
Una esposa para mi hermano
Capítulo 3
El auto se detuvo ante unas imponentes puertas de hierro forjado en el corazón de Las Lomas de Chapultepec, un guardia armado se acercó, verificó al chofer y las puertas se abrieron lentamente, revelando una mansión que parecía sacada de una revista de arquitectura.
El jardín era una obra de arte, con fuentes de cantera y césped perfectamente recortado, el lujo era abrumador, pero el aire se sentía pesado, cargado de una tristeza fría y artificial.
Ricardo de la Vega la esperaba en la entrada, era un hombre de unos treinta y tantos años, con un traje de diseñador que no lograba ocultar la tensión en sus hombros, su rostro mostraba una pena ensayada, sus ojos, sin embargo, eran calculadores y fríos.
"Señorita Romero, gracias por venir tan rápido", dijo, su voz era un susurro conspirador.
"Usted paga por mi tiempo, señor De la Vega, no por mi paciencia", respondió Sofía, manteniendo su distancia.
La condujo a través de un vestíbulo con pisos de mármol y un candelabro de cristal que colgaba como una galaxia congelada, el silencio en la casa era total, anormal, como si hasta el sonido tuviera miedo de existir allí.
"Es mi hermano menor, Alejandro", comenzó a explicar Ricardo mientras caminaban, "tuvo un... un trágico accidente esta tarde, una caída".
La forma en que dijo "accidente" fue suficiente para que Sofía supiera que era una mentira.
"Los médicos hicieron lo que pudieron, pero... se ha ido, nuestra familia está destrozada, mi padre, Don Armando, está inconsolable, es vital para nosotros, para el legado familiar, que el alma de Alejandro encuentre la paz de inmediato, no podemos permitir que su espíritu vague, que su energía perturbe el equilibrio de esta casa".
Sofía lo escuchaba sin interrumpir, analizando cada palabra, no hablaban de dolor, hablaban de equilibrio, de legado, de perturbaciones, como si el alma de un hombre muerto fuera una mala inversión en la bolsa.
"Entiendo", dijo ella finalmente, "Mi trabajo es asegurar una transición pacífica, pero las circunstancias complicadas requieren medidas especiales".
Se detuvo en medio del pasillo, obligando a Ricardo a mirarla.
"La energía en este lugar es densa, conflictiva, el precio que le di por teléfono era por un caso estándar, esto no lo es".
Ricardo frunció el ceño, impaciente.
"¿A qué se refiere?".
"Quince millones de pesos", dijo Sofía sin pestañear, "Ese es el nuevo precio, la mitad ahora, la mitad cuando termine".
Ricardo la miró fijamente, sus ojos fríos se estrecharon, por un momento, Sofía pensó que la echaría, pero la desesperación en su rostro era más fuerte que su arrogancia.
"Está bien", siseó, "Quince millones, pero quiero resultados, quiero que esto termine esta noche".
Sacó una chequera, escribió la cifra con mano temblorosa y se la entregó.
"El dinero estará en su cuenta en una hora".
Sofía asintió, satisfecha, había ganado la negociación, pero la sensación de victoria era amarga, estaba vendiendo su don a hombres que no merecían ni paz ni consuelo.
Sacó su amuleto de debajo de la blusa, un disco de obsidiana pulida con grabados que solo ella entendía, lo sostuvo en su palma, sintiendo su leve calor, era una herramienta, un foco para su energía.
Cerró los ojos por un instante, canturreando una melodía muy baja, casi inaudible, la canción que su padre le había enseñado, una canción que hablaba con los ecos del alma.
El aire a su alrededor pareció cambiar, volverse más claro, como si su canto cortara la espesa capa de mentiras que llenaba la mansión.
Ricardo la observaba con una mezcla de escepticismo y miedo.
"¿Qué está haciendo?".
"Preparándome", respondió ella, abriendo los ojos, "Ahora, lléveme con su hermano".
La tensión aumentó mientras subían por una amplia escalera de caracol, cada paso parecía un eco en el silencio sepulcral, Ricardo la guio por un pasillo largo, flanqueado por retratos de ancestros con miradas severas, hasta una puerta de roble macizo al final.
"Está aquí", dijo Ricardo, su mano temblando ligeramente al girar el pomo.
Sofía respiró hondo, preparándose para lo que encontraría adentro, sabía que detrás de esa puerta no solo había un cuerpo, sino un nido de secretos peligrosos, y ella estaba a punto de meter la mano en él.
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