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Portada de la novela El Precio es La Vida de Mi Hijo

El Precio es La Vida de Mi Hijo

Ricardo, cegado por su amante Sofía, comete un acto atroz: encierra a su hijo Pedrito en un cobertizo con abejas tras un incidente trivial. Luna suplica piedad por la alergia del niño, pero es ignorada. Mientras la pareja presume su romance, el pequeño fallece por una picadura. Tras esta negligencia criminal y las burlas de su rival, Luna abandona su identidad anterior y se transforma por completo, iniciando una misión de venganza implacable contra quienes le arrebataron todo.
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Capítulo 3

El teléfono sonó, su vibración era una interrupción violenta en la quietud helada de la funeraria. Estaba sentada en una silla incómoda, mirando el catálogo de ataúdes infantiles, cada página era una puñalada en mi alma. El nombre de Ricardo brillaba en la pantalla.

Contesté.

"¿Qué demonios significa tu comentario, Luna? ¿Estás loca?"

Su voz era un rugido de indignación, no había ni una pizca de dolor o preocupación en ella. Al fondo, escuchaba música y risas, el eco de la fiesta que seguramente continuaba.

"¿Dónde estás? Se supone que deberías estar aquí, disculpándote con Sofía. La asustaste, casi le provocas un problema con nuestro bebé."

Cerré los ojos, tratando de contener la bilis que subía por mi garganta.

"Estoy en la funeraria," dije, mi voz sonaba extraña, sin emociones.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, luego una risa incrédula.

"¿En la funeraria? No seas ridícula. ¿Ahora vas a fingir que el mocoso se murió para llamar mi atención? Luna, has llegado muy bajo, incluso para ti."

Su crueldad era tan vasta, tan profunda, que me dejó sin aliento.

"Trae a Pedrito a casa ahora mismo," ordenó. "Tráelo para que se disculpe con Sofía por romper su perfume y por el berrinche que nos hizo pasar. Y tú también te vas a disculpar."

Mis manos, que habían estado apretadas en puños, se relajaron. Las miré. Estaban rojas, hinchadas y llenas de astillas por haber golpeado la puerta de la caseta. Un dolor sordo y punzante recorría mis brazos, un recordatorio físico de mi impotencia. Era un dolor real, tangible, casi un consuelo comparado con el vacío inmenso que sentía en el pecho.

El encargado de la funeraria, un hombre amable de rostro cansado, se acercó y me ofreció un vaso de agua. Lo rechacé con un movimiento de cabeza.

Miré hacia la sala de preparación, donde el cuerpo de mi hijo estaba siendo limpiado y vestido. Mi pequeño Pedrito.

"Ricardo," dije, y mi voz era tan tranquila que me sorprendió a mí misma. "Pedrito está muerto."

Hubo un silencio al otro lado. No un silencio de shock o de dolor, sino de desconcierto, como si estuviera procesando una broma de mal gusto.

Luego, se echó a reír. Una risa seca, cruel.

"¡Ja! ¿Muerto? ¡No me jodas, Luna! ¿Crees que soy estúpido? Es la táctica más patética que se te ha ocurrido. ¿Qué sigue? ¿Amenazar con suicidarte?"

"No es una táctica."

"¡Claro que lo es! Siempre has sido una manipuladora. Pero esto no va a funcionar. Sofía y yo estamos construyendo una nueva vida, una familia de verdad. No tienes cabida en ella, y si crees que usar a Pedrito te va a servir de algo, estás muy equivocada."

Escuché un susurro femenino al fondo, una risita. Era Sofía. Y luego. un jadeo suave, casi un gemido de placer.

"Mi amor, déjala. Que haga su show."

La voz de Sofía era melosa, pero llena de veneno.

Recordé la ecografía que había encontrado en su coche semanas atrás. La imagen borrosa de un feto y el nombre de Ricardo Vega en la esquina superior. El hijo que él sí quería, el que reemplazaría al que acababa de dejar morir.

"Ya veo," dije, y la calma en mi voz era la calma del ojo de un huracán. "No te preocupes. No volveré a molestarte."

"Más te vale. Y cuando te canses de tu teatrito, trae a Pedrito. Tiene que aprender a…"

"Quiero el divorcio," lo interrumpí.

La risa de Ricardo se cortó de golpe.

"¿Qué dijiste?"

"Que quiero el divorcio. Te enviaré los papeles."

Colgué.

Me quedé mirando el teléfono en mi mano, un simple objeto de plástico y cristal que acababa de cortar el último hilo que me unía a mi antigua vida.

No sentí alivio. No sentí tristeza. No sentí nada.

Solo un vacío inmenso y una certeza fría como el acero: Ricardo Vega y Sofía Ramos iban a pagar por lo que habían hecho.

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