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Portada de la novela El Rival Me Salvó

El Rival Me Salvó

Lo que debía ser el éxito de Sofía Romero se transforma en pesadilla durante su compromiso. Descubre que su padre y Ricardo, su prometido, se unieron para arrebatarle su herencia y su don en la cocina. Destrozada por la traición, su camino se cruza con el de Alejandro del Valle. Este influyente rival de su familia le propone un pacto sorprendente. Bajo la promesa de un amuleto de chile habanero, Sofía decide transformar su sufrimiento en una fría venganza.
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Capítulo 2

El recuerdo de la traición de mi padre era una sombra que me perseguía, incluso en mis momentos más felices. Años atrás, cuando apenas empezaba a soñar con mi propio restaurante, él vendió mis recetas, mis ideas, a un competidor para salvar uno de sus negocios fallidos. Lo descubrí por accidente, y su única excusa fue que era por "el bien de la familia" . Lo perdoné, porque era mi padre y porque creí en su arrepentimiento. Fui una tonta. Esa herida nunca cerró del todo, solo aprendí a vivir con ella, una pequeña cicatriz en el corazón que me recordaba ser cautelosa.

Pero esta noche, todo parecía perfecto, casi irreal.

El restaurante de mi familia, "El Corazón de México" , brillaba con luces cálidas y el aire olía a mole poblano y a flores frescas. Era mi fiesta de compromiso. Mi prometido, Ricardo Vargas, me sostenía la mano, su sonrisa era tan encantadora como siempre, sus ojos fijos en mí como si yo fuera el centro de su universo.

"¿Feliz, mi amor?"

Su voz era un susurro suave en mi oído.

Asentí, apoyando mi cabeza en su hombro.

"Muy feliz."

Mi padre, el gran chef Don Emilio Romero, se acercó a nosotros con dos copas de champaña. Su rostro, usualmente severo y concentrado en la cocina, hoy estaba radiante de orgullo.

"Por mi hija, Sofía, y por mi futuro yerno, Ricardo. Que esta unión traiga prosperidad y felicidad a ambas familias."

Todos aplaudieron. Yo sonreí, sintiendo el calor del momento, tratando de ignorar esa pequeña voz en mi interior que me decía que todo esto era demasiado bueno para ser verdad. Ricardo me besó suavemente en los labios. Se sentía como un sueño. Un sueño del que estaba a punto de despertar de la forma más brutal.

Mientras Ricardo y mi padre atendían a los invitados, yo busqué un momento de paz en el balcón. La noche en la Ciudad de México era vibrante. Saqué mi celular para tomar una foto, pero una notificación anónima apareció en la pantalla.

No tenía asunto, solo un archivo adjunto.

Con una extraña sensación de pánico, lo abrí.

Era una foto. Ricardo, mi Ricardo, besaba a otra mujer. No era un beso amistoso. Era un beso apasionado, posesivo. La mujer, a quien reconocí vagamente como Rebeca, la hija de un socio de mi padre, llevaba un vestido blanco, un vestido de novia. En su mano, y en la de Ricardo, brillaban anillos de oro. La foto estaba fechada: la semana pasada.

Mi celular se resbaló de mis manos y cayó al suelo con un ruido sordo. Mi respiración se cortó. No podía ser. Era una broma, un montaje de mal gusto. Recogí el teléfono con manos temblorosas. Debajo de la foto, había un mensaje de audio. Dudé un segundo, con el corazón martillándome en el pecho. Le di a reproducir.

La voz de Rebeca, melosa y triunfante, llenó el silencio de la noche.

"¿Te gustó mi regalo de compromiso, Sofía? Espero que no te importe que Ricardo y yo nos adelantáramos un poco. Llevamos cinco años juntos, ¿sabes? Él nunca te ha amado. Solo eres la tonta chef que le servía para la alianza con tu papi. Ah, y por cierto, dile a tu padre que el trato sigue en pie, solo que ahora la socia principal soy yo. Disfruta tu fiesta, perdedora."

El mundo se detuvo. Cada palabra era un golpe directo a mi estómago. Cinco años. Una alianza. Humillación. Las piezas del rompecabezas encajaron de la forma más dolorosa posible. La ambición de mi padre, la sonrisa calculada de Ricardo, la extraña hostilidad que siempre sentí de parte de Rebeca. Todo era una farsa. Yo era el peón en su juego.

Regresé al salón, sintiéndome como un fantasma. Vi a mi padre riendo con el padre de Rebeca. Vi a Ricardo guiñándome un ojo desde el otro lado de la sala. La náusea subió por mi garganta. Necesitaba confirmar, necesitaba escuchar la verdad de sus labios, aunque me destrozara. Fui al despacho de mi padre, buscando sus llaves del coche para escapar, pero me detuve en la puerta. Escuché su voz, baja y conspiradora.

"Tranquilo, todo está bajo control. Sofía no sospecha nada. Firmará lo que sea necesario antes de la boda pública. Una vez que tengamos su herencia, la dejaremos de lado. Ricardo se encargará de ella."

La voz fría de Ricardo respondió a través del altavoz del teléfono de mi padre.

"Rebeca está impaciente, pero le he dicho que espere. Primero el dinero de la ingenua, luego nuestra vida juntos. Tú tendrás tu expansión, y yo tendré el control total. Un trato perfecto."

Mi corazón se hizo añicos. No había duda. No había error. Era una conspiración, y yo era la víctima sacrificial. Mi propio padre. El hombre que debía protegerme me estaba vendiendo al mejor postor.

Salí de allí sin hacer ruido, ciega por las lágrimas. Caminé sin rumbo por los pasillos de servicio hasta la salida trasera, donde el aire frío de la noche me golpeó la cara. Me senté en el escalón, abrazándome a mí misma, temblando. Mi mundo se había derrumbado en menos de diez minutos. Estaba sola, traicionada, humillada.

En ese momento de oscuridad total, un coche negro y lujoso se detuvo silenciosamente frente a mí. La ventanilla trasera bajó, revelando un rostro que solo había visto en las revistas de negocios. Alejandro del Valle. El empresario más poderoso y temido de México, el rival número uno de Ricardo Vargas y de mi padre.

Sus ojos oscuros me miraron con una intensidad que me heló la sangre. No había lástima en su mirada, sino una especie de entendimiento.

"Señorita Romero," su voz era grave y tranquila, "creo que usted y yo tenemos enemigos en común. Y creo que puedo ayudarla a recuperar lo que es suyo, y mucho más."

Un hombre elegantemente vestido bajó del coche y me entregó una pequeña caja de terciopelo negro. La abrí. Dentro, sobre un cojín de seda, había un exquisito dije de plata en forma de chile habanero, con un pequeño diamante incrustado como una semilla. Era un símbolo de mi pasión, de mi esencia. Junto a él, una tarjeta con su nombre y un número de teléfono.

"Cuando esté lista para la venganza, llámeme."

El coche se alejó tan silenciosamente como había llegado, dejándome en la oscuridad con una caja en mis manos y una extraña chispa de esperanza naciendo de las cenizas de mi corazón roto. La humillación se estaba transformando en rabia. Y la rabia, en una fría y calculadora determinación. No me iban a destruir. Iba a pelear.

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