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Portada de la novela EL RESPLANDOR DEL ÁMBAR

EL RESPLANDOR DEL ÁMBAR

Ámbar, una estudiante de origen humilde, enfrenta el rechazo y las calumnias de Samuel tras quedar embarazada. Sin hogar, encuentra refugio en un centro comercial donde conoce a Maximilian Engel. Gracias al apoyo de su fundación y a un empleo flexible, Ámbar logra retomar su carrera con la ayuda de su amiga Laura. Mientras desarrolla un vínculo profundo con el empresario, ella descubre una gran fortaleza interna para superar la traición y reconstruir su futuro.
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Capítulo 2

Ámbar.

Siempre he sido buena ocultando lo que siento. Incluso en los días más duros, cuando todo parece derrumbarse, encuentro la manera de sonreír y decirme a mí misma que todo estará bien. Pero hay algo en estos últimos días que no puedo ignorar. Algo en mi cuerpo no está bien. No sé cómo explicarlo, pero lo siento... una pesadez, una especie de cansancio que no desaparece, sin importar cuánto descanse.

Hoy me desperté con náuseas. Pensé que tal vez fue por el estrés, por la cena con la familia de Samuel anoche. No fue tan terrible como imaginaba, pero tampoco fue fácil. Su madre me lanzó un par de comentarios que, aunque envueltos en una capa de amabilidad, no dejaron de doler. "Qué valiente eres, querida, trabajar y estudiar al mismo tiempo. Debe ser muy agotador... no sé cómo lo logras". Sonreí y asentí, como siempre, pero lo único que pude pensar fue en cómo, para ella, mi esfuerzo es algo exótico, algo fuera de lo normal. Para mí, es simplemente sobrevivir.

Samuel no pareció notar nada fuera de lo común, lo cual fue un alivio. Me llevó a casa después de la cena y me dio uno de esos besos suaves en la frente que me hacen olvidar el mundo por un segundo. Me dijo que me amaba y que no podía esperar para vernos de nuevo. Esos momentos son los que me hacen seguir adelante, pero esta mañana, incluso el recuerdo de sus palabras no ha podido levantar mi ánimo.

Sigo sintiéndome rara. Me miro en el espejo mientras me cepillo el cabello, buscando alguna señal de lo que está mal. Mi rostro luce más pálido de lo normal, y tengo unas ligeras ojeras que no puedo esconder, a pesar del maquillaje. Intento decirme a mí misma que es solo el cansancio de los últimos días. Las horas en el café, los estudios... es demasiado, lo sé. Quizás solo necesito descansar.

Pero entonces siento esa pequeña punzada en el estómago, esa sensación extraña que ha estado apareciendo más y más seguido últimamente. Lo ignoro y termino de arreglarme para ir a la universidad. Tal vez, después de un día de clases, me sentiré mejor.

El aula está llena de estudiantes como siempre, hablando entre ellos, comparando apuntes o simplemente matando el tiempo antes de que comience la clase. Me siento en mi lugar habitual, cerca de la ventana, donde puedo perderme mirando hacia afuera cuando la clase se vuelve aburrida. Hoy no tengo ánimo para socializar. Me limito a sacar mis libros y ponerme a leer, esperando que algo de la lectura se me quede en la cabeza.

Pero las palabras no hacen sentido. Mi mente está dispersa, saltando de un pensamiento a otro. Me pregunto si debería decirle a Samuel cómo me he estado sintiendo. Él siempre se preocupa por mí, pero no quiero asustarlo. Probablemente sea solo estrés.

-¿Te sientes bien? -me pregunta una de mis compañeras, interrumpiendo mis pensamientos.

Levanto la vista, sorprendida. No me había dado cuenta de que estaba apoyada en mi mano, mirando hacia la nada.

-Sí, solo cansada -respondo con una sonrisa que espero sea convincente.

-Pareces algo pálida. -Su tono es genuinamente preocupado, pero eso solo me hace sentir más incómoda.

-No te preocupes, solo ha sido una semana difícil -miento.

Ella asiente y vuelve a sus apuntes, pero su comentario me deja inquieta. Si los demás pueden notarlo, tal vez debería tomarlo más en serio.

Después de la clase, decido ir al baño. Es uno de esos días en los que no puedo concentrarme en nada más que en lo que siento dentro de mí. Me inclino sobre el lavabo y echo agua fría en mi rostro, esperando que me despierte de este extraño letargo. Pero lo único que logro es sentirme aún más cansada.

Y entonces, el pensamiento que había estado intentando evitar finalmente me golpea con fuerza.

¿Qué pasa si...? No. No puede ser.

El simple hecho de pensarlo me hace sentir tonta. No es posible. He sido cuidadosa, siempre hemos sido cuidadosos. Pero aún así, esa pequeña duda empieza a crecer en mi mente, haciéndome cuestionar todo.

¿Qué pasa si estoy embarazada?

El pensamiento revolotea en mi cabeza, como una amenaza. No puede ser. No en este momento. No con tantas cosas por hacer. Tengo que terminar la universidad, encontrar un trabajo estable, ayudar a mis padres. Un bebé no es parte del plan. No es posible.

Respiro hondo e intento calmarme. No es más que mi mente jugando conmigo. Probablemente solo necesito descansar, comer mejor, tal vez ir al médico para asegurarme de que todo está bien. Pero esa duda sigue ahí, acechando en el fondo de mi mente.

Decido ir a la farmacia. No tengo mucho dinero, pero no me importa. Necesito sacarme esta duda de la cabeza, y la única manera de hacerlo es confirmando que todo está bien. Compro una prueba de embarazo y la meto rápidamente en mi bolso, sin mirar a la cajera directamente. Mi corazón late rápido, como si ya supiera algo que yo no.

De regreso a casa, el apartamento está vacío como de costumbre. Me encierro en el baño y me siento en el borde de la bañera, sosteniendo la prueba en mis manos. No sé cuánto tiempo me quedo ahí, mirando la caja sin moverme. Mi mente está en blanco, y al mismo tiempo, llena de pensamientos que no quiero enfrentar.

Finalmente, reúno el valor para abrirla y hacer la prueba. Los minutos que siguen son los más largos de mi vida. El reloj en mi celular parece moverse más lento, como si el tiempo estuviera jugando conmigo. Respiro profundo y cierro los ojos, esperando que todo esto sea una tontería, que esté exagerando, que en unos minutos pueda reírme de mí misma por ser tan paranoica.

Pero cuando abro los ojos y miro la prueba... veo las dos líneas.

Estoy embarazada.

Me quedo congelada. El aire parece haberse ido de la habitación, y mi cuerpo se siente pesado, como si estuviera hundiéndome en el suelo. Mi mente intenta procesar lo que estoy viendo, pero nada tiene sentido.

No sé cuánto tiempo paso sentada en el borde de la bañera, con la prueba en la mano. Mi mente no puede formarse una idea coherente. ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo se lo voy a decir a Samuel? ¿A mis padres?

Un millón de preguntas pasan por mi cabeza, pero ninguna tiene respuesta. Solo sé una cosa: mi vida acaba de cambiar para siempre, y no tengo idea de cómo enfrentarlo.

¿Cómo creen que reaccionará Samuel al enterarse?

Nos leemos después.

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