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Portada de la novela El Profesor Malicioso

El Profesor Malicioso

Sofía tolera el rigor académico de Fernando hasta que el maestro la humilla ante todos para beneficiar a un estudiante mediocre. Tras mofarse de su salud y poner en riesgo su futuro profesional, el docente ordena su cautiverio para evitar que ella alerte a sus influyentes padres: El Demoledor y La Patrona. Aislada y herida por mentiras, la joven no se doblegará. El desprecio de su mentor impulsará ahora un ambicioso y letal plan de venganza absoluta.
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Capítulo 2

El olor a trementina y óleo picaba en la nariz de Sofía, una mezcla a la que ya estaba acostumbrada pero que hoy se sentía más pesada, más sofocante, el aire en el salón de arte del Maestro Fernando siempre se sentía denso, cargado de una tensión que solo las alumnas parecían notar. El maestro, un hombre de mediana edad con una barriga incipiente que estiraba los botones de sus camisas, rara vez se dirigía a las chicas de la clase, y cuando lo hacía, era con un aire de fastidio, como si su sola presencia fuera una molestia.

Hoy no era la excepción.

Pasó junto al caballete de Sofía sin siquiera dirigirle una mirada, a pesar de que ella llevaba tres semanas trabajando en un retrato al óleo que, modestia aparte, le estaba quedando increíble. Sus pinceladas eran seguras, la mezcla de colores era sutil, y había capturado una melancolía en los ojos del modelo que era casi palpable. Pero para el Maestro Fernando, era invisible.

En cambio, se detuvo dos puestos más allá, donde Carlos, un chico que apenas sabía sostener un pincel, había manchado un lienzo con tres franjas de colores primarios que, según él, representaban "la dualidad del hombre moderno".

"¡Eso es, campeón! ¡Eso es tener visión!" exclamó el Maestro Fernando, dándole una palmada en la espalda a Carlos que casi lo tira del banco. "Ves, esto es arte, tiene agallas, tiene fuerza, no como otras… cositas delicadas que hacen por ahí".

Su mirada se desvió por un segundo hacia el trabajo de Mariana, una de las amigas de Sofía, que estaba terminando una acuarela de un paisaje con una técnica impecable. El desdén en sus ojos fue evidente.

Sofía sintió una punzada, pero no era solo de indignación, era una punzada real, aguda, en el costado derecho de su abdomen. Una vieja conocida. Su condición crónica, una compañera silenciosa y cruel, había decidido hacer acto de presencia. Respiró hondo, tratando de ignorar el dolor que comenzaba a irradiar hacia su espalda. No podía desconcentrarse, no hoy. Tenía que hablar con el maestro.

Al terminar la clase, mientras los demás guardaban sus materiales con el ruido habitual, Sofía se armó de valor. Se acercó al escritorio del Maestro Fernando, un santuario de desorden donde los papeles y los botes de pinceles sucios competían por el espacio. El maestro estaba limpiando sus lentes con un pañuelo grasiento, sin levantar la vista.

"Maestro Fernando, disculpe la molestia", comenzó Sofía, con la voz un poco temblorosa, odiaba esa debilidad en su voz.

Él se tomó su tiempo, colocándose los lentes con parsimonia antes de mirarla por encima del armazón.

"¿Qué quieres, Ramos?"

"Quería pedirle permiso para ausentarme el próximo viernes", dijo ella, tratando de mantenerse firme. "Hay una exposición en el Museo de Arte Moderno, inaugura la retrospectiva de Leonora Carrington, y… es una oportunidad única, muy importante para mi portafolio y para las solicitudes de la universidad".

El Maestro Fernando soltó una risita, un sonido seco y desagradable.

"¿Una exposición? ¿Y tú crees que eso es más importante que mi clase?"

"No es eso, maestro, es que de verdad es algo crucial para mi futuro, y…"

"No", la cortó en seco. Su tono era final, inapelable. "No hay permisos para irse de pinta a ver dibujitos".

El dolor en el costado de Sofía se intensificó, convirtiéndose en una quemazón. Se apretó disimuladamente el abdomen.

"Maestro, no es irse de pinta, es una actividad académica, podría traerle un comprobante, un ensayo, lo que usted pida", insistió, la desesperación empezando a teñir su voz.

Fue entonces cuando él la miró de verdad, con una expresión de profundo fastidio, como si estuviera contemplando un insecto.

"Ay, Ramos, siempre tan dramática", dijo, arrastrando las palabras. "Siempre con tus excusas para no hacer el trabajo. Crees que el mundo te debe algo, ¿verdad? Que por ser una 'artista sensible' puedes hacer lo que se te da la gana".

La acusación la golpeó como una bofetada. Ella, que pasaba noches en vela perfeccionando su técnica, que aguantaba dolores que la hacían querer gritar solo para poder terminar un lienzo.

"Eso no es verdad, yo…"

"¡Basta ya!" levantó la voz, y varios alumnos que aún quedaban en el salón se giraron a mirar. "Te pasas la vida quejándote, que si te duele algo, que si necesitas un trato especial. Las mujeres siempre con lo mismo, un dolor de cabeza y ya creen que se están muriendo. El arte requiere disciplina, Ramos, no lamentos. Mi respuesta es no. Y no se discute más".

Sofía se quedó paralizada, con las palabras del maestro retumbando en sus oídos. Humillada, con un dolor que le robaba el aliento, solo pudo dar media vuelta y caminar hacia la salida.

Sus amigas, Mariana y Valeria, la alcanzaron en el pasillo.

"No le hagas caso, Sofi, ya sabes cómo es", dijo Valeria, pasándole un brazo por los hombros.

"A Laura le hizo lo mismo el año pasado", recordó Mariana, con rabia. "Había un concurso nacional de fotografía, tenía una foto increíble, y no la dejó ir a la premiación porque 'tenía que terminar un bodegón'. Un estúpido bodegón de tres manzanas y una jarra".

Sofía asintió, incapaz de hablar. Sabía que no era personal, o más bien, que era personal contra todas ellas, por el simple hecho de ser mujeres.

"Mañana le diré a mi papá que me escriba un justificante", dijo finalmente, con un hilo de voz. "Quizás si ve una nota de un adulto…"

Mariana y Valeria intercambiaron una mirada de escepticismo.

"Con ese viejo, no creo que funcione", dijo Mariana en voz baja. "Recuerda que para él, la palabra de un hombre vale por diez, pero la de una mujer, o la de nuestros padres, no vale nada".

Al día siguiente, Sofía llegó con el justificante firmado por su padre, Don Ricardo. Lo dejó sobre el escritorio del Maestro Fernando antes de que empezara la clase. El maestro lo tomó, lo leyó por encima y, sin decir una palabra, lo arrugó y lo tiró a la basura.

Luego, la miró fijamente desde el otro lado del salón.

"Que te quede claro, Ramos", dijo en voz alta, para que todos escucharan. "En este salón, la única autoridad soy yo. Ni tus papis, ni tus lloriqueos, ni tus excusas. Aquí se hace lo que yo digo. Punto".

El dolor en el costado de Sofía volvió, esta vez con una furia renovada. Pero junto al dolor, algo más comenzó a crecer: una rabia fría y decidida.

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