-¿Mi tiempo libre, señor? -preguntó ella, mirándolo directamente a los ojos, desafiando por primera vez la jerarquía-. ¿Se refiere a las horas que paso revisando sus correos a las tres de la mañana o a las que paso gestionando sus donaciones deducibles de impuestos mientras mi madre se muere en una sala de hospital porque no puedo pagar un tratamiento que cuesta lo que usted gasta en un reloj de pulsera?

El silencio que siguió fue denso. Alexander no estaba acostumbrado a que le respondieran, y mucho menos Elena, su roca, su sombra silenciosa. La observó con una mezcla de sorpresa y una nueva forma de interés. Vio el sudor fino en su frente, el temblor casi imperceptible de sus manos y la desesperación pura que emanaba de sus ojos castaños.

-Doscientos mil dólares -dijo él, su mente procesando la información con la velocidad de una supercomputadora-. Eso es lo que escuché por teléfono.

-Solo para empezar -respondió ella, bajando la cabeza, avergonzada de haber mostrado su vulnerabilidad-. El seguro dice que la inmunoterapia es "experimental". Quieren trasladarla a un centro público de cuidados crónicos. Usted sabe lo que eso significa. Es enviarla a esperar el final en una habitación compartida con otras cinco personas, sin el tratamiento que podría salvarla.

Alexander volvió a caminar hacia su escritorio. Se sentó y entrelazó sus largos dedos sobre la superficie pulida. El depredador en él, el hombre que Silas Thorne había moldeado para encontrar siempre la ventaja en la tragedia ajena, vio la jugada maestra.

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