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Portada de la novela El Taller Como Campo de Batalla

El Taller Como Campo de Batalla

Sofía ve cómo su legado familiar es humillado cuando Diego, su marido, entrega el taller de su abuela a un extraño en internet. Tras la traición y la desidia de su pareja, ella inicia una represalia feroz: arruina un negocio de exportación clave y reclama su dignidad ante todos. Mientras el mundo de Diego se desmorona, Sofía aniquila su valiosa colección de arte prehispánico. Entre restos de arcilla, la guerra en su matrimonio ya no tiene marcha atrás.
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Capítulo 3

Nuestro matrimonio nunca fue una historia de amor de cuento de hadas, fue una fusión, una alianza estratégica diseñada en las salas de juntas de Tequilas Rojas y Domínguez Corp. Yo era la heredera del imperio del agave de mi familia, con un nombre que abría puertas en todo Jalisco. Él era el ambicioso hijo de una familia de constructores, con una visión para expandir su negocio a nivel internacional. Juntos, éramos una fuerza formidable. La combinación de mi herencia y su empuje nos convertía en una pareja poderosa en los círculos de la élite mexicana.

Recuerdo las conversaciones iniciales, no llenas de susurros románticos, sino de proyecciones financieras y sinergias de mercado. Mi padre, un hombre práctico hasta la médula, lo expuso claramente: "Sofía, Diego es un buen hombre de negocios. Juntos, pueden construir un imperio. El amor es un lujo, el respeto y la seguridad son necesidades." Y al principio, había respeto. Un profundo respeto profesional.

En nuestros primeros años, éramos un equipo. Pasábamos las noches no en cenas a la luz de las velas, sino inclinados sobre planos y propuestas, con el olor a café recién hecho mezclándose con el de los documentos impresos. Yo le di acceso a mi red de contactos, presentándole a los viejos patriarcas del mundo del tequila que nunca le habrían concedido una reunión por su cuenta. Él, a su vez, me enseñó las complejidades de la logística internacional y los mercados de futuros. Había una emoción en ello, la emoción de construir algo grande juntos. Admiraba su tenacidad, su capacidad para ver oportunidades donde otros veían obstáculos. Él admiraba mi instinto, mi conexión innata con la tierra y la tradición que representaba mi familia.

La relación evolucionó. El respeto profesional se convirtió en un cariño genuino. Descubrí su humor seco, su lealtad a sus amigos, la forma en que sus ojos se iluminaban cuando hablaba de un proyecto que le apasionaba. Él empezó a ver más allá de la heredera Rojas y a apreciar a la mujer que amaba el olor de la arcilla húmeda y la tranquilidad de su taller. Empezamos a compartir no solo objetivos comerciales, sino también sueños personales. El matrimonio de conveniencia comenzó a sentirse como un hogar.

Y entonces llegó Leo.

El nacimiento de nuestro hijo lo cambió todo. De repente, nuestra alianza tenía un corazón que latía. Leo no era una cláusula en un contrato, era la encarnación de nuestra vida juntos. En él, nuestro imperio tenía un heredero, nuestra asociación tenía un propósito más profundo. Ver a Diego sostener a nuestro hijo, con una ternura que nunca había visto en él, me hizo creer que tal vez mi padre se había equivocado. Que tal vez podríamos tenerlo todo: el respeto, la seguridad y el amor también.

Durante años, funcionó. Criamos a nuestro hijo, construimos nuestros negocios uno al lado del otro. Yo mantenía mi independencia con mi línea de artesanías, un negocio más pequeño pero que era todo mío, un recordatorio constante de mi propia identidad fuera del nombre Rojas o Domínguez. Diego respetaba eso, o al menos, parecía hacerlo.

El primer indicio de problemas llegó de forma sutil. Fue la introducción de Mateo. Diego lo conoció en un evento de caridad, un joven de origen humilde con una historia conmovedora y una ambición que ardía en sus ojos. Diego, que siempre tuvo debilidad por las historias de superación personal porque reflejaban su propia visión de sí mismo, lo tomó bajo su ala.

"Este chico tiene hambre, Sofía," me dijo una noche. "Me recuerda a mí cuando empecé. Solo necesita una oportunidad."

Al principio, no le di importancia. Diego siempre estaba asesorando a jóvenes talentos. Pero había algo en Mateo que me inquietaba. Una adulación excesiva en su mirada cuando miraba a Diego, una forma de hablar que parecía calculada para complacer. Era demasiado pulcro, demasiado perfecto. Mis instintos, los mismos que podían detectar un agave de mala calidad a veinte pasos de distancia, me decían que algo andaba mal.

Mateo se convirtió rápidamente en la sombra de Diego. Primero fue un aprendiz en la oficina, luego su asistente personal. Empezó a acompañarlo a reuniones, a cenas de negocios, e incluso a eventos familiares. Diego estaba encantado, cegado por el reflejo de su propia juventud que creía ver en Mateo. Empezó a delegar cada vez más, no solo tareas profesionales, sino también personales. Mateo organizaba los viajes de Diego, elegía sus trajes, incluso le recordaba mi cumpleaños.

La distancia entre Diego y yo comenzó a crecer, lentamente al principio. Nuestras conversaciones nocturnas sobre negocios fueron reemplazadas por sus monólogos sobre las brillantes ideas de Mateo. El tiempo que antes pasábamos juntos ahora a menudo incluía la presencia silenciosa y observadora del aprendiz.

Me di cuenta de la verdadera fragilidad de nuestro matrimonio el día en que Mateo invadió mi taller. No fue solo un acto de arrogancia por parte de un joven ambicioso. Fue un síntoma de una enfermedad mucho más profunda. Fue la prueba de que Diego había dejado de verme como su socia, como su igual. En su mente, yo me había convertido en parte del paisaje, un activo estable y predecible, mientras que Mateo era el excitante y nuevo proyecto. Había entregado las llaves de mi santuario sin pensarlo dos veces, porque en su mundo, mi santuario ya no importaba.

La destrucción de sus esculturas no fue solo un acto de venganza. Fue una declaración. Fue mi forma de decirle: "Todavía estoy aquí. Y si no respetas lo que es mío, destruiré lo que es tuyo." Sabía, mientras veía la comprensión y el horror en su rostro esa noche, que nuestra alianza estratégica había llegado a su punto de quiebre. La base de respeto sobre la que habíamos construido todo se había derrumbado, y solo quedaba el andamiaje de un contrato, un contrato que yo estaba más que dispuesta a romper.

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