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Portada de la novela El Secreto de Sofía: Venganza

El Secreto de Sofía: Venganza

Sofía planeaba anunciar su embarazo durante el festejo de su triunfo empresarial, pero la traición de su prometido, Mateo, lo cambia todo. La noticia de que su secretaria también espera un hijo suyo desata una crisis donde los padres de Sofía la fuerzan violentamente a perdonar la infamia. Tras sufrir agresiones y humillaciones, ella decide romper sus vínculos. Impulsada por el desprecio, abandona su rol de víctima para ejecutar una fría venganza contra todos.
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Capítulo 2

La música llenaba el salón de fiestas, pero para Sofía, era solo un ruido de fondo. Sostenía una copa de champán que no había tocado, su mirada fija en la entrada, esperando a Mateo. Llevaba meses planeando esta noche, el aniversario de su empresa conjunta, el momento perfecto. En su bolso, escondida en un pequeño estuche de terciopelo, reposaba la prueba de embarazo positiva. Iba a ser la sorpresa que cambiaría sus vidas para siempre, el sello de su amor.

La puerta se abrió y Sofía sonrió, pero su sonrisa se congeló en sus labios. No era Mateo. Era Daniela, su secretaria. Se veía pálida, descompuesta, y caminaba con una extraña urgencia, su mirada buscando a alguien en la multitud. Sofía sintió una punzada de extrañeza, pero la ignoró. Esta era su noche.

Entonces, vio a Mateo entrar justo detrás de Daniela. Él no la vio a ella. Sus ojos estaban clavados en su secretaria con una preocupación que heló la sangre de Sofía.

Daniela se detuvo en medio del salón, se llevó una mano a la frente y se tambaleó.

"¡Daniela!", gritó Mateo, corriendo hacia ella, ignorando a todos los socios e invitados importantes que intentaban saludarlo.

La atrapó justo cuando sus rodillas cedían. El murmullo en el salón se convirtió en un silencio expectante. Todos los ojos estaban puestos en ellos.

Sofía se quedó paralizada, su copa temblando en su mano. Vio cómo Mateo acunaba el rostro de Daniela, susurrándole algo.

"Estoy bien... solo un mareo", dijo Daniela en voz alta, lo suficientemente fuerte para que todos la oyeran. Luego, se llevó una mano al vientre de una manera protectora, casi instintiva. "Es el bebé... a veces me hace sentir así".

La palabra "bebé" resonó en el silencio como un disparo.

El mundo de Sofía se derrumbó. El ruido regresó, pero ahora eran susurros, miradas disimuladas en su dirección. La humillación era una ola caliente que le subía por el cuello. Vio la confusión en el rostro de Mateo, seguida de una rápida mirada de pánico hacia ella.

Pero no vino hacia ella. No la defendió.

En cambio, ayudó a Daniela a sentarse en una silla cercana, le consiguió un vaso de agua y se arrodilló a su lado, hablándole en voz baja. A los ojos de todos, él era el hombre preocupado y responsable. Y ella, su prometida, era la mujer engañada, la última en enterarse.

Sofía no podía respirar. Dejó la copa en la mesa más cercana con un golpe seco que nadie notó y caminó hacia la salida, con la espalda recta, sintiendo cientos de miradas sobre ella. Cada paso era una tortura. El estuche de terciopelo en su bolso se sentía como una piedra pesada, una burla cruel de sus sueños rotos.

Salió al aire frío de la noche y la realidad la golpeó con la fuerza de un puñetazo. La traición no era solo el engaño físico, era esa humillación pública, esa defensa descarada de la otra mujer.

Llegó a su casa, la casa que compartía con Mateo, y se movió como un autómata. Fue directamente al baño, sacó el estuche de terciopelo y miró la prueba de embarazo. Las dos líneas rosas que antes le habían traído una alegría inmensa, ahora eran una sentencia.

Escuchó la puerta principal abrirse de golpe.

"¡Sofía! ¡Mi amor, espera!", la voz de Mateo sonaba desesperada.

Él entró al baño y la vio de pie frente al espejo. Su rostro era una máscara de arrepentimiento.

"Sofía, por favor, déjame explicarte. No es lo que parece".

Sofía no lo miró. Sus ojos estaban fijos en su propio reflejo, en la mujer tonta que había sido.

"No es lo que parece", repitió ella, su voz desprovista de emoción. "¿Entonces qué es, Mateo? ¿Tu secretaria está embarazada de un fantasma?".

"Fue un error, Sofía, un estúpido y terrible error", dijo, acercándose. "Tomé demasiado una noche, estaba estresado... ella se aprovechó. ¡No significa nada para mí! ¡A quien amo es a ti! Solo a ti".

Sus palabras eran veneno. Cada promesa, cada "te amo", ahora sonaba hueco y falso.

"Tú y yo, nosotros vamos a casarnos. Esto solo fue un accidente. Yo me encargaré de ella, del bebé, de todo. No afectará nuestra vida. Te lo juro".

Sofía finalmente giró la cabeza y lo miró. Vio al hombre que amaba, o que creía amar, y solo sintió un asco profundo.

"¿No afectará nuestra vida?", preguntó con una calma aterradora.

"No, mi amor. Te lo prometo".

Sofía levantó la mano que sostenía la prueba de embarazo.

"Tenía una sorpresa para ti esta noche".

Mateo miró el objeto en su mano, confundido. "¿Qué es eso?".

"También estoy embarazada, Mateo".

La expresión de Mateo pasó del arrepentimiento a un shock absoluto, y luego, a una extraña y retorcida alegría.

"¿Qué? ¿De verdad? ¡Sofía, esto es... esto es increíble! ¡Es una señal! ¡Estamos destinados a estar juntos! Nos casaremos, tendremos a nuestro bebé...".

Sofía lo interrumpió.

"No".

Su negativa fue tan cortante que lo silenció.

"¿No? ¿Qué quieres decir con 'no'?".

"Quiero decir que no habrá ningún bebé. No el nuestro".

Sin una pizca de duda en su rostro, Sofía caminó hacia el inodoro, arrojó la prueba de embarazo dentro y tiró de la cadena. El sonido del agua arremolinándose fue el sonido más definitivo que jamás había escuchado.

Mateo la miró, horrorizado. "¿Qué hiciste? ¿Por qué hiciste eso?".

"Porque no quiero nada que me una a ti. No después de esto".

Luego, fue a su armario, sacó una maleta y comenzó a meter ropa sin mirarla.

Mateo la agarró por el brazo. "¡Sofía, detente! ¡Estás siendo irracional! ¡Estás embarazada! ¡No puedes tomar decisiones así!".

Sofía se zafó de su agarre con una fuerza que lo sorprendió.

"No, Mateo. Ya no estoy embarazada. Llamé a la clínica mientras venías para acá. Tengo una cita mañana por la mañana".

La cara de Mateo se descompuso. El color desapareció de su rostro, reemplazado por una ira incrédula.

"¿Qué? ¡No puedes! ¡Es nuestro hijo, Sofía! ¡No tienes derecho a hacer eso!".

"Tengo todo el derecho", dijo ella, su voz era hielo puro. "Tú perdiste cualquier derecho sobre mí y sobre mi cuerpo en el momento en que decidiste humillarme frente a todo el mundo por ella".

Cerró la maleta con un chasquido.

"Y una cosa más, Mateo".

Lo miró directamente a los ojos, sin una lágrima, sin un temblor. Solo una resolución de acero.

"Quiero el divorcio. Llama a tu abogado".

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