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Portada de la novela EL TRATADO GRANT&CRIGHTON

EL TRATADO GRANT&CRIGHTON

Sara, una mujer brillante e independiente, y Nicholas, un heredero amante de la libertad, se oponen al matrimonio forzado por sus clanes. Sin embargo, un accidente inesperado obliga a la pareja a simular un compromiso, conviviendo en un entorno paradisíaco para engañar a sus familias. Aunque la pasión surge entre ellos, Sara escapa convencida de ser un peón. Nicholas, tras perderla, comprende su amor real e inicia una búsqueda desesperada para recuperarla.
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Capítulo 3

La fiesta de la boda de su amigo le aburrió, pero algo lo inquietaba. La joven madrina a quien él trataba de ni mirar, esos ojos que de vez en cuando se cruzaban con él, algo le molestaba a esa joven. Y los más le inquietada era que ella le parecía que familiar.

Nicholas como pudo salió de la fiesta y se marchó a su yate en presencia como lo hacía de vez en cuando en presencia de dos modelos que frecuentaba a veces y tenía tiempo de no compartir con ellas. Por eso las invito a dar un paseo en su yate por lo que quedaba de fin de semana.

Más tarde en el yate, Nicholas pensaba que lo tenía tan contrariado, mientras miraba hacia la costa, donde se percibía una hermosa isla.

–Estás seguro de que no quieres venir conmigo? Nicholas –Pregunto una joven dentro de la piscina del yate

Nicholas entrecerró los ojos, cegado por el sol, mientras miraba a la joven metida en la piscina de su yate, sus pechos flotaban en el agua, con una rubia melena resplandeciente al sol y eso no le alborotó sus hormonas.

–No, gracias.

Cuando él nadaba lo hacía para ejercitarse, no en una piscina que se cruzaba de un lado a otro en seis brazadas. Entonces se sorprendió al pensar que el problema era que no quería estar con aquella mujer.

Las diez horas había sido tiempo suficiente para recordar que no le gustaba el parloteo sin sentido. No se podía mantener con ella conversaciones estimulantes ni tenía sentido del humor.

Nicholas frunció el ceño. A ellas les faltaba algo. El problema, tuvo que admitir, era él, no ella.

Había evitado tener relaciones profundas e implicarse emocionalmente desde que tenía uso de razón. Y se había pasado la vida con mujeres dispuestas a admitir esas restricciones, que disfrutaban pasándolo bien, pero él se sentía cada vez más inquieto e insatisfecho, ahora en vez de estar disfrutando de su compañía, solo las estaba evitando.

–Si no quieres bañarte, puedo darte un masaje –le propuso ella, ladeando la cabeza.

Nicholas se estremeció, pro de placer sino de molestia. Lo que quería era que lo dejasen en paz.

–¿O prefieres otra cosa? cariño–insistió ella con voz sensual.

Nicholas se giró y vio cómo su otra invitada salía del interior del yate contoneándose.

Llevaba el pelo tipo melena suelto e iba desnuda debajo del caftán floreado casi transparente. La vio mirarlo de reojo y esbozar una sonrisa invitadora y hambrienta.

Contuvo un suspiro. Eso era lo que se merecía. Había cometido un error, a pesar que les había dejado claro que solo se trataba de divertirse, tener sexo y disfrutar del lujo, todo de manera temporal.

Nicholas no podía permitir que albergasen ninguna esperanza. Solo de pensarlo, se le ponía el vello de punta.

–Tal vez prefieras estar con las dos a la vez –le sugirió Lenis, quitándose el caftán y dejando al descubierto su elegante cuerpo antes de meterse también en la piscina–. ¿Quieres que empecemos Iris y yo y luego te nos unes?

Ambas mujeres lo miraban fijamente y Nicholas sintió el peso de su interés.

Él sonrió y se quitó las gafas de sol. Ellas esbozaron también dos sonrisas perfectas y se acercaron más la una a la otra. Lo que no sabían era que la sonrisa de él ocultaba una sensación de disgusto. Disgusto con él mismo por lo que estaba ocurriendo.

¿Cómo había pensado en divertirse con aquellas dos mujeres? La situación no le parecía para nada en divertida.

–Gracias por la invitación, señoritas –les respondió, poniéndose en pie.

Ellas recorrieron su cuerpo con la mirada, pero aquello no iba a funcionar.

–Disculpadme, pero me ha surgido un imprevisto.

Señaló hacia su despacho, del que había salido solo unos minutos antes, así que cuando les dijó que tenían que marcharse, pues el debía resolver su imprevisto no comentaran nada.

–Pasadlo bien. Yo me temo que tengo que volver a Atenas hoy mismo – les anunció–. Mi helicóptero os dejará en tierra antes de que anochezca, o más temprano, si lo preferís. Desde allí, un coche os llevará a donde queráis. Gracias por vuestra compañía, ha sido memorable.

