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Portada de la novela El Sueño Robado y Mi Venganza

El Sueño Robado y Mi Venganza

Después de levantar una potencia empresarial con Ricardo, mi vida colapsa cuando su madre y su ex, Valeria, me arrebatan mi legado. Sometida a la humillación, termino como asistente en mi propia firma, obligada a confeccionar el traje nupcial de quien me traicionó. Pero tras la pérdida de mi último vínculo familiar, mi abuela Elena de la Torre, una mítica magnate, surge de las sombras para ayudarme a ejecutar una venganza implacable y justa.
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Capítulo 2

El aire en el taller de "El Sueño" estaba cargado de la emoción de una boda inminente, mi boda. Durante quince años, Ricardo y yo habíamos tejido cada hilo de este imperio de la moda, partiendo de la nada hasta convertirlo en la marca más codiciada del país. Mi obra maestra, la colección nupcial que llevaría mi propio nombre en el altar, estaba casi terminada, cada vestido una promesa de nuestro futuro juntos.

Ese día, Ricardo entró en mi oficina, pero no venía solo. A su lado caminaba Valeria, su exnovia, una modelo cuya fama era tan grande como su reputación de ser despiadada. Un silencio helado cayó sobre el taller, los murmullos de mis empleados se detuvieron de golpe, pero sus miradas curiosas y compasivas se clavaban en mí.

"Sofía", dijo Ricardo, su voz extrañamente formal, evitando mi mirada.

Valeria sonrió, una sonrisa afilada y triunfante. Se acercó a mi maniquí principal, donde descansaba mi vestido de novia, una cascada de seda y encajes que representaba todos mis sueños.

"Qué bonito", dijo con un tono falsamente dulce, "pero un poco... simple, ¿no crees? Necesita algo más audaz, algo para una mujer que sabe lo que quiere".

Antes de que pudiera responder, su mano se movió con una rapidez cruel. La copa de vino tinto que sostenía se derramó sobre el corpiño de seda blanca, manchando quince años de amor y trabajo con un rojo oscuro y sangriento.

El grito ahogado que escapó de mis labios fue ignorado.

"Valeria, por favor", dijo Ricardo, aunque no había fuerza en su voz.

"Ricardo siempre me amó a mí", declaró Valeria, mirándome directamente a los ojos por primera vez, su voz resonando con una victoria cruel. "Todo esto, esta empresa, esta vida... él la construyó pensando en mí, esperando mi regreso".

Me quedé paralizada, el mundo se desmoronaba a mi alrededor. Miré a Ricardo, buscando una negación, una defensa, cualquier cosa. Pero él solo bajó la cabeza, incapaz de enfrentarme. En ese momento, la puerta se abrió de nuevo y entró su madre, una mujer que nunca había ocultado su desprecio por mis "orígenes humildes".

"Ya era hora de que pusieras las cosas en su lugar, hijo", dijo, su mirada fría barriendo la habitación y deteniéndose en mí con puro desdén. "Valeria es la mujer que te corresponde, no esta arribista".

Me despojaron de todo en cuestión de minutos. La madre de Ricardo, con el poder que le confería su apellido, me despidió de mi propia empresa. Mi colección, mi trabajo de toda una vida, fue declarada propiedad de "El Sueño" y, por lo tanto, de Valeria.

Mi humillación no terminó ahí.

"Necesitarás un trabajo, ¿verdad?", dijo Valeria con una risa burlona. "Serás mi asistente personal. Quiero que te encargues de todos los preparativos de mi boda con Ricardo. Empezando por diseñar un nuevo vestido, uno digno de mí".

Me obligaron a aceptar. Sin dinero, sin conexiones y con mi reputación a punto de ser destruida, no tenía otra opción. Me convirtieron en una sirvienta en el imperio que yo misma había construido.

En medio de la desesperación de esa primera noche, sola en el pequeño apartamento al que me habían desterrado, recordé algo. Busqué frenéticamente en mi joyero hasta que mis dedos encontraron el frío metal del "amuleto de la abuela". Era una pieza única, un broche antiguo con un diseño intrincado que mi abuela, una legendaria diseñadora de alta costura ahora retirada, me había dado. "Esto es más que una joya", me había dicho, "es el símbolo de nuestro linaje, de tu talento. Nunca olvides quién eres, Sofía".

Con el amuleto en la mano y el corazón hecho pedazos, conduje hasta el cementerio. La noche era fría y el silencio pesado. Me arrodillé ante la tumba de mi abuela, la mujer que había sido mi única familia y mi mayor inspiración.

"Abuela", susurré, las lágrimas corriendo por mis mejillas. "Ayúdame. Dame fuerza. No sé qué hacer".

Apreté el amuleto contra mi pecho, pidiendo justicia, pidiendo una señal.

Fue entonces cuando escuché una risa cruel detrás de mí.

"Pero mira qué patético", la voz de Valeria cortó la noche. Ella y la madre de Ricardo estaban paradas a pocos metros, observándome con desprecio.

"¿Rezándole a una muerta?", se burló la madre de Ricardo. "¿Crees que eso te salvará?".

Valeria se acercó, sus ojos brillando con malicia. Me arrebató el amuleto de la mano.

"Un bonito cachivache", dijo, examinándolo. "Pero inútil".

Con un gesto deliberado, lo arrojó al suelo de piedra y lo pisó con su tacón de aguja. El metal se partió con un crujido enfermizo que resonó en mi alma. Rompieron lo último que me quedaba, el último vínculo con mi legado.

Me quedé mirando los pedazos rotos, la humillación final quemándome por dentro.

Pero entonces, una voz, tranquila pero llena de una autoridad inconfundible, resonó desde las sombras del mausoleo.

"Yo no lo llamaría inútil, querida".

Valeria y la madre de Ricardo se giraron bruscamente. De la oscuridad emergió una figura elegante, vestida con una sofisticación atemporal.

Era mi abuela.

No como la recordaba, frágil y retirada en el campo, sino erguida, poderosa, con una mirada que podía congelar imperios.

"¿Abuela?", tartamudeé, incrédula.

"Fingí mi retiro para protegerte, mi niña", dijo, su voz suave pero firme, mientras caminaba hacia mí, ignorando por completo a las otras dos mujeres. "Sabía que algo así podría pasar. El mundo de la moda es un nido de víboras, y yo crié a la más talentosa de todas".

Se agachó y recogió los pedazos del amuleto. "Este amuleto no era mágico, Sofía. Era un recordatorio. Un recordatorio de que el talento y la fuerza de nuestra familia corren por tus venas".

Luego, se puso de pie y se enfrentó a Valeria y a la madre de Ricardo, cuya arrogancia se había evaporado, reemplazada por una creciente palidez de terror.

"Ustedes dos han cometido un grave error", dijo mi abuela, y su voz ya no era la de una anciana, sino la de una reina reclamando su trono. "Y ahora, van a pagar por ello".

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