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Portada de la novela El Sabor de los secretos

El Sabor de los secretos

Valeria Cruz enfrenta la posible pérdida de su restaurante, El Crisol, debido a una deuda de 50.000 dólares. Para salvar su negocio, decide alquilar una habitación a Ricardo, un heredero que huye de una boda impuesta y oculta su identidad bajo la fachada de un contador común. Entre los muros del local y un reloj de lujo que delata su origen, nace un romance intenso. Ambos deberán lidiar con sus pasados y las mentiras mientras el destino une sus vidas.
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Capítulo 1

POV: Ricardo Márquez

El silencio en el despacho de mi padre siempre ha tenido un peso físico, una gravedad específica capaz de aplastar pulmones y doblar voluntades. Era un silencio de caoba antigua, de alfombras persas que absorbían el sonido de los pasos y de ventanas de cristal blindado que mantenían al mundo real -el mundo sucio, ruidoso y vivo- herméticamente alejado de nosotros.

Yo estaba de pie junto a la ventana, observando los jardines inmaculados de la mansión. A lo lejos, las luces de la ciudad parpadeaban como brasas moribundas bajo la neblina nocturna. Llevaba diez minutos esperando. Él siempre hacía eso: citarme a una hora exacta y hacerme esperar. No era desorganización; era una táctica de negociación. Era su manera de recordarme, antes de que dijera una sola palabra, quién poseía el tiempo y quién simplemente lo gastaba.

Miré mi reflejo en el cristal oscuro. El traje italiano hecho a medida, el nudo de la corbata impecable, el cabello peinado con precisión milimétrica. Ricardo Márquez de la Fuente. El heredero. El prodigio financiero. El títere. A mis treinta años, había cerrado tratos que harían temblar a gobiernos pequeños, pero en esa habitación, volvía a tener doce años, esperando el veredicto por alguna travesura infantil.

La puerta de roble macizo se abrió a mis espaldas. No me giré de inmediato. Escuché el sonido característico de su bastón golpeando el suelo de parqué, seguido del paso arrastrado pero firme de su pierna derecha.

-Siéntate, Ricardo -dijo. Su voz era como lija sobre piedra: áspera, seca y absoluta.

Me giré y ocupé la silla de cuero frente a su escritorio. Él no se sentó. Se dirigió al pequeño mueble bar en la esquina y se sirvió un vaso de whisky de malta. No me ofreció uno.

-La fusión con el Grupo Almería se cerró esta mañana -comencé, asumiendo que ese era el motivo de la reunión nocturna-. Las acciones han subido un cuatro por ciento en las últimas dos horas. Los accionistas están...

-No te he llamado para hablar de dinero -me cortó. Se giró lentamente, sosteniendo el vaso con una mano que, a pesar de la edad, no temblaba. Sus ojos, de un gris acero idéntico a los míos, me escrutaron con una frialdad que helaba la sangre-. El dinero es fácil, Ricardo. Tú lo haces fácil. Es lo único para lo que sirves sin que tenga que empujarte.

Apreté la mandíbula, pero mantuve la expresión neutra. La "máscara de mármol", como la llamaba mi madre antes de irse.

-Entonces, ¿de qué se trata? -pregunté, controlando mi tono.

Don Gustavo Márquez caminó hasta su imponente escritorio y dejó caer una carpeta de cuero negro sobre la superficie pulida. El sonido resonó como un disparo en la quietud de la biblioteca.

-Se trata de lealtad. Se trata de deudas. Y se trata de tu futuro.

-Mi futuro ya está planificado en tu agenda hasta el año 2035, padre. ¿Qué más has decidido? ¿A qué consejo de administración debo unirme ahora?

Él negó con la cabeza, una sonrisa carente de humor curvó sus labios finos.

-No es un consejo. Es un matrimonio.

El aire pareció salir de la habitación. Parpadeé, seguro de haber escuchado mal. En nuestro círculo, los matrimonios por conveniencia eran un cliché del pasado, o al menos, se disfrazaban de romances casuales entre familias poderosas. Pero la palabra "matrimonio" lanzada así, como una sentencia judicial, era algo nuevo.

