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Portada de la novela El precio de tu olvido

El precio de tu olvido

Julián dejó los hábitos tras una apasionada noche con Elena, pero ella desapareció sin dejar rastro. Seis años después, convertido en un frío magnate, la encuentra cuando ella solicita empleo como su secretaria. El reencuentro es desconcertante: Elena padece amnesia y no lo reconoce. Además, la acompañan dos gemelos de cinco años cuyos rasgos físicos revelan un vínculo innegable con el pasado que Julián tanto intentó recuperar.
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Capítulo 3

Estaba completamente empapada de pies a cabeza. Su largo pelo castaño estaba todo mojado y pegado a su cara blanca. Su vestido de flores escurría agua sin parar, haciendo un charco en el suelo. Temblaba mucho, como una hojita cuando sopla fuerte el viento, y sus labios estaban un poco morados de tanto frío que sentía. Se abrazaba a ella misma con sus brazos delgaditos, tratando de darse un poco de calor, pero no funcionaba.

-Padre... -dijo ella, con los dientes chocando por el frío-. Perdone que lo moleste tanto. Quise llegar rápido a mi casa, pero el camino se inundó todo. El lodo no dejaba pasar. Tuve mucho miedo de los relámpagos y no supe a dónde más correr. Solo pensé en usted y me vine para acá.

Julián sintió que el corazón se le partía en mil pedazos al verla sufrir así. En ese momento se olvidó de todos sus rezos, del pecado del beso, del miedo al qué dirán y de todo lo demás. Solo era un hombre normal viendo a la pobre mujer que amaba muerta de frío en su puerta.

-Pasa, Elena, pasa rápido que te vas a enfermar de los pulmones si te quedas ahí -le dijo muy preocupado, agarrándola del brazo para meterla a la casa. La piel de la chica estaba helada como un hielo. Julián cerró la puerta fuerte para que no entrara más aire frío.

-Voy a ensuciar su piso de madera, Padre -dijo ella muy apenada, mirando sus propios pies. Estaba descalza porque seguro había perdido sus zapatitos en el lodo del camino.

-No importa nada el piso. Tú espérame aquí paradita -Julián corrió a su cuarto y regresó volando con una toalla grande bien seca y una manta de lana gruesa.

Se acercó rápido a ella y le puso la toalla sobre la cabeza, secándole el pelo mojado con mucho cuidado y cariño. Elena se quedó quieta y lo miraba fijamente a los ojos, sin decir una palabra. Sus caras volvieron a quedar muy cerca, igual que en el confesionario. Julián intentaba con todas sus fuerzas no mirarla a los ojos. Miraba la toalla, miraba el reloj de la pared, miraba cualquier otra cosa para no perder el control de su cuerpo. Luego le quitó la toalla y le puso la manta gruesa sobre los hombros para taparla.

-Ten, arrópate bien con esto. Tienes que quitarte ese vestido mojado ahorita mismo o te va a dar una neumonía muy fea. Te voy a traer una ropa mía grande para que te la pongas en lo que tu vestido se seca un poco -le dijo Julián, hablando muy rápido por lo muy nervioso que estaba por tenerla a solas en su casa en medio de la noche.

Julián fue de nuevo al cuarto y sacó una de sus camisas de dormir y unos pantalones de tela. Cuando regresó a la salita, se quedó tieso y sin aire. Elena se había quitado el vestido mojado y lo había dejado en una silla. Ahora solo estaba envuelta en la manta de lana. Sus hombros desnudos y blancos brillaban un poco con la luz amarilla del foco. Ella agarraba la manta fuerte con sus dos manos.

-Aquí tienes... -dijo él, con la voz muy ronca y rasposa. Le extendió la ropa estirando el brazo, sin querer acercarse más de la cuenta.

Elena tomó la camisa, pero al mover el brazo, la manta se le resbaló un poquito de un hombro. Julián tragó saliva muy fuerte y se dio la media vuelta más rápido que un rayo.

-Me... me voy a ir a la cocina a hacerte un té caliente para que te calientes por dentro. Cámbiate ahí tranquila -dijo, huyendo como un completo cobarde hacia la cocina.

Mientras esperaba que el agua hirviera, Julián se apoyó con las dos manos contra la pared. Cerró los ojos muy fuerte y rezó en su mente. Sentía que se iba a volver loco de la desesperación. Era demasiado castigo para él tener a la mujer de sus sueños casi desnuda en su sala. Escuchaba el ruidito de la tela cuando ella se ponía su ropa y eso le daba unos escalofríos raros por toda la espalda.

