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Portada de la novela El Precio de un Reloj Roto

El Precio de un Reloj Roto

Un padre descubre con horror que su hijo de seis años ha desaparecido. Sofía, su fría esposa, confiesa haberlo enviado a un centro de corrección como castigo por romper el reloj de su amante, Mateo. La crueldad aumenta cuando Mateo revela ser el padre del bebé que ella espera. Tras hallar al niño en coma por electroshocks en un recinto lúgubre, el protagonista jura divorciarse y proteger a su hijo de la maldad de su madre para siempre.
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Capítulo 3

Mi suegro, el señor García, me ayudó a levantarme del suelo. Su rostro, habitualmente impasible y duro como el de un magnate de los negocios, estaba ahora contraído por una mezcla de sorpresa y dolor.

"Ricardo, cálmate," dijo con voz grave, aunque noté un ligero temblor en ella. "Llamaré a mi médico personal, trasladaremos a Miguelito al mejor hospital ahora mismo. Resolveremos esto."

Asentí, incapaz de hablar. Mi mirada estaba fija en el pequeño cuerpo de mi hijo, en los leves temblores que lo sacudían. Cada espasmo era una puñalada en mi propio cuerpo.

Mientras los paramédicos privados llegaban y preparaban a Miguelito para el traslado, le mostré a mi suegro el mensaje de Mateo. Lo leyó en silencio, sus nudillos se pusieron blancos al apretar el teléfono.

"Ese... ese malnacido," siseó entre dientes. "Y Sofía... ¿cómo pudo?"

"Ella lo sabía todo," dije, mi voz vacía de toda emoción, agotada. "Me lo confirmó por teléfono. Para ella, el reloj de Mateo era más importante que nuestro hijo. Está embarazada de él."

El señor García cerró los ojos, como si el golpe fuera demasiado fuerte incluso para él. Vi en su rostro la vergüenza y la furia de un padre que descubre la monstruosidad de su propia hija.

"Resolveré esto, Ricardo," repitió. "Te lo juro."

En el hospital, la espera fue una tortura. Miguelito fue llevado a la unidad de cuidados intensivos. Mi suegro no se separó de mí, haciendo llamadas, moviendo sus influencias, su poder ahora al servicio de salvar a su nieto.

Finalmente, decidió llamar a Sofía. Puso el altavoz.

"¿Papá? ¿Qué pasa? ¿Por qué me llamas a estas horas?" la voz de Sofía sonaba irritada, como si la hubieran interrumpido en algo importante.

"Sofía, ¿dónde estás?" preguntó su padre, su voz controlada pero cargada de una furia helada.

"Estoy con Mateo, te lo dije. ¿Pasa algo con Ricardo? ¿Te está molestando con sus dramas?"

Mi suegro respiró hondo.

"Tu hijo, Sofía. Tu hijo está en cuidados intensivos. Lo encontramos en coma en esa... escuela a la que lo enviaste."

Hubo un silencio. Pude imaginarla al otro lado, tal vez frunciendo el ceño, molesta por la interrupción.

"¿En coma? Ay, por favor, papá. No exageren. Seguramente Ricardo está montando un escándalo para llamar mi atención. Dile que deje de ser tan infantil. Hablaré con Miguelito mañana, ahora estoy ocupada."

Y antes de que su padre pudiera responder, colgó.

Un grito ahogado se me escapó del pecho. La crueldad, la indiferencia, era simplemente inconcebible. El señor García apretó los puños, su rostro enrojecido por la ira.

En ese momento, el médico salió de la UCI. Su expresión era sombría.

"Señor Mendoza, señor García," comenzó, y mi corazón se detuvo. "Hemos estabilizado al niño, pero el daño es severo. Los electroshocks fueron aplicados con una frecuencia y voltaje excesivos, muy por encima de cualquier protocolo terapéutico, incluso los más cuestionables. Su cerebro ha sufrido una lesión grave."

Tragué saliva, el miedo me paralizaba.

"¿Qué... qué significa eso, doctor?"

El médico nos miró con compasión, pero sus palabras fueron un martillo que destrozó mis últimas esperanzas.

"Significa que hay una alta probabilidad de que Miguelito no despierte del coma. Y si lo hace... es muy posible que quede en un estado vegetativo permanente."

Caí. Mis rodillas golpearon el frío suelo del hospital. El sonido que salió de mi garganta no era humano. Era el aullido de un animal herido de muerte. Estado vegetativo. Mi hijo. Mi pequeño Miguelito, que amaba correr, que amaba reír, que llenaba cuadernos enteros con sus dibujos de superhéroes y mundos fantásticos.

Esa palabra, "vegetativo", resonaba en mi cabeza. Una planta. Un cuerpo sin mente, sin alma. Le habían robado su futuro, sus sueños, su risa. Y la persona que había firmado su sentencia había sido su propia madre.

Recordé sus dibujos, pegados por toda la casa. El último que me había mostrado, un retrato de nosotros tres, sonriendo bajo un sol gigante. "Papá, mamá y yo. La mejor familia del mundo", había escrito con su letra torpe.

Me golpeé el pecho, un dolor insoportable me desgarraba por dentro.

"¡No! ¡No! ¡Miguelito, no! ¡Hijo mío!"

Grité al vacío del pasillo del hospital, un grito de desesperación pura.

"¡Te lo ruego, Dios, llévame a mí! ¡Toma mi vida, toma todo lo que tengo, pero devuélveme a mi hijo! ¡Por favor, devuélveme a mi hijo!"

Mi suegro me abrazó, y por primera vez en todos los años que lo conocía, sentí que él también lloraba. Dos hombres rotos, llorando por un niño inocente atrapado en la oscuridad.

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