
El Secreto del Héroe
Capítulo 3
Cuando llegué a la mansión de mi familia en Medellín, mi padre me esperaba en su despacho, su rostro serio y preocupado.
No necesité decir mucho, el anillo ausente en mi dedo y la expresión de mi cara lo decían todo.
"Lo descubriste", dijo, no era una pregunta.
Asentí, sin poder hablar, las lágrimas que había contenido finalmente empezaron a caer.
Mi padre me abrazó, su abrazo era firme y protector.
"Llora, hija, saca todo el dolor", me susurró, "y luego, levanta la cabeza, porque una Salazar nunca se deja humillar".
Cuando me calmé, le conté todo: el apartamento, Sylvia, los dos hijos, el plan para robar mi dote.
Mi padre escuchó en silencio, su mandíbula se tensaba con cada palabra que yo decía.
"Ese miserable", gruñó cuando terminé, "jugar con el honor de mi hija, de mi familia...".
Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando los jardines de nuestra casa.
"Hay algo más que debes saber, Lina", dijo después de un largo silencio, "hay otro hombre que pidió tu mano, un hombre de verdad".
Lo miré confundida.
"Máximo Castillo", continuó mi padre, "el dueño del imperio cafetero, un hombre que se hizo a sí mismo, serio, respetado, un hombre de palabra".
Recordaba vagamente a Máximo Castillo, un hombre imponente y silencioso que había visto en algunas galas de sociedad, siempre desde la distancia.
"Mostró interés en ti hace tiempo, pero tú estabas encaprichada con la imagen de héroe de Roy", explicó mi padre, "le dije que ya estabas comprometida, pero él nunca retiró oficialmente su propuesta".
Mi padre se giró para mirarme, sus ojos eran intensos.
"¿Sabes lo que me dijo? Me dijo que esperaría, que estaba convencido de que 'eventualmente verías la verdad'".
La certeza de Máximo Castillo me sorprendió, era como si él hubiera sabido desde el principio la verdadera naturaleza de Roy.
"Quiero casarme con él", dije, sin dudar.
Mi padre me miró, sorprendido por mi decisión tan rápida.
"Lina, no tienes que precipitarte, no tienes que casarte por despecho".
"No es despecho, papá", le aseguré, mi voz firme, "es pragmatismo, Roy me ofreció una mentira, Máximo Castillo me ofrece estabilidad y respeto, sé lo que elijo".
Mi padre sonrió, una sonrisa de orgullo.
"Esa es mi hija", dijo, "entonces, haré la llamada, los preparativos de la boda se adelantarán, te casarás con un hombre digno de ti".
Esa misma tarde, mi padre hizo el anuncio oficial: mi compromiso con Roy Lawrence estaba roto, y en dos semanas, me casaría con Máximo Castillo.
La noticia cayó como una bomba en la alta sociedad de Medellín.
Y no tardé en descubrir la furia de un hombre humillado.
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