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Portada de la novela El sueño del daimon

El sueño del daimon

Tras un largo cautiverio entre humanos, los hermanos daimones Yerutí y Arandú logran escapar, pero él resulta envenenado tras protegerla. Para salvar su vida, Yerutí recurre al chamán Marangatú, quien exige un pago arriesgado: recuperar las siete llaves divinas. Esta misión la obligará a enfrentar a poderosos guardianes celestiales y superar peligros constantes en una travesía épica donde la supervivencia de su hermano depende de su éxito.
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Capítulo 2

Un pequeño jabalí iba correteando entre los árboles de la Selva Guaraní, siendo perseguido por una criatura de hermosas alas bancas y cuernos rojos llamado Arandú. Pero lejos de ser una persecución de sobrevivencia, más bien parecían estar jugando a las escondidas.

Arandú estaba por alcanzar al jabalí, hasta que se tropezó con una raíz que sobresalía del suelo y se cayó. Las risas fueron reemplazadas por lágrimas, lo cual llamó la atención del animal y consiguió atraerlo hacia su perseguidor. Así, el pequeño aprovechó para lanzarse sobre él y rodearlo con un tierno abrazo.

Estuvieron así por un rato hasta que Arandú escuchó a su madre, llamándolo.

— ¡Debemos marcharnos pronto! ¡Ven, hijo!

Arandú cargó al jabalí en su hombro, extendió sus alas y voló hacia la dirección donde escuchó a su madre. La encontró encima de las ramas de un frondoso árbol junto a los demás miembros de su familia: su padre y su hermana gemela llamada Yerutí.

Tanto su papá como su mamá tenían dos vistosos cuernos rojos sobre sus cabezas que contrastaban con sus cabellos negros. Las alas de su padre eran negras mientras que, las de su madre, eran blancas. Yerutí había heredado esas alas negras y otros rasgos físicos de su padre, pero adquirió la fuerza y agilidad de su madre siendo que, a tan corta edad, era capaz de enfrentarse a bestias que le doblaran en tamaño casi sin ayuda.

— Hay que irnos de este lugar – dijo el papá a los hijos – es temporada de caza y los humanos son despiadados con los daimones salvajes como nosotros.

— ¿Por qué nos persiguen los humanos? – preguntó Arandú - ¡Si nunca les hicimos nada malo!

— Porque son unos depredadores, solo por eso – respondió Yerutí, mostrando una cara de fastidio ya que Arandú siempre preguntaba lo mismo una y otra vez – Es como preguntar el porqué los yaguaretés cazan a las tortugas. ¡Es parte de la naturaleza!

— Bueno, niños, no discutan – intervino la mamá mientras miraba por los alrededores. Podía sentir que los humanos estaban muy cerca – hagamos caso a papá y marchémonos.

Al decir esto, extendió sus alas y comenzó a dirigirse hacia el cielo. Los demás la imitaron y, pronto, estuvieron sobrevolando por la tupida Selva Guaraní.

Pero no duró por mucho tiempo ya que el jabalí, al verse demasiado lejos del suelo, comenzó a agitarse en los brazos de Arandú y, tras una pequeña sacudida, se resbaló y comenzó a caer en picada. El pequeño daimon fue directo hacia su rescate, introduciéndose de vuelta entre los árboles.

— ¡Arandú! ¡No! ¡Regresa! – gritaron ambos padres, yéndose directo hacia su hijo.

— ¡Aish! ¡Este Arandú! – murmuró Yerutí, siguiéndolos también.

El cuerpo del jabalí chocó entre las ramas de los árboles que, vanamente, intentaban amortiguar su caída. Por suerte, Arandú logró sujetarlo antes de estrellarse contra el suelo. Así, el daimon pudo asegurar un aterrizaje seguro para que ninguno resultase herido tras la caída.

Apenas tocó sus pies en el suelo, cayó sobre él una gran red que lo dejó inmovilizado. Sus padres, al ver esto, se acercaron para ayudarlo. Pero otras cuerdas aún más fuertes aparecieron y rodearon sus cuerpos.