-Perdón -solté una risa nerviosa-. Creo que no te he entendido.

-Me has entendido perfectamente. Tienes treinta años. Es hora de que sientes cabeza y asegures el linaje, pero más importante aún, es hora de que pagues una deuda que esta familia tiene pendiente desde hace una década.

-¿Una deuda? -Me levanté, incapaz de quedarme sentado ante lo absurdo de la situación-. ¿De qué deuda hablas? Somos dueños de la mitad de la infraestructura del país. No le debemos nada a nadie.

-No hablo de dinero, insensato -golpeó el escritorio con la mano abierta, y por primera vez, vi una grieta en su armadura. Había ira allí, pero también algo más oscuro. Culpa, quizás-. Hablo de honor. Hablo de sangre.

Se dejó caer en su silla, pareciendo de repente diez años más viejo.

-Hace diez años, cuando la crisis del acero casi nos hunde, hubo un hombre que me salvó. No con préstamos bancarios, sino con su propia reputación. Avaló mis movimientos cuando nadie más confiaba en mí. Era mi mejor amigo. Mi hermano en todo menos en sangre.

Sabía vagamente a quién se refería. Un nombre que flotaba en los recuerdos de mi adolescencia. Un hombre que solía venir a las cenas de Navidad y reía fuerte, un contraste viviente con la seriedad sepulcral de mi padre.

-Murió hace diez años -dijo mi padre, su voz bajando un tono-. Un accidente. Y en su lecho de muerte, le hice una promesa. Le juré que cuidaría de lo único que le importaba en este mundo. Su hija. Le prometí que nunca le faltaría nada, que estaría protegida y segura.

-Entonces envíale un cheque -repliqué con frialdad-. Créale un fideicomiso. Cómprale una casa. No me uses a mí como moneda de pago.

-¡El dinero se acaba! -bramó, poniéndose de pie de nuevo-. El dinero no protege de la soledad, ni de los buitres que rodean a una mujer joven e ingenua. Ella ha estado... -hizo una pausa, buscando la palabra, como si le doliera-... dando tumbos. Intentando construir algo por sí misma, fracasando, luchando. No voy a permitir que la hija de mi mejor amigo termine en la ruina. Necesita estabilidad. Necesita una alianza fuerte. Te necesita a ti.

-No. -La palabra salió de mi boca antes de que pudiera procesarla.

-¿Cómo dices?

-He dicho que no. He dirigido tus empresas, he despedido a gente buena porque los números no cuadraban, he vivido en esta casa fría siguiendo tus reglas absurdas. Pero no voy a casarme con una desconocida para aliviar tu conciencia culpable. No soy un activo que puedas transferir para saldar una deuda moral.

Mi padre me miró con una calma aterradora. Caminó lentamente hasta la ventana, dándome la espalda.

-No te estoy preguntando, Ricardo. La boda se anunciará en dos meses, durante la gala de la fundación. Tienes ese tiempo para hacerte a la idea y terminar cualquier... asunto irrelevante que tengas por ahí.

-¿Y si me niego?

Se giró. Sus ojos eran dos pozos vacíos.

-Entonces dejarás de ser mi hijo. No hablo solo de la herencia, que sé que te importa menos de lo que debería. Hablo de todo. Te cerraré todas las puertas. Me aseguraré de que ningún banco te abra una cuenta, de que ninguna empresa te contrate ni para servir café. Te borraré, Ricardo.

La amenaza flotó en el aire, densa y tóxica. Lo peor era que sabía que no mentía. Él no hacía amenazas vacías. Era capaz de destruir su propia creación con tal de mantener el control.

Sentí una presión en el pecho, una mezcla de pánico y una furia volcánica que había estado conteniendo durante años. Miré a ese hombre, rodeado de su imperio, y me di cuenta de que, a pesar de todo su poder, era un esclavo de sus propios fantasmas. Y quería encadenarme a mí junto a él.

No dije nada más. No había nada que decir. Giré sobre mis talones y caminé hacia la puerta.

-¡Ricardo! -su voz resonó a mis espaldas, imperativa-. Si cruzas esa puerta sin mi permiso...

