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Portada de la novela El regreso de Wendy Martí

El regreso de Wendy Martí

Wendy Martí y su equipo regresan para resolver un caso mortal. Un influyente magnate farmacéutico la contrata poco antes de fallecer por radiación. Aunque Mateo cuestiona la legalidad del trato, Wendy acepta el desafío para encontrar al culpable. La lista de sospechosos incluye a la esposa, un socio codicioso y una asistente misteriosa. Mientras buscan evidencias, surgen secretos íntimos y el vínculo entre Wendy y Germán alcanza un momento crítico.
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Capítulo 3

—Sí, a pedirte que te cases con él… el pobre cada vez que te ve pasar pone unos ojos de perrito hambriento que hasta dan ganas de acariciarle la cabeza para que se consuele.

—Bonitas comparaciones haces… y no, aún no se decide… yo creo que aún se siente mal por haberse casado con Viridiana, o tal vez aún no agarra la confianza en sí mismo que necesita.

—Qué tonto… si a leguas se ve que tú también te mueres de ganas por estar entre sus brazos, por abrazarlo y besarlo con todo ese amor que guardas dentro de tu pechito.

—No me vayas a salir ahora conque, yo también pongo ojitos de perrito callejero hambriento cuando lo veo y te dan ganas de acariciarme la cabeza para consolarme mientras yo muevo el rabo agradecida por las muestras de cariño, porque te doy un zape para que aprendas.

—No, tú eres más discreta que él y tienes más control de ti misma, aunque no puedes negar que estas que te mueres por él, se te nota, cuando está presente eres más amable y sonriente, incluso hasta se te endulza un poco la voz y no te escuchas tan mandona como siempre.

—No es verdad, yo siempre soy igual, con todos, no tengo por qué cambiar por nadie y mucho menos mi manera de hablar, me mantengo en el mismo nivel siempre.

—No es cierto, con él presente, como que te vuelves más femenina, más tierna, más dulce, no puedes negar que te mueve el piso y que te mueres porque te abrace y te bese.

—Es cierto… no puedo negarlo… sólo que, no tengo que ser yo la que dé el primer paso, no sólo no estaría bien, sino que no creo que yo me atreviera a hacer algo así.

—No, es verdad, te verías muy mal, se derretiría la abogada de hielo que siempre has sido.

—¿Por qué dices que soy la abogada de hielo?

—Porque cuando estas en un juicio, tus ojos se vuelven fríos, tus órdenes son concretas y no pierdes detalle de cualquier cosa que estes haciendo, entonces sí, aunque Germán, se encuentre cerca, tú sigues en lo tuyo… y si he de decir la verdad, la única que te derrite… es Paty.

—En todo eso tienes razón, los casos son muy importantes y no puedo darme el lujo de pasar por alto cualquier detalle, no me lo perdonaría, si lo hiciera por estar distraída por mis sentimientos.

Por otro lado, mi hija es la única que me cambia por completo, con ella sí que me siento diferente, tierna, dulce, amorosa, y es que Paty, se lo merece, ella sabe sacar lo mejor de mí.

—Eso es verdad, tu niña es todo un amor… en fin… ¿te llevo a tu casa o qué?

—Estamos más cerca de tu casa… así que te paso a dejar y me voy a la mía… mañana te presentas temprano en la oficina… ahora si vas a comenzar tu preparación en grande…

—¿Es mucho encaje si te pido que me invites a cenar a tu casa? Me encanta la forma en que cocina tu mamá y, además, me trata muy bien… me hace sentir como de la familia y eso es padre.

—Ya me imagino que mi mamá es el mejor chef de la ciudad… y después vas a querer quedarte a dormir en el sillón porque ya va a ser muy tarde como para que te vayas a tu casa.

—Si no es mucha molestia, ya le tomé mucho cariño y se descansa muy bien, además no le estorbo a nadie y me queda más sencillo para ir hasta la oficina… —dijo la China sin dejar de sonreír.

—Bueno, vamos… te estás convirtiendo en toda una postemilla…

—Pero, te gusta tenerme cerca, no lo niegues… yo creo que ya hasta me quieres un poquito.

