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Portada de la novela El Relevo

El Relevo

La estabilidad de Editorial Legado se tambalea cuando su líder, Julián Casal, comienza a perder la memoria por el Alzheimer. Ante el inminente colapso de la firma, su hija Elena abandona su carrera como arquitecta para intervenir. Ella deberá enfrentar no solo el declive de su padre, sino también la hostilidad de Adrián Varo. Este antiguo aprendiz busca venganza y planea absorber el catálogo familiar mediante tácticas financieras implacables y traición.
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Capítulo 3

Elena no había pegado ojo. Se había quedado en el cuarto de invitados, ese que todavía conservaba sus libros de bachillerato y un olor a lavanda que le resultaba asfixiante. A las siete de la mañana, el sonido de la cafetera italiana reclamó su atención.

En la cocina, Julián Casal ya estaba vestido. No llevaba el pijama de seda que le correspondía a un hombre de su edad un domingo por la mañana; llevaba una camisa azul Oxford perfectamente planchada y sus gemelos de plata. Estaba sentado a la mesa, leyendo El País con una lupa de aumento, como si estuviera buscando una errata que pudiera salvarle la vida.

-Buenos días, Elena -dijo él, sin levantar la vista. Su voz era firme, la misma que usaba para negociar anticipos de seis cifras-. Te he preparado un café. Solo, como a ti te gusta.

Elena se quedó en el umbral, observándolo. Parecía el de siempre. El hombre que podía recitar la genealogía de los Buendía de memoria. Por un segundo, ella quiso creer. Quiso que lo de anoche hubiera sido, efectivamente, un espejismo.

-Gracias, papá. ¿Cómo te encuentras?

Julián bajó el periódico con una lentitud estudiada. Su rostro era una máscara de absoluta normalidad.

-¿Cómo me voy a encontrar? Magnífico. Un poco de resaca de adrenalina, supongo. Esos eventos son agotadores a mi edad. El Círculo de Bellas Artes debería revisar la iluminación de ese salón; esos focos halógenos son criminales. Me provocaron una migraña con aura a mitad del discurso. Casi no veía la primera fila.

-Papá, no fue la luz -dijo Elena, sentándose frente a él-. Te quedaste en blanco. Olvidaste el nombre de mamá.

Julián soltó una carcajada seca, un sonido corto que no llegó a sus ojos.

-No seas melodramática, Elena. No lo olvidé. Simplemente me pareció que "mi mujer" tenía un peso más universal en ese contexto. "Marta" es un nombre, pero "mi mujer" es una institución. Fue una elección estilística. -Bebió un sorbo de café y volvió al periódico-. Deberías dejar de proyectar tus ansiedades estructurales en mí. No soy uno de tus edificios con aluminosis.

-Ayer no sabías quién era Alberto, el director de la Biblioteca Nacional -insistió ella, bajando la voz-. Y hace una semana te encontré en el pasillo preguntando dónde estaba el baño en una casa en la que llevas viviendo treinta años.

El silencio que siguió fue denso como el plomo. Julián dejó la taza sobre el plato con un clac metálico que pareció un disparo. Cuando levantó la vista, la lucidez agresiva estaba allí, pero también un rastro de miedo animal en el fondo de sus pupilas.

-He tenido una vida larga y llena de nombres, fechas y citas -dijo Julián, midiendo cada sílaba-. A veces, el archivo se satura. Es fatiga, Elena. Nada más. No voy a permitir que conviertas un par de despistes en un diagnóstico de tragedia griega. Tengo una editorial que dirigir y un catálogo que proteger de hienas como Adrián Varo.

-Adrián sabe que te pasa algo, papá. Estaba allí. Lo vio.

Julián se puso en pie bruscamente. -¡Adrián Varo no ve más que lo que su ambición le permite! Si ese muchacho cree que puede heredar mi trono porque ayer tuve un deslumbramiento, es que no aprendió nada de mí.

Julián salió de la cocina hacia su despacho, pero en la puerta se detuvo. Dudó. Sus dedos rozaron el marco de madera como si estuviera reconociendo el terreno. Elena lo siguió con la mirada, con el corazón encogido.

-Papá... -llamó ella suavemente.

-Estoy bien, Elena -repitió él, sin girarse-. Vuelve a tus planos. Aquí no hay nada que rehabilitar.

Elena esperó a escuchar el cierre de la puerta del despacho. Sabía que no estaba bien. Un hombre que está bien no se viste de gala para desayunar un domingo solo para demostrar que todavía puede abrocharse los botones.

Caminó hacia el recibidor y tomó el bolso. Al hacerlo, vio el teléfono fijo de la entrada. La luz del contestador parpadeaba. Por un impulso que no supo explicar, pulsó el botón de reproducción.

"Julián, soy Marcos. He recibido el mensaje de Varo. Está presionando con lo de los contratos de los autores estrella. Dice que si no cerramos la auditoría externa para el martes, filtrará lo del 'incidente' de la gala a la prensa financiera. Llámame. Tenemos que decidir qué versión vamos a dar."

Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Marcos. El hombre de confianza. El que le servía el café a Julián y le guardaba los secretos. Estaba hablando con Adrián. Estaba negociando el funeral de la empresa mientras el cuerpo de Julián todavía estaba caliente.

No era solo una enfermedad. Era una conspiración de pasillo. Elena no volvió a su estudio de arquitectura. Se sentó en el suelo del recibidor, sacó su agenda y escribió un solo nombre en la página del lunes: Adrián Varo.

Si Adrián quería jugar a la demolición, ella iba a enseñarle que nadie conoce mejor una estructura que quien sabe dónde están sus puntos de ruptura.

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