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Portada de la novela El secreto de la esposa abandonada

El secreto de la esposa abandonada

Florrie sufrió la indiferencia de Alexander, quien la humilló al pedirle anticonceptivos para otra mujer. Ella soportó el desprecio viéndolo solo como el reemplazo de Alec, su verdadero amor. Tras divorciarse mediante engaños, le confesó que nunca lo amó, destrozando su orgullo. Cuando el auténtico Alec regresa como un rico heredero, la frialdad inicial se transforma en un arrepentimiento desesperado, suplicando perdón entre lágrimas por todo el pasado.
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Capítulo 1

Florrie Barnes salió de la oficina con los papeles del divorcio bien agarrados en la mano, mientras una suave llovizna bañaba la ciudad.

Justo cuando iba a abrir la puerta de su auto, su celular se iluminó con el nombre de su esposo, Alexander Jenkins.

Por un breve segundo se quedó paralizada, pero luego se llevó el celular a la oreja para contestar.

Al otro lado se escuchó la fría voz de Alexander. "¿No deberías estar ya en casa?".

Algo en su forma de hablar la hizo vacilar, casi como si hubiera un atisbo de preocupación oculto en su tono.

Con la mirada baja, respondió en voz baja: "Volveré pronto, tú...".

Antes de que pudiera terminar, Alexander intervino: "Compra una pomada para la hinchazón antes de volver".

Sus palabras la hicieron fruncir el ceño, pero, a pesar de los papeles del divorcio que tenía en la mano, sintió una profunda preocupación. "¿Te lastimaste? ¿Es grave? ¿Te volvió a fallar el corazón? ¡Volveré enseguida para cuidarte!".

Pero, al instante siguiente, la voz que llegó a través del auricular le provocó un escalofrío: "Alex, todavía me duele... ¡Todo es por tu culpa!".

Era una voz melosa y coqueta que salía del auricular, rebosante de dulzura.

Era Suzanne Hewitt, el amor de la infancia de Alexander.

Entonces Alexander volvió a hablar, distante y desdeñoso: "Me dejé llevar un poco y puede que haya lastimado a Suzanne... No es algo de lo que tú puedas ocuparte... Solo compra la pomada. Y ya que estás en eso, compra también la píldora del día después".

La línea se cortó antes de que Florrie pudiera decir una palabra.

El viento frío barría la noche y, mientras el tono de marcación seguía sonando, el entumecimiento se extendió hasta las yemas de sus dedos.

¿De verdad esperaba que su esposa comprara la píldora del día después para la amante con la que se acostaba?

En tres años de matrimonio, él nunca la había tocado. Para ese hombre, ella no era más que una sombra lamentable, aferrada a él con ciega devoción, despojada de su dignidad, con su amor reducido a algo sin valor.

Sin embargo, nada de eso importaba siempre y cuando su felicidad permaneciera intacta y el corazón de Alexis Wallace, que latía dentro de su pecho, estuviera a salvo.

Sin decir nada, compró tanto la pomada como la píldora antes de regresar a casa. Cuando la puerta se abrió, lo que vio fue a Suzanne acurrucada en los brazos de Alexander, con un delgado camisón deslizándose por sus hombros y la piel de su cuello y pecho marcada con chupetones de color rojo intenso.

Al otro lado de la habitación, él estaba sentado pelando uvas para ella, que le deslizaba entre los labios con aire juguetón. "¿Sigues enojada conmigo, cariño?", preguntó, "Me portaré bien la próxima vez, lo prometo. Mañana saldremos los dos solos todo el día, ¿qué te parece?".

Suzanne se acurrucó contra él con un puchero y dijo, con voz dulce y juvenil: "Más te vale no volver a lastimarme así".

Aunque Alexander era su esposo, Florrie sabía dónde residía su verdadero afecto. Entre ellos dos había intimidad, mientras que ella, su esposa, era una intrusa.

En silencio, Florrie apretó con más fuerza la bolsa que llevaba. Cuando Suzanne finalmente se fijó en ella, una sombra pasó por su mirada;

pero fue reemplazada al instante por una expresión de falsa inocencia, y dijo con voz frágil: "Oh... Florrie, ya llegaste".

Fingiendo pánico, se movió como para levantarse del regazo de Alexander. "Lo siento, no quería...".

Pero él la abrazó con más fuerza por la cintura, atrayéndola hacia sí con firmeza. "No malgastes tu aliento con ella. Tu lugar es aquí, a mi lado".

Ni una sola vez se dirigió directamente a su esposa, y sus palabras eran cortantes como el hielo. "Deja la bolsa sobre la mesa y sube. No nos molestes más a Suzanne y a mí".

Así que ese era su lugar: la esposa no deseada, tratada como una molestia incluso en su propia casa.

Por el rabillo del ojo, Florrie vio los labios de Suzanne esbozando una mueca burlona que intentaba ocultar, y ella misma esbozó una leve sonrisa. "Ten cuidado, Alexander. Un corazón que ha soportado una cirugía no está hecho para ejercicios extenuantes".

La mirada de él se volvió aguda por la irritación, y espetó con voz seca: "Eso no es asunto tuyo".

Nada de lo que él dijera podía herirla ya.

Su devoción nunca fue por Alexander en sí, sino por el corazón que él llevaba dentro de su pecho.

Durante tres años, todos sus esfuerzos se centraron solo en proteger ese corazón de cualquier daño.

Alexander siempre asumió que ella se había casado con él por su riqueza y su estatus, por lo que aceptaba sus cuidados como si los mereciera.

Ese frágil acuerdo se mantuvo hasta el repentino regreso de Suzanne del extranjero. Con su vuelta, todo se derrumbó en un instante, porque él corrió hacia ella sin dudarlo.

Por eso, Florrie decidió que lo mejor era apartarse y concederle la libertad que tanto anhelaba.

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