
El Regreso de La Loba
Capítulo 2
Hacía siete años que no pisaba Madrid.
El aire frío de la noche me golpeó al bajar del coche, un contraste brutal con el calor de Jalisco al que me había acostumbrado. Siete años construyendo un imperio de tequila, ladrillo a ladrillo, mientras mi familia en España pensaba que apenas sobrevivía.
"Isabella, La Loba", me llamaban en México. Una reputación que me gané con sangre y astucia.
Mi socio, un pez gordo de las finanzas, me había invitado a un evento. "Para que vuelvas a conectar con la élite de Madrid, Isa. En el tablao de El Chato. Lo más exclusivo".
Acepté. Estaba preocupada. Hacía semanas que no sabía nada de mi hermana pequeña, Sofía. Mis llamadas no eran respondidas, y los mensajes de mi padre, Ricardo, eran vagos y fríos.
El tablao era un hervidero de la alta sociedad madrileña, un murmullo de joyas caras y cotilleos baratos. Me acomodé en un palco privado en la sombra, observando.
Entonces, la música se detuvo.
Las luces se centraron en una pantalla gigante detrás del escenario.
Mi corazón se detuvo.
En la pantalla, una fotografía íntima. Y en la fotografía, mi hermana Sofía.
Estaba semidesnuda, dormida en una cama que no reconocí. La imagen era borrosa, pero inconfundible.
Un hombre tomó el micrófono en el escenario. Lo reconocí de las revistas: Mateo, un constructor de "nuevo rico", el prometido de Sofía. A su lado, una mujer con un vestido brillante sonreía con malicia. Valeria, una influencer que se presentaba como su "prima".
"Buenas noches a todos", dijo Mateo con voz untuosa. "Mi querida Sofía aquí presente ha tenido un pequeño accidente. Ha roto una pulsera de mi prima Valeria. Una pieza de diseño, por supuesto".
Su mirada se posó en Sofía, que estaba de pie entre la multitud, pálida como un fantasma.
"Pero somos gente razonable", continuó Mateo, disfrutando del silencio. "Le daremos la oportunidad de enmendar su error. Por cada baile que patrocine esta noche, con una pequeña donación de cincuenta mil euros, retiraremos una de estas… fotografías artísticas".
Se rió, y algunos en la multitud le siguieron.
"Si no puede, o no quiere", añadió Valeria, "supongo que tendremos que compartir este arte con todos ustedes. Estoy segura de que sus teléfonos tienen espacio de sobra".
La amenaza era clara. La élite de Madrid, la más chismosa y cruel, tendría las fotos de mi hermana en sus manos en minutos.
Miré a Sofía. Temblaba, con los ojos llenos de lágrimas y humillación. La vi apretar los puños.
Desde mi palco, una ira fría y afilada comenzó a subir desde mi estómago. Observé a Mateo, a Valeria, a las caras sonrientes en la multitud.
Grabé cada uno de sus rostros en mi memoria.
La Loba había vuelto a casa.
Y la cacería estaba a punto de comenzar.
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