Dicho aquello, se dio la media vuelta y atravesó la cubierta mientras las dejaba boquiabiertas dentro de la piscina.

Su eficiente asistente apareció justo cuando Nicholas llegaba al otro lado del barco. Siempre estaba allí cuando la necesitaba.

–Organízalo todo, por favor, Mery. Y cómprales un regalo a cada una.

Luego, clavó la mirada a la pequeña isla que había a un par de kilómetros de distancia, y sentía la impresión que la isla lo esperaba. Respiró hondo para ver si el aire salado aliviaba el sabor amargo de su lengua y después se lanzó al mar y empezó a nadar.

Nicholas al llegar a la isla anduvo por la arena blanca y suave de la pequeña playa por unos minutos, luego se dirigió hacia un grupo de árboles. El baño había reactivado su cuerpo y había hecho que se le ocurriese una solución para un problema de trabajo que lo había mantenido despierto la noche anterior.

Le convenía concentrarse en aquello en vez de pensar en el compromiso que tenía al frente, conocer a la hija de los Grant.

Se dejó caer en la arena, ya a la sombra, y se dijo que lo mejor era centrarse en las dificultades que habían surgido en las oficinas en Gracia. Unos minutos después, un ruido le hizo levantar la cabeza. Observó desde allí como su helicóptero despegaba del helipuerto del yate. Sus invitadas habían querido marcharse cuanto antes.

Nicholas hizo una mueca. Frunció el ceño al reconocer su falta de criterio.

¿Será posible que buscar relaciones superficiales y vacías lo estuviese convirtiendo a él también en una persona vacía y superficial?

Recordó de inmediato las palabras de la madrina de la boda

–“Las personas que buscas aventuras pasajeras, solo obtiene ser vacíos y superficiales”.

–Son palabras muy serias para que salgan de la boca de una joven como tú. –Exclamo Nicholas en ese momento. Mientras observaba como la joven lo miraba con algo de fastidio. Esto lo dejo sorprendido pues a ninguna mujer por muy joven que fuera le fastidiaba su presencia. No como aquella joven que lo observaba con tanto fastidio.

De repente un pequeño barco, avanzaba hacia la isla. Suspiró. Quería estar solo y no le apetecía encontrarse con un grupo de turistas. Pero no tardó en darse cuenta de que en el barco iba solo una persona y llevaba puesto un sombrero de paja y una camisa ancha.

La embarcación se aproximó hasta el extremo rocoso de la playa. La persona se quitó el sombrero y Nicholas se dio cuenta de que se trataba de una mujer con una melena negra y brillante que le llegaba casi hasta la cintura. Arqueó las cejas. Uno no veía melenas así todos los días.–Pensó Nicholas

–Nada mal –Comentó en alta voz Nicholas sonriendo

La mujer se quitó la camisa y Nicholas se quedó sin aliento al ver la figura de la mujer.No estaba acostumbrado a ver figuras así, al menos, en sus círculo social.

También se fijó en su flexibilidad al curvarse para colocar en el suelo algunas cosas eso siempre era importante saber, además de admirar sus espectaculares curvas.

La vio quitarse los pantalones cortos y dejar al descubierto sus caderas, quedándose solo con un traje de baño oscuro, de una sola pieza, que le sentaba como un guante.

Nicholas sonrió, de repente, ya no le parecía tan mala idea conocer, aquella mujer. Para su sorpresa pues pensó que se acostaría en la playa, noto como la mujer no se dirigió hacia la playa, sino que se puso unas gafas y un tubo para bucear y se adentró en el mar. Él la observó durante unos minutos con curiosidad. Parecía saber lo que estaba haciendo, sus largas piernas golpeaban el agua con fuerza, y la vio moverse con gracia y precisión hasta que desapareció de su vista.

Ok todo bien. Había ido allí para estar solo. Así que se estiró sobre la arena y se dio la media vuelta, apartando la mirada del mar. A los minutos se quedó dormido bajo la sombra de los árboles.

Sara sujetó su sobrero mientras avanzaba por las rocas. Al llegar a la arena, miró hacia la sombra en la que había decidido parar a comer y fue cuando noto que no estaba sola. Allí había alguien durmiendo.

Nunca iba nadie a su pequeña isla, salvo en temporada alta, cuando de vez en cuando paraba algún grupo de turistas. Se giró hacia el agua. Aparte del pequeño barco que había heredado de su abuelo, solo se veía un enorme yate a lo lejos. Frunció el ceño al fijarse en el par de huellas sobre la arena.