-Ya estoy lista, Julián -escuchó que ella decía desde la sala. A Julián se le paró el corazón cuando escuchó que ya no le dijo "Padre", sino su nombre de hombre.

Julián se dio la vuelta despacito. Elena ya tenía puesta la camisa de él. Le quedaba grandísima, le llegaba hasta las rodillas casi como un vestido. Las mangas las tuvo que doblar muchas veces para que se le vieran las manos. Se veía muy tierna y muy frágil, pero al mismo tiempo era la mujer más hermosa que él había visto en sus veintiocho años de vida.

Él tomó la taza humeante y caminó muy despacio hasta ella. Se la dio en las manos. Al agarrar la taza, sus dedos chocaron por un segundito y los dos sintieron una corriente eléctrica muy grande por todo el cuerpo, como si se hubieran quemado.

Afuera, un trueno gigantesco explotó y toda la casa tembló. Elena dio un salto del susto y derramó un poquito de té en el suelo. Julián le quitó la taza rápido y la puso en una mesita para que no se fuera a quemar.

-Tranquila, no pasa nada, es solo mucho ruido. Aquí adentro estás a salvo -le dijo él hablándole muy bajito, quedando parado a un solo pasito de ella.

-Yo no le tengo nada de miedo a la tormenta de allá afuera -le contestó Elena, levantando la cara y mirándolo a los ojos de forma muy profunda-. Le tengo mucho miedo a la tormenta que siento aquí adentro, en mi pecho. Desde que me besó, siento que me muero si no puedo estar con usted.

-Elena, por favor, no me hagas esto más difícil de lo que ya es -le rogó Julián, cerrando los ojos. Su voz sonaba muy cansada y triste-. Yo soy un sacerdote consagrado. Le hice promesas muy serias a Dios. Hice el voto del celibato. Yo ya no tengo una vida propia para darte. No te puedo dar una casa, ni hijos, ni la vida bonita que tú te mereces tener con un hombre libre.

-Yo no quiero que me dé dinero, ni lujos, ni una vida perfecta y aburrida -le contestó ella. Dio un paso para adelante, tan cerquita que el pecho de ella tocó el pecho de él-. Yo solo lo quiero a usted, Julián. Sé que usted me quiere igual a mí. Lo pude sentir cuando me tocó en la iglesia. Dios es muy bueno, él seguro quiere que seamos felices amándonos, y no que estemos llorando por los rincones separados.

Julián sabía en el fondo de su corazón que ella tenía razón. Él la quería demasiado. Estaba muy cansado de fingir siempre ser el santo del pueblo, cansado de dormir solo todas las noches, y muy cansado de negar lo que sentía. Abrió los ojos y miró fijamente los labios rojitos de Elena. Se acordó de lo perfecto que se sentía besarlos.

-Si hago esto, será un gran pecado para mí -susurró Julián. Él ya sabía que había perdido esa guerra contra su propio corazón.

-Entonces que Dios nos castigue a los dos juntos -le respondió Elena. Levantó sus dos brazos delgados y los puso alrededor del cuello de Julián.

Esa frase fue la que terminó de romper a Julián. Él la agarró por la cintura con muchísima fuerza. La pegó fuerte contra su cuerpo y la besó sin pensar en nada más. Esta vez no fue un besito asustado. Fue un beso lleno de pasión, de ganas acumuladas y de desesperación por todo el tiempo que se habían estado aguantando las ganas de quererse. Elena abrió la boca y le respondió el beso con mucha fuerza, enredando sus dedos en el pelo negro y mojado de él.

Julián la levantó en peso. Ella no pesaba casi nada, era muy ligerita. Sin dejar de besarse ni para tomar aire, él caminó con ella en brazos hasta el cuartito pequeño de la casa. La acostó con cuidado en su cama de sábanas blancas. Afuera la lluvia seguía cayendo sin parar, tapando todo el ruido, como si el cielo estuviera escondiendo lo que pasaba adentro para que nadie en el pueblo se enterara.

Esa noche fría de tormenta, Julián dejó de ser cura. Se olvidó de sus votos, de la misa y de su deber sagrado. Sus manos dejaron de ser las manos de un hombre santo y se volvieron las manos de un hombre loco de amor. Se entregaron por completo en cuerpo y alma, diciéndose palabras simples y bonitas en la oreja. Para Julián fue la noche más bonita y feliz de toda su vida, pero no sabía que al día siguiente todo ese amor se iba a volver una pesadilla horrible cuando ella ya no estuviera.

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