Cerré la puerta tras de mí, cortando su voz.

Mis pasos resonaron en el pasillo vacío. Caminé más rápido, luego casi corrí. Subí las escaleras de mármol de dos en dos hasta llegar a mi habitación. Era una suite que costaba más que la mayoría de las casas de la ciudad, pero en ese momento se sentía como una celda de alta seguridad.

Entré al vestidor. Ignoré las maletas de cuero de diseñador. Busqué al fondo, en un estante alto, una vieja bolsa de deporte que usaba cuando iba al gimnasio de incógnito, lejos de los clubes exclusivos de mi padre.

Empecé a meter ropa. No los trajes. No las camisas de seda. Busqué vaqueros, camisetas básicas, un par de jerséis de cachemira que parecían simples pero abrigaban bien. Mis manos temblaban, no de miedo, sino de adrenalina. Era una sensación eléctrica, una droga que nunca había probado en las salas de juntas.

Me detuve frente al espejo del vestidor. Me quité la corbata y la tiré al suelo. Me desabroché los dos primeros botones de la camisa. Mi mirada cayó sobre mi muñeca izquierda. El Patek Philippe Nautilus brillaba bajo la luz halógena. Era un regalo de mi padre por mi graduación. Valía una fortuna. Dudé un segundo, mis dedos rozaron el cierre para quitármelo, para dejarlo allí como símbolo de mi renuncia.

Pero me detuve. No. Si iba a salir al mundo real, necesitaba un seguro de vida. Algo pequeño, transportable y extremadamente valioso por si las cosas salían mal. Me bajé la manga de la camisa para cubrirlo por completo. Ese sería mi único vínculo con esta vida, un secreto metálico pegado a mi pulso.

Tomé la bolsa, agarré mi billetera y un teléfono prepago que usaba para transacciones discretas. Dejé mi smartphone oficial, con su GPS y sus correos corporativos constantes, sobre la cama.

Salí de la mansión por la puerta de servicio, evitando a las cámaras de seguridad con la destreza de quien ha estudiado su propia prisión durante años. El aire de la noche me golpeó la cara, húmedo y fresco. Olía a lluvia inminente y a libertad.

Caminé varias calles hasta llegar a una avenida principal donde pude detener un taxi cualquiera.

-¿A dónde, jefe? -preguntó el conductor, un hombre mayor con ojos cansados.

-Lejos -dije, y luego me corregí-. Al centro. Déjeme cerca de la zona de los distritos antiguos.

Me recosté en el asiento desgastado, el olor a tabaco rancio del taxi me pareció el perfume más dulce del mundo. Saqué el teléfono prepago. Necesitaba un lugar donde dormir. Un lugar donde nadie buscara a Ricardo Márquez de la Fuente. Un lugar donde el apellido no significara nada.

Abrí una aplicación de clasificados. Mis dedos se deslizaron por la pantalla, descartando áticos y lofts de lujo. Buscaba lo opuesto. Buscaba anonimato.

Mis ojos se detuvieron en un anuncio reciente, publicado hacía apenas unas horas. No tenía fotos profesionales, solo una imagen un poco borrosa de una habitación iluminada por el sol de la mañana.

Alquilo habitación en departamento céntrico.

Ambiente tranquilo. Ideal para estudiantes o profesionales serios. Se busca persona responsable y ordenada para compartir gastos. Disponible de inmediato.

Había algo en la sencillez del texto, en la falta de pretensiones. No prometía lujos, ni vistas exclusivas. Prometía tranquilidad. Y "compartir gastos". La idea me pareció fascinante, casi exótica.

-Cambio de destino -le dije al taxista, leyendo la dirección en el anuncio-. Vamos a la calle Avellanos, número 42.

Mientras el taxi giraba bruscamente y se adentraba en el tráfico de la ciudad, miré por la ventana. Las luces de los rascacielos financieros quedaban atrás, empequeñeciéndose en el espejo retrovisor. Por primera vez en mi vida, no tenía un plan a cinco años. No sabía qué haría mañana.

Y eso era absolutamente aterrador. Y absolutamente maravilloso.

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