—Confíate… ya verás cuando me salga el hielo de la abogada en la que dices que me transformo, a ver si opinas igual… entonces no vas a saber ni en donde meterte…

—Bueno, algún riesgo hay que correr y ni hablar… te aguantaré como las buenas.

Mientras la “China” conducía por entre las calles, Wendy, la vio de reojo, era tan infantil en ocasiones que la conmovía, estaba segura que no se sentía a gusto en su casa y que tal vez por eso vivía de la manera en que lo hacía, tenía que investigar bien ese asunto.

Con habilidad y destreza, Silvia, se estacionó a la orilla de la banqueta y las dos descendieron del carro, se encaminaron a la puerta del edificio y Wendy iba a abrir la puerta, cuando de pronto, de entre las sombras, apareció una figura que avanzaba hacia ella con pasos lentos y cansados.

—¿La abogada Wendy Martí? —dijo una voz cascada y agitada.

Las dos voltearon de inmediato hacia las sombras, sintiendo que sus músculos se tensaban y se pusieron alertas esperando cualquier cosa, poco a poco fueron viendo a aquel hombre, de unos 50 años, cabello canoso, de 1.72 de estatura, de unos 50 kilos de peso, se veía extremadamente delgado.

Su rostro lucía demacrado, sus ojos estaban enrojecidos, sus labios resecos, su piel, pese a la oscuridad de la calle se veía transparente, y sus ropas parecían de buena calidad, ellas se fueron relajando un poco y esperaron a que se acercara más.

—Sí, yo soy la licenciada Martí… ¿en qué puedo servirle? —preguntó Wendy con amabilidad.

—¡Quiero contratarla para que resuelva mi muerte! —dijo el hombre que parecía que de un momento a otro se iba a derrumbar frente a ellas, en verdad se veía muy débil.

—¿Cómo dice? —preguntó Wendy, con genuina sorpresa, sin dejar de verlo con detenimiento.

—Me envenenaron… estoy muriendo… eso es lo que digo… —contestó el hombre tranquilo.

—Entonces tendremos que llevarlo a un hospital para que lo atiendan y después dar parte a la policía para que se inicie la carpeta de investigación y de esa manera se puede proceder…

—N-no… será inútil, ya nadie puede hacer nada por mí… en cuanto a los policías, jamás he confiado en ellos y no voy a comenzar ahora que estoy por terminar, necesito que me escuche para que pueda iniciar sus investigaciones y de con el responsable —dijo el hombre con determinación.

—No me parece lo más adecuado, pero, venga en mi casa hablaremos con mayor tranquilidad.

La “China” abrió el zaguán del edificio y Wendy, ayudó al hombre a caminar hacia el interior, cuando llegaron al departamento, lo instaló en uno de los sillones, dónde él se dejó caer.

La “China”, de manera discreta, se instaló en una de las sillas del comedor, muy atenta a todo, no quería perderse un solo detalle de aquello que parecía ser muy interesante.

—Mamá… prepara un vaso de leche tibia, por favor… —dijo Wendy.

—Sí, hija, ahora mismo —respondió doña Dolores viendo a los recién llegados, sorprendida por el estado de aquel hombre que lucía muy mal, así que se fue a la cocina.

—¡Pobre hombre! Se ve muy enfermo… ¿a qué habrá venido con mi hija? —pensaba Dolores, al tiempo que ingresaba a la cocina para entibiar un poco de leche y a servir dos tazas de café.

—Sé que se preguntará ¿cómo es que sé su nombre y profesión y su domicilio particular? —dijo el hombre de pronto, con voz cansada, sin dejar de verla a los ojos.

—Pues sí, no creo que nos hayamos conocido antes, lo recordaría.

—Soy muy amigo de Ernesto Montero, hicimos varios negocios juntos, cuando comencé a sentirme mal, fui al médico y me internaron por tres días, en lo que me hacían algunos estudios, mi mal se agudizó y yo aproveché para hablar con Ernesto, a él le pedí sus datos.

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