De inmediato, surgió de entre los matorrales y troncos gruesos un grupo de humanos muy numeroso, quienes tenían las caras pintadas de diferentes colores y se encontraban armados con lanzas, flechas, puñales y garrotes.

— ¡Buena atrapada! – dijo uno de los humanos - ¡Matemos a los adultos y llevemos a la cría con el cacique Guariní!

Todos los humanos gritaron de júbilo, hasta que fueron interrumpidos por una pequeña daimon salvaje que los corneó sin piedad. Muchos comenzaron a correr, no sin antes dejarse sorprender por la fuerza de esa cría que, solita, venció a tres hombres que la triplicaban en tamaño.

— ¡No se dejen intimidar! – gritó el humano - ¡Vayamos por ella y reduzcámosla!

— ¿Y la matamos?

— ¡No! ¡Este espécimen es justo lo que busca nuestro líder!

Uno de los cuchillos fue cerca de los daimones capturados. El papá de Arandú y Yerutí aprovechó para cortar las sogas y, así, liberar a su familia.

La mamá se acercó a Arandú y le dijo:

— ¡Huye, hijo! ¡Nosotros ayudaremos a Yerutí para que te alcance luego!

— ¡No! ¡No se vayan! – suplicó Arandú, mientras soltaba a su jabalí quien, de inmediato, huyó del lugar.

— Tu jabalí se escapó. ¿No irás a buscarlo? – le preguntó el papá.

El niño desvió la mirada y los padres aprovecharon para liberar a Yerutí de los humanos. Aunque era muy fuerte, sabían que su hija no podría con humanos bien armados y organizados. De todas las especies, la humana era la más peligrosa porque, aunque no tenían garras ni fuerza extrema, eran demasiado inteligentes para alterar la naturaleza a su antojo y dominar a todas las bestias que se cruzaran por su camino.

— ¡Yerutí! ¡Busca a tu hermano y váyanse de aquí! – ordenó su padre a su hija, luego de bloquear un ataque de lanza que iba directo hacia ella.

— ¡No pienso dejarlos! – dijo Yerutí, apretando sus pequeños puños.

— ¡Obedece a tu padre! – bramó su mamá, mientras lidiaba con tres hombres que no paraban de atacarla con sus armas.

Arandú, ignorando a su jabalí, se acercó a Yerutí para apoyarla también. En cuanto a ella, aunque confiaba en la fuerza de sus padres sentía que, si los dejaba ahí, sería la última vez que los veía. Pero debía obedecerlos ya que estaban esforzándose al máximo para protegerlos.

Lamentablemente, la inteligencia humana ganó en esta batalla ya que ellos planeaban que las crías de daimones se separasen de sus progenitores. Y cuando los dos niños se dispusieron a marcharse, una gran jaula reforzada con madera, sogas y piedras cayó sobre ellos. Eso distrajo a los padres que, de inmediato, fueron a ver lo que sucedía.

Así fue como los humanos consiguieron rodearlos y reducir sus fuerzas atando sus alas con fuertes cuerdas. En instantes, los dominaron fácilmente y lograron inmovilizarlos en el suelo.

Los pequeños daimones comenzaron a gritar. El jabalí de Arandú, quien había huido, decidió regresar al escuchar el sonido de su dueño. Uno de los humanos vio al pequeño animal rasgando con sus patitas los barrotes de la jaula, por lo cual aprovechó para atravesarle el cuerpo con su lanza y matarlo al instante.

Esto impactó tanto a los niños que dejaron de gritar. Luego, miraron a sus padres, quienes les dirigieron una sonrisa a pesar de la situación en que se encontraban. Y antes de ser atravesados por las lanzas, escucharon decir a su madre:

— Nunca dejen de luchar.

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Arandú: Su nombre significa "Sabio" en guaraní

Yerutí: nombre significa "Paloma" o "tórtola" en guaraní. También es un nombre propio muy común entre las chicas de Paraguay.

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