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Portada de la novela El Tango de la Humillación

El Tango de la Humillación

Con dieciocho años y la urgencia de costear el tratamiento de mi abuela, me convertí en el bailarín de Luciana Salazar. Entre lujos, creí vivir un romance genuino, pero la vuelta de su ex prometido, Máximo Trebor, desató mi ruina. Tras una apuesta despiadada que expuso la indiferencia de Luciana, comprendí que era un simple sustituto. Humillado y rechazado ante todos, decido cortar los lazos de esta farsa, apagar mi pasado y marcharme a París para no volver.
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Capítulo 2

Para pagar el tratamiento experimental de mi abuela, acepté el trato de Luciana Salazar.

Ella era siete años mayor que yo y necesitaba un acompañante y pareja de baile privada. Yo necesitaba el dinero.

A mis dieciocho años, me pareció un acuerdo justo.

Pronto descubrí que ella era la dueña de las famosas Bodegas Salazar, una mujer temida en el mundo de los negocios por su carácter implacable.

Pero conmigo, era diferente.

Luciana me colmaba de atenciones.

Si yo mencionaba que me gustaba el ambiente de una vieja milonga en San Telmo, al día siguiente la compraba.

La cerraba solo para que bailáramos los dos, solos.

Una noche, tuve fiebre. Ella canceló un viaje de negocios a sus viñedos en Mendoza solo para quedarse a mi lado, cambiándome los paños fríos en la frente.

En mi vigésimo cumpleaños, me llevó al desierto de Atacama, en Chile.

Bajo un cielo lleno de estrellas, me susurró al oído.

"Mi bailarín, cada año celebraremos juntos así".

Creí que era amor. Creí que había encontrado mi lugar en el mundo.

Pero mi burbuja se rompió el día que Máximo Trebor regresó de Europa.

Me citó en un café exclusivo de Recoleta. Se presentó como el ex-prometido de Luciana.

Su aire era arrogante, su sonrisa, una burla.

"Ella y yo tenemos un pasado. Vengo a recuperarla", dijo, mirándome como si yo fuera un insecto.

Luego, deslizó un cheque sobre la mesa.

"Doscientos mil dólares. Para que desaparezcas".

Lo miré fijamente.

"El pasado es pasado. Yo la amo y ella me ama a mí".

Máximo soltó una carcajada.

"¿Amor? Pobre chico. Hagamos una apuesta, entonces".

Propuso una prueba cruel.

Él le enviaría un mensaje a Luciana diciendo que su auto se había averiado en la Autopista Panamericana.

Al mismo tiempo, yo le enviaría un mensaje diciendo que había sufrido una caída grave durante un ensayo y que podría haberme lesionado la pierna.

"El primero en recibir su respuesta, gana", dijo Máximo, disfrutando de mi angustia. "Si gano yo, tomas el dinero y te vas. Si ganas tú, yo me retiro para siempre".

Mi corazón latía con fuerza. Acepté.

Enviamos los mensajes al mismo tiempo.

Los segundos se convirtieron en minutos, y los minutos en una eternidad.

Mi teléfono permanecía en silencio.

Entonces, el teléfono de Máximo sonó.

Puso el altavoz. La voz de Luciana, fría y directa, llenó el silencio.

"¿Dónde estás?".

Máximo sonrió, mirándome directamente a los ojos.

"¿No tienes nada más importante que hacer ahora mismo?".

Hubo una pausa. Corta, pero que para mí fue eterna.

"No. Dame la ubicación".

Mi mundo se desmoronó.

Máximo colgó el teléfono, su rostro era un mapa de triunfo.

Con la voz rota, apenas pude preguntar.

"¿Ella realmente me amó?".

Él se inclinó hacia adelante, su voz era un susurro cruel.

"Claro que te amó. A su manera. Me llevó a ver las estrellas en Atacama. Compró una milonga entera solo porque dije que me gustaba. Incluso adoptó un perro callejero que encontré, a pesar de que odia a los animales, y lo dejó dormir en su habitación".

Cada palabra era un golpe.

Cada gesto de amor, cada momento especial que yo atesoraba... no era para mí.

Eran ecos de su amor por él.

Yo solo había sido un sustituto. Un cuerpo joven para proyectar sus recuerdos.

Con el alma hecha pedazos, tomé el cheque.

"Desapareceré", prometí.

Salí del café. Afuera, una tormenta torrencial había estallado sobre Buenos Aires.

Máximo pasó a mi lado en su auto de lujo. Aceleró deliberadamente al pasar sobre un charco, empapándome de pies a cabeza.

Gritó por la ventanilla, su risa mezclada con el sonido de la lluvia.

"¡Disculpa! Es que un 'pibe de la calle' mojado se ve más auténtico".

Me quedé allí, temblando de frío y de dolor, mientras la lluvia lavaba mis lágrimas.

En ese momento, mi teléfono sonó. Era mi mentor de danza.

"León, ¿estás seguro de que quieres ceder tu beca para la academia en París? Es una oportunidad única".

Una nueva determinación, fría y amarga, se apoderó de mí.

"No. Ya no la cedo. Me voy".

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