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Portada de la novela El Sabor de los secretos

El Sabor de los secretos

Valeria Cruz enfrenta la posible pérdida de su restaurante, El Crisol, debido a una deuda de 50.000 dólares. Para salvar su negocio, decide alquilar una habitación a Ricardo, un heredero que huye de una boda impuesta y oculta su identidad bajo la fachada de un contador común. Entre los muros del local y un reloj de lujo que delata su origen, nace un romance intenso. Ambos deberán lidiar con sus pasados y las mentiras mientras el destino une sus vidas.
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Capítulo 3

POV: Ricardo Márquez

El despertar no llegó con el suave zumbido de la climatización central ni con el aroma a café recién molido que mi asistente solía dejar en la bandeja de plata. Llegó con el estruendo metálico de un camión de basura dando marcha atrás en el callejón y el grito de un conductor impaciente.

Abrí los ojos, desorientado por una fracción de segundo. El techo tenía una mancha de humedad en forma de mapa antiguo justo encima de mi cabeza. El colchón se hundía en el centro, obligando a mi cuerpo a adoptar una postura fetal involuntaria.

No estaba en la mansión. No estaba en mi suite del hotel en Mónaco. Estaba en la calle Avellanos, número 42.

Me senté en la cama y una sonrisa estúpida, casi infantil, se dibujó en mi rostro. Era libre. Mi espalda me dolía y tenía frío, pero era libre.

Me levanté y caminé descalzo sobre el suelo de madera fría. Mi primer instinto fue buscar mi reloj en la mesita de noche, pero mi mano se detuvo en el aire. El Patek Philippe estaba envuelto en un calcetín sucio al fondo de mi bolsa de deporte, junto con mi identidad.

Miré hacia el armario. Allí, empujados contra la pared del fondo como un secreto vergonzoso, estaban los zapatos italianos que casi me delatan anoche. Los miré con desdén. Eran hermosos, sí, pero en este mundo eran tan prácticos como un ancla de oro en un bote salvavidas.

-Primera misión: camuflaje -murmuré.

Me vestí con lo más básico que tenía: unos vaqueros desgastados y una camiseta gris. Salí de la habitación con sigilo, escuchando los sonidos del apartamento. Había silencio en el pasillo, pero un leve tintineo de ollas subía desde el piso de abajo, donde estaba el restaurante. Valeria ya estaba trabajando. Eran las seis y media de la mañana.

Salí a la calle. El aire matutino de la ciudad olía a gasolina, pan caliente y alcantarilla. Caminé tres manzanas hasta encontrar una tienda de ropa barata que acababa de abrir sus persianas.

Compré unas zapatillas de lona genéricas, dos camisas de franela y una chaqueta impermeable que crujía demasiado al moverse. Pagué con un billete de veinte dólares y me quedé mirando el cambio en monedas en mi palma. En mi vida anterior, jamás tocaba las monedas. Eran irrelevantes. Ahora, sentía que cada centavo tenía un peso específico, una realidad tangible.

De regreso al apartamento, decidí bajar al restaurante. Necesitaba café, y la curiosidad por ver el reino de mi casera era más fuerte que la prudencia.

La puerta trasera del local estaba abierta. Entré a una cocina que era un caos organizado de vapor y acero inoxidable. Era mucho más pequeña que las cocinas industriales de los hoteles de mi familia, pero tenía un alma que aquellas no poseían. Había manojos de hierbas secándose colgados del techo y frascos de especias etiquetados a mano con una caligrafía elegante y nerviosa.

Valeria estaba de espaldas, cortando verduras a una velocidad que me pareció peligrosa. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta que oscilaba con cada movimiento de su cuchillo.

-La puerta de servicio es solo para proveedores -dijo sin girarse, su voz tensa.

-Soy el inquilino -respondí desde el umbral-. Buscaba café y tal vez... no perderme.

Valeria se giró. Tenía ojeras marcadas bajo los ojos y una mancha de harina en la mejilla izquierda. Parecía no haber dormido más de tres horas. Al verme, bajó el cuchillo y soltó un suspiro, relajando los hombros.

-Ricardo. Lo siento. Pensé que eras el repartidor del pan, que llega tarde. Otra vez.

-No hay problema. -Me acerqué un poco, sintiéndome un intruso en su santuario-. ¿Mal día?

-Mala vida -corrigió ella, aunque esbozó una sonrisa cansada-. La cafetera está allí. Es café de grano, fuerte. Si quieres azúcar, está en el bote de cerámica. Si quieres leche, lo siento, se acabó y el proveedor no viene hasta el martes.

Me serví una taza. El café era negro como el petróleo y olía a gloria. Le di un sorbo y dejé que el calor me quemara la garganta.

-Está perfecto así.

Me apoyé en una mesa auxiliar, observándola trabajar. Había una eficiencia brutal en sus movimientos. No desperdiciaba energía. Cada corte, cada giro, tenía un propósito. Me recordaba a mi padre revisando contratos, esa misma concentración absoluta, pero sin la malicia. Aquí había pasión.

-¿Siempre es así de intenso? -pregunté.

-Solo cuando estás al borde del abismo -murmuró ella, echando las verduras en una sartén gigante-. Tengo inspección de sanidad la próxima semana, el menú de otoño no está listo y... bueno, cosas de administración.

La vi mirar de reojo hacia una pequeña mesa en la esquina de la cocina, donde un ordenador portátil antiguo estaba abierto junto a una montaña de papeles arrugados. La pantalla mostraba una hoja de cálculo llena de celdas rojas.

El instinto se apoderó de mí. Llevaba toda mi vida adulta leyendo balances. Los números eran un idioma que hablaba mejor que el español. Podía ver el pánico en esa hoja de cálculo desde tres metros de distancia.

-Dijiste que eras contador -dijo Valeria de repente, deteniendo su actividad. Me miró con una mezcla de duda y esperanza-. ¿Eres bueno?

-Me defiendo -mentí con modestia. En realidad, había reestructurado la deuda soberana de un país pequeño el año pasado-. ¿Por qué?

Valeria se limpió las manos en el delantal y caminó hacia el ordenador.

-Porque mis números no cuadran. No importa cómo los mueva, siempre termino en negativo. Y tengo una oferta de compra del edificio que... necesito saber si tengo alguna opción real de pelear o si debería simplemente rendirme.

La palabra "rendirse" sonó extraña en su boca, como si fuera un idioma extranjero que le costaba pronunciar.

Me acerqué a la mesa. El olor a cebolla y ajo se mezclaba con el olor a papel viejo.

-Déjame ver.

Me senté frente al ordenador. Valeria se quedó de pie a mi lado, cruzada de brazos, mordiéndose el labio inferior.

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