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Portada de la novela El Precio del Hambre y Amor

El Precio del Hambre y Amor

Vivir bajo el mismo techo que su madre se ha convertido en un tormento para una joven que padece privaciones constantes. El éxito en un certamen artístico parecía ser su salvación, pero la traición llega pronto: su madre confisca el premio para favorecer a su hermano. Este desprecio fulminante convierte su carencia física en una determinación inquebrantable. Al ver que nunca será la prioridad, ella decide tomar las riendas de su propio destino y subsistir.
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Capítulo 2

El olor a frijoles fritos con chorizo llenaba nuestra pequeña casa, un olor que para mí significaba hambre.

Mi madre, con la espalda vuelta hacia mí, movía la cuchara en el sartén. El sonido del aceite chisporroteando era una tortura.

"Mamá, ¿ya casi está la cena?" preguntó mi hermano, Daniel, desde la mesa.

Su voz era mimada, la voz de un niño que nunca había sabido lo que era un estómago vacío.

"Ya casi, mi rey. Hoy te hice tu comida favorita", respondió ella, girándose con una sonrisa que nunca me dedicaba a mí.

Puso un plato enorme frente a él, rebosante de frijoles, chorizo, arroz rojo y dos tortillas calientes. El vapor subía y me nublaba la vista.

Luego, se giró hacia mí. Su sonrisa desapareció.

Tomó el plato más pequeño, el que siempre estaba despostillado, y me sirvió una cucharada escasa de frijoles sin chorizo y un poco de arroz. Ni siquiera una tortilla.

"Tú comes demasiado, Sofía. Te vas a poner gorda y nadie te va a querer", dijo, como si fuera una verdad universal.

Yo tenía siete años y era puro hueso.

Me senté en silencio, viendo cómo mi hermano devoraba su comida, haciendo ruidos de satisfacción. Cada bocado que él tomaba, era como si me lo arrancaran a mí.

El hambre me hacía ver cosas.

No eran alucinaciones, era algo más. Una especie de filtro que mi cerebro ponía sobre el mundo.

En la escuela, la maestra de matemáticas, una mujer robusta de brazos gruesos, se paseaba por el salón. Yo no veía sus brazos, veía dos piezas de pan de telera, doraditos y suaves, listos para rellenarse con aguacate y queso.

A veces, cuando un compañero con las mejillas muy redondas y rosadas se reía, yo veía dos panecillos dulces, de esos que venden en la panadería de la esquina.

No era algo que yo controlaba, simplemente sucedía. El mundo se convertía en un buffet interminable y yo siempre estaba del otro lado del cristal, mirando.

Un día, en la escuela, la directora anunció un pequeño concurso de dibujo. El premio para el primer lugar eran cincuenta pesos.

Cincuenta pesos.

Para mí, eso no era solo dinero. Eran diez tortas de tamal, veinte refrescos de bolsita, o cincuenta dulces de tamarindo. Era un tesoro.

Me pasé tres días enteros dibujando. Usé los colores que me prestó un compañero, Mateo, porque yo no tenía. Dibujé un paisaje de la Ciudad de México, con sus volcanes al fondo y el sol poniéndose. Puse todo mi esfuerzo en ese pedazo de papel.

Y gané.

Cuando la directora dijo mi nombre, no lo podía creer. Me entregó un billete de cincuenta pesos. Lo sentí en mi mano, un poco arrugado pero real. Olía a papel viejo y a esperanza.

Corrí a casa, con el billete apretado en el puño, mi corazón latiendo con fuerza. Iba a comprar comida, mucha comida, y la escondería en mi mochila para comer a solas.

Entré a la casa gritando: "¡Mamá, mamá, gané!"

Ella estaba sentada viendo la televisión. Me miró sin interés.

"¿Qué ganaste?"

"Cincuenta pesos, en un concurso de dibujo."

Le mostré el billete. Sus ojos se iluminaron, pero no de orgullo. Se iluminaron de codicia.

Me lo arrebató de la mano con una velocidad sorprendente.

"Qué bueno", dijo, guardándose el billete en el delantal. "A tu hermano le hacen falta unos zapatos nuevos para el fútbol."

"Pero... es mío", susurré, sintiendo cómo se me formaba un nudo en la garganta.

"En esta casa nada es tuyo, todo es para la familia. Y tu hermano es hombre, él necesita más cosas. Ahora, ve a lavar los trastes."

Esa noche, mientras lavaba los platos con agua fría, el hambre era diferente. No era solo un vacío en el estómago, era un hueco en el pecho. Entendí que no importaba cuánto me esforzara, nunca sería suficiente. Si quería algo, tendría que tomarlo.

Al día siguiente, mientras mi madre cocinaba, la vi dejar su monedero sobre la mesa de la cocina por un segundo para ir a tender la ropa en el patio.

Mi corazón empezó a latir muy rápido.

Miré hacia la puerta del patio. Escuché el sonido de los ganchos de ropa.

Me acerqué a la mesa, abrí el monedero con los dedos temblorosos. Había varias monedas. Tomé dos de a cinco pesos. Solo dos. Lo suficiente para un guajolocombo, una torta de tamal con un atole.

Cerré el monedero y volví a mi rincón, justo cuando ella entraba de nuevo. No se dio cuenta.

Las monedas en mi bolsillo se sentían pesadas, como una culpa y una promesa al mismo tiempo.

Después de la escuela, en lugar de irme directo a casa, corrí al puesto de la esquina.

"¿Me da una torta de tamal verde y un atole de arroz, por favor?"

El hombre me entregó el bolillo caliente, abierto por la mitad con el tamal humeante dentro. El atole estaba tan caliente que apenas podía sostener el vaso de unicel.

Me escondí en un callejón para comer.

El primer mordisco fue la gloria. El pan crujiente, el tamal suave y picosito, todo mezclado en mi boca. Comí despacio, saboreando cada pedazo. Luego bebí el atole, dulce y espeso, calentando mi cuerpo desde adentro.

Por primera vez en mucho tiempo, mi estómago estaba lleno. Completamente lleno.

No me sentí culpable. Me sentí satisfecha. Me sentí poderosa. Si el mundo no me iba a dar lo que necesitaba, yo encontraría la manera de conseguirlo.

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