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Portada de la novela El Precio de Tu Desprecio

El Precio de Tu Desprecio

Durante la gala anual corporativa, la vida de Ricardo se quiebra tras una calumnia. Sergio, allegado de la CEO Camila, lo señala injustamente por el hurto de un reloj costoso. Sin el respaldo de Camila y ante el escarnio general, Ricardo es desterrado bajo las duras exigencias de su rival. Motivado por la enfermedad de su madre y el dolor de una traición amorosa, parte al exilio con una firme promesa: regresar para cobrar venganza contra quienes pisotearon su dignidad.
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Capítulo 3

"Insisto en que lo revisen bien", dijo Sergio, su voz goteaba veneno. "Vi cómo miraba el reloj durante la cena, con ojos de codicia. Es obvio que no puede permitirse algo así y la tentación fue demasiado grande".

La acusación era tan absurda, tan llena de desprecio clasista, que por un momento me quedé sin palabras.

"Estás mintiendo", logré decir, mi voz recuperando algo de fuerza. La rabia empezaba a reemplazar al miedo. "Si no te retractas ahora mismo, el que tendrá que aclarar las cosas con la policía serás tú, por difamación".

Mi amenaza pareció divertirle.

"¿La policía?", se rió a carcajadas. "¿Tú? ¿Llamar a la policía? Por favor, no me hagas reír. ¿Quién crees que le va a creer a un muerto de hambre como tú por encima de mí?".

Se volvió hacia la multitud, buscando su aprobación, y la obtuvo en forma de sonrisas cómplices. Yo estaba solo.

Sin previo aviso, Sergio se abalanzó sobre la mochila que yo llevaba, la que usaba para ir al trabajo y a mis clases nocturnas. Me la arrancó del hombro con un tirón violento.

"¡No toques mis cosas!", grité, intentando recuperarla, pero los guardias me sujetaron con más fuerza.

Con un gesto teatral, Sergio abrió la cremallera y volcó todo el contenido en el suelo de mármol pulido. Mis cuadernos, un par de plumas, mi modesto almuerzo en un tupper y... una carpeta de hospital. Los papeles se desparramaron, mostrando diagnósticos y recibos médicos. Eran los papeles de mi madre, los que llevaba a todas partes buscando opiniones de doctores, buscando una esperanza.

Un murmullo recorrió la sala al ver los documentos. La humillación se intensificó. Ahora no solo era un ladrón, sino también un pobre diablo con problemas familiares expuestos ante la élite de la ciudad.

Y entonces, entre mis humildes pertenencias, algo brilló bajo las luces del salón.

El reloj.

El Patek Philippe de Sergio yacía sobre mis apuntes de contabilidad, su correa de cocodrilo y su esfera dorada burlándose de mí.

El silencio fue total, pesado, asfixiante. Era la prueba irrefutable. La sentencia. Vi la satisfacción en los ojos de Sergio, el triunfo de su plan perfecto. Vi la decepción endurecerse en el rostro de Camila hasta convertirse en una máscara de hielo.

"Ahí lo tienen", dijo Sergio, su voz resonando en el silencio. "Ladrón. Y además, un mentiroso".

Mi mente corría a mil por hora, tratando de entender. Era imposible. Yo no lo había tomado. Solo había una explicación.

"Tú lo pusiste ahí", dije, mi voz sonaba hueca, distante. "Tú lo pusiste en mi mochila cuando no estaba mirando".

Miré a mi alrededor, buscando una salida, una prueba. Y la vi. Una pequeña cámara de seguridad en la esquina del techo, su luz roja parpadeando discretamente.

"Las cámaras", dije, sintiendo una oleada de alivio. "Revisen la grabación de la cámara de seguridad. Ahí se verá todo. Se verá que yo no tomé nada y que tú te acercaste a mi mesa".

Por un instante, vi un destello de pánico en los ojos de Sergio. Pero desapareció tan rápido como llegó, reemplazado por su arrogancia habitual.

Camila hizo un gesto a uno de los guardias. "Revisa la grabación de inmediato".

El guardia se dirigió a un pequeño cuarto de control al fondo del salón. Todos esperamos en un silencio tenso. Esos minutos se sintieron como horas. Era mi única oportunidad de limpiar mi nombre.

El guardia regresó, su rostro inexpresivo.

"Señorita Camila", dijo, "lo lamento. La cámara de este sector no está grabando. Parece que el cable de alimentación está desconectado".

Sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Desconectado. Qué conveniente.

Sergio soltó una risa amarga.

"Vaya, vaya. Qué coincidencia", dijo, mirándome con puro odio. "Primero desaparece mi reloj y luego la única cámara que podría haberte grabado resulta estar 'desconectada'. ¿Qué tan estúpido crees que somos, Ricardo? Seguramente tú mismo la desconectaste antes de dar el golpe".

La trampa se había cerrado. No tenía escapatoria. Estaba acorralado, condenado sin juicio por un crimen que no cometí.

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