Se preguntó si a aquel hombre se le habría hundido su barco. Por la noche una gran tormenta azotó las costas, pero las huellas de la arena eran demasiado recientes.

Avanzó hacia él con el ceño fruncido, esperando que no estuviese malherido, pero redujo el paso al darse cuenta de que estaba desnudo.

Tenía el trasero terso y redondeado y las piernas muy largas. Sara tragó saliva al notar que, de repente, se le había secado la boca y se le había cortado la respiración.

Era un hombre grande, muy grande, con un cuerpo atlético, musculado.

Dado su trabajo, ella estaba acostumbrada a los hombres así, pero pensó que nunca había visto algo semejante.

La brisa movió su pelo oscuro, pero él no se movió. Sara se fijó que en hombro tenía una marca, pero no era una herida reciente porque no tenía sangre.

Entonces, aquella montaña de músculos y piel dorada se giró y ella retrocedió.

Efectivamente, era espectacular también de frente.

Sara tragó saliva y estudió su rostro. Tenía la frente ancha, las cejas pobladas y oscuras y unos brillantes ojos verdes. Le recordó a un Dios te la mitología, sin embargo . . .

–¡Maldición!, usted. ¿Qué hace aquí?

–¡Caramba, madrina!. ¿Que son esos modales?

A Sara se le seco la boca y comentó –Estás vivo.

–¡Claro!, cariño que esperabas un cadáver.

–Te llame varias veces y no respondiste ni te movías. –Ella, se puso tensa y retrocedió.

–No sabía qué pensar.

Sara apartó la mirada y frunció el ceño.

–No tiene toalla, ni ropa –añadió, haciendo un esfuerzo para no volver a mirar su cuerpo desnudo, sobre todo, por debajo de la cintura.

Él arqueó las cejas.

–¿Hay alguna norma que diga que haya que ir siempre vestido o tener una toalla?

–He pensado que había sufrido un accidente.

–¿Por eso se ha acercado tanto a mí? ¿Iba a hacerme el boca a boca?

–No seas, absurdo. –Bueno, si está bien, me marcho –le dijo, aunque fuese el único lugar

con sombra de la playa en esa parte y fuese la hora de comer.

–¿Cómo sabe que estoy bien? No me has examinado.

–No soy médico, aquí en la isla el pequeño hospital está al otro lado, vaya allá. Señor . . .

–Nicholas, llámame Nicholas.–Esta joven era la misma que había visto bucear.–Buceas por entretenimiento, cariño.

Ella lo miro y con seriedad respondió –No soy tu cariño. Sabes mi nombre, úsalo y soy biólogo, estudio esta zona.

El la miro con cierta ironía y sorpresa –Eres biólogo, que edad tienes, si se puede saber, cariño.

Ella trato de ocultar su disgutó, no le daría el placer, de verla disgustada, así que respondio–

–Eso no viene al caso. Vístase y márchese por donde vino.

Nicholas, la vio hacer otro amago de marcharse y le preguntó:

–¿No tendrá algo de beber? Estoy seco. –Dijo antes que la joven se fuera

Ella se quedó inmóvil.

–¿No tiene agua? ¿Cuánto tiempo lleva aquí?

Él se encogió de hombros.

–Varias horas, supongo.

–¿Supone? ¿No lo sabe? ¿No ha traído víveres?

–No, no he traído nada –admitió, dándose cuenta de que era cierto que tenía sed.

Ella volvió a fruncir el ceño y murmuró algo que Nicholas logró entender.

–¿Y qué hace aquí sin nada? ¡Qué locura!, Solo un idiota hace eso.

Él se sintió fascinado. Tenía tiempo que nadie se le oponía

–Aunque todavía no estemos en pleno verano, el calor es fuerte y tienes riesgo de quedarse deshidratado. En especial, estando solo, porque... ¿está solo?

–Sí, pero vendrán a recogerme cuando caiga el sol –le respondió Nicholas, ya que eso era lo que había acordado con su tripulación.

Ella volvió a apretar los labios con desaprobación.

–Eso es una estupidez. Podría pasarle cualquier cosa en todo ese tiempo.

«Sí, cualquier cosa», pensó él, estudiando sus deliciosos labios, su azabache melena todavía mojada y los generosos pechos.

–¿No tendrá también algo de comida? –le preguntó él–. Llevo todo el día sin ingerir alimentos.

Sara buscaba en su bolsa, pero levantó la cabeza al oírlo hablar en tono socarrón.

Lo miró, clavó la vista en su pecho y se maldijo antes de levantarla hacia el rostro.

Su gesto era indescifrable, pero Sara tenía claro que se estaba riendo de ella.

Lo más sensato habría sido marcharse. Odiaba que los hombres se burlasen de ella, no iba a tropezar dos veces con la misma piedra...

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