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Portada de la novela El Precio de Su Ciego

El Precio de Su Ciego

Tras la trágica pérdida de su hija Sofía por la negligencia de su esposa Isabella, Ricardo Vargas despierta inexplicablemente en el pasado. Decidido a evitar el desastre, pone a prueba la prioridad de su mujer: si ella elige salvar a su sobrino antes que a su hija enferma, él se marchará para siempre. Al confirmarse el desinterés de Isabella, Ricardo firma el divorcio, dispuesto a cambiar su destino y proteger a la pequeña de una traición irreparable.
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Capítulo 2

Ricardo Vargas firmó los papeles del divorcio sin dudar un instante, su mano se movía con una firmeza que sorprendió incluso a su propio abogado, el licenciado Morales lo miró por encima de sus lentes, un poco desconcertado por la frialdad de su cliente.

"Señor Vargas, una vez que presentemos esto, el proceso será irreversible", le advirtió el abogado, como si sintiera la necesidad de darle una última oportunidad para retractarse.

"Lo sé, licenciado, proceda", respondió Ricardo con una voz vacía de emoción, su mirada fija en el documento que sellaba el fin de su matrimonio con Isabella García, para él, este no era el final, sino el comienzo, la única oportunidad de evitar la pesadilla que ya había vivido una vez.

Un escalofrío recorrió su espalda al recordar, no era un simple mal presentimiento, era un recuerdo vívido, una herida que su alma no había olvidado, en su vida pasada, había soportado la ceguera de Isabella, su devoción absoluta por su hermana viuda, Camila, y su sobrino mimado, Mateo, había visto cómo su propio hogar se convertía en una fuente de recursos inagotable para ellos, mientras su propia hija, Sofía, era dejada de lado.

El recuerdo más doloroso, el que lo había despertado sudando frío en medio de la noche para darse cuenta de que había retrocedido en el tiempo un año antes de la tragedia, fue la imagen de su pequeña Sofía, de solo cinco años, ardiendo en fiebre, luchando por respirar, mientras él, desesperado, llamaba a Isabella una y otra vez sin obtener respuesta, ella estaba ocupada, como siempre, atendiendo un capricho de su hermana, un supuesto resfriado de Mateo que no era más que una mentira para llamar la atención.

Cuando finalmente regresó a casa, ya era demasiado tarde, la vida de Sofía se había apagado en la soledad de su habitación, y con ella, el alma de Ricardo se había roto en mil pedazos, pero ahora, el destino, o un milagro inexplicable, le había dado una segunda oportunidad, no para recuperar a Isabella, sino para salvar a su hija.

Al llegar a casa, el olor a mole de olla, su platillo estrella en el restaurante, llenaba el aire, pero sabía que no era para él ni para Sofía, era para Camila y Mateo, que vivían en el departamento de al lado, un departamento que él pagaba, vio los juguetes nuevos de Mateo esparcidos por la sala, mientras los viejos peluches de Sofía estaban en una esquina, olvidados, la diferencia era abrumadora, una prueba constante de las prioridades de su esposa.

Sofía, con su inocencia intacta, corría hacia él con un dibujo en la mano, sus ojitos brillaban al ver a su papá.

"Papi, mira, te dibujé en el restaurante", dijo con su vocecita dulce.

Ricardo la levantó en brazos, abrazándola con una fuerza que contenía todo el miedo y el amor del mundo, olía a su champú de fresa, a vida, a la vida que casi le fue arrebatada.

"Es hermoso, mi amor", susurró Ricardo al borde de las lágrimas, "escúchame, Sofía, vamos a hacer un juego, ¿sí?".

La niña asintió, curiosa.

"Cuando mamá llegue, si viene a verte a ti primero y te da un beso, nos quedaremos aquí todos juntos", explicó Ricardo, su corazón latiendo con fuerza, "pero si va primero a ver a tu primo Mateo... entonces tú y