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Portada de la novela El Regreso de la Abogada

El Regreso de la Abogada

Elena Rojas solo anhelaba un descanso tras su jornada, pero Miguel, su marido, interrumpe su calma con críticas injustificadas. La tensión estalla cuando él decide, una vez más, anteponer las necesidades de Sofía a su relación conyugal. Harta de que su esposo priorice a su supuesta mejor amiga y de soportar reproches constantes, la abogada experimenta un cambio interno. Decidida a no ser ignorada nunca más, opta por poner fin a las mentiras y luchar por su dignidad.
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Capítulo 2

Estaba sentada en el balcón del departamento, viendo cómo el sol se escondía detrás de los edificios de la Ciudad de México. El aire olía a ozono y a la promesa de lluvia. Tomé una foto del cielo anaranjado y la subí a mis redes sociales con una simple palabra: "Paz". Era un momento pequeño, uno de esos que se sienten como un respiro profundo después de una semana pesada en el despacho.

Mi celular sonó casi al instante. Era Miguel.

Su voz no era la de un esposo que llama para saludar, era áspera y cargada de una urgencia que no entendí.

"¿Dónde estás, Elena? ¿Por qué subes fotos como si nada?"

Me quedé en silencio un segundo, confundida.

"Estoy en casa, en el balcón. ¿Qué pasa?"

"¿Qué pasa? Pasa que Sofía me necesita, Elena. Su coche se descompuso en medio del Periférico, está sola y asustada, ¿y tú estás publicando fotos de atardeceres?"

Sentí una punzada fría en el estómago. Era Sofía. Siempre era Sofía. Mi "mejor amiga", la sombra que se cernía sobre mi matrimonio desde hacía años.

"Miguel, ella es una mujer adulta. Puede llamar a un seguro, a una grúa. Yo acabo de llegar de trabajar, estoy cansada."

"¡Ese es tu problema!", gritó él, y su voz se distorsionó por el altavoz. "¡Nunca entiendes! Ella no es como tú, no tiene a nadie. Yo soy lo único que tiene."

Era el mismo argumento de siempre, el escudo que usaba para justificar su devoción obsesiva por ella. Las incontables cenas que me cancelaba porque Sofía "tenía un mal día". El viaje de aniversario que pospusimos porque Sofía "se sentía sola". La vez que mi padre estaba en el hospital y él se fue a media visita porque Sofía "tenía una crisis de ansiedad".

"Y yo estoy aquí, Miguel", le dije, mi voz sonando más cansada de lo que pretendía. "Esperándote."

"No empieces con tus dramas, Elena. Todo esto es tu culpa. Si fueras más comprensiva, si me apoyaras en vez de juzgarme, yo no estaría tan estresado. Ahora tengo que ir a resolver esto. No me esperes despierta."

Colgó.

El teléfono quedó en mi mano, frío y pesado. El cielo ya no era naranja, sino de un morado oscuro y triste. Me quedé mirando la pantalla negra, el reflejo de mi rostro inexpresivo. Por años había aceptado sus excusas, había intentado ser la esposa comprensiva que él decía que necesitaba. Había callado mis necesidades para no ser una carga. Pero esa noche, escuchando el eco de sus palabras injustas, algo dentro de mí se rompió definitivamente.

Ya no había más que comprender. No había más que perdonar.

Deslicé el dedo por la pantalla, pero no para ver mis redes sociales. Abrí mis contactos y busqué el número de mi socio en el bufete de abogados. Pulsé el botón de llamar. Era hora de poner fin a esto. Era hora de que Elena Rojas, la abogada, defendiera a su cliente más importante: ella misma.

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