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Portada de la novela El Sabor Amargo de la Victoria

El Sabor Amargo de la Victoria

El triunfo académico de Camila desencadena un brote de locura en su madre, Sofía. Bajo una retorcida sed de venganza por su otra hija, Isabella, la mujer encierra a Camila en un congelador y a su esposo, Ricardo, en un sauna, simulando un accidente fatal. Ricardo descubre entonces la crueldad absoluta: su hija tiene agujas en la boca. Enclaustrados y sin posibilidad de auxilio, la familia enfrenta una agonía desesperada mientras el tiempo se agota.
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Capítulo 3

La noticia en la televisión fue la chispa que incendió la pólvora de mi desesperación.

Muertos. Ella nos quería muertos.

Un rugido animal brotó de mi garganta. Ya no había súplicas. Ya no había razón. Solo la imagen de mi hija, inmóvil en ese infierno de hielo.

Me lancé contra el cristal.

Una, dos, tres veces. Mi hombro gritó de dolor, pero el grueso panel apenas vibró. El calor me estaba debilitando, robándome las fuerzas.

Miré a mi alrededor, desesperado. No había nada. Solo las paredes de cedro y el banco de madera.

Entonces lo vi. El calefactor del sauna. Una caja metálica con piedras volcánicas al rojo vivo.

Sin pensarlo, me arranqué la camisa, la envolví torpemente alrededor de mis manos y agarré una de esas piedras ardientes.

El dolor fue instantáneo y cegador. Un grito desgarrador escapó de mis labios mientras la carne de mis palmas se achicharraba. Pero no la solté.

Me giré, y con toda la fuerza que me quedaba, estrellé la piedra contra el cristal.

El panel resistió.

Otra vez.

¡CRACK!

Una grieta en forma de telaraña apareció en el centro del cristal. El sonido fue como un disparo en el silencio sofocante.

Una vez más.

El cristal estalló hacia afuera en una lluvia de fragmentos gruesos y pesados. El aire helado de la cámara de Camila se mezcló con el vapor infernal del sauna. Caí de rodillas, respirando con dificultad, con las manos destrozadas.

Me arrastré a través del hueco, sintiendo los bordes afilados cortar mi piel.

"Camila... mi amor... ya voy", jadeé.

Llegué a su lado. Estaba inconsciente, con la piel de un pálido azulado y los labios morados. Estaba rígida al tacto.

"No, no, no...", gemí, acunando su frágil cuerpo.

Traté de recordar las clases de primeros auxilios. Respiración de boca a boca. Abrí suavemente sus labios para despejar las vías respiratorias.

Y entonces lo vi.

Sentí algo extraño en su boca. No era normal.

Con los dedos temblorosos y ensangrentados, metí la mano. Saqué un fajo de papel húmedo y arrugado. Lo desdoblé. Eran las hojas de un examen de práctica, las que usaba para estudiar.

Pero eso no fue lo que me horrorizó.

Escondidas entre los pliegues del papel, había agujas.

Decenas de agujas de coser, finas y afiladas, metidas cruelmente en su boca.

Un grito de pura rabia y dolor se me escapó. Esto no era un castigo. Esto era tortura. Una maldad calculada y oculta.

Dejé a Camila con cuidado y me precipité hacia la puerta del sótano. Estaba cerrada con llave. Golpeé con mis manos ensangrentadas, grité hasta quedarme ronco.

Nada.

Busqué mi teléfono en los bolsillos de mi pantalón. No estaba. Sofía me lo había quitado.

Vi un teléfono de pared, un viejo intercomunicador que conectaba con el resto de la casa. Lo arranqué del soporte y pulsé el botón de la cocina.

La voz de la asistente de Sofía, una mujer llamada Laura que siempre la seguía como una sombra, respondió.

"¿Qué pasa? La señora dijo que no la molestaran".

"¡Laura, por el amor de Dios, llama a una ambulancia! ¡Camila no respira! ¡Sofía nos encerró!", grité, con la voz rota.

Hubo una pausa. Luego, una risa fría.

"Señor Mendoza, deje de hacer tanto drama. La señora solo le está dando una lección a usted y a la niña por ser tan desconsiderados. Ahora, si me disculpa, estoy ocupada".

Y colgó.

La impotencia era un veneno que me recorría las venas. Estaba solo. Completamente solo con mi hija moribunda.

Volví a pulsar el intercomunicador, esta vez al despacho de Sofía.

"¿QUÉ QUIERES, RICARDO?", su voz sonó, irritada.

"¡Tenía agujas en la boca, Sofía! ¡Agujas! ¡Tú se las pusiste!", aullé, fuera de mí.

"¿Agujas? No digas estupideces. Seguramente se las puso ella para hacerse la víctima. Es igual de manipuladora que tú", respondió, con un desprecio absoluto.

"¡Está muriendo! ¡Te lo juro, está muriendo! ¡Abre la puerta!", supliqué, mi ira reemplazada de nuevo por una desesperación abyecta.

"Deja de exagerar. Un poco de frío no le hará daño. Cuando decida disculparse con Isabella, la sacaré. Y tú también deberías pensar en una buena disculpa para Carlos".

Y la línea se cortó de nuevo.

Me desplomé en el suelo. El esfuerzo, el calor, el shock y el dolor de mis manos me estaban pasando factura. Mi visión se volvía borrosa.

Me arrastré de vuelta hacia Camila. Su pecho ya no subía ni bajaba. Su rostro, antes tan lleno de vida, estaba sereno, terriblemente sereno.

La abracé, pegando mi mejilla a la suya, sintiendo el frío de la muerte filtrándose en mi propia piel.

El calor del sauna y el frío del congelador se arremolinaban a mi alrededor, pero yo ya no sentía nada.

Solo un vacío inmenso.

Y la oscuridad que se cernía sobre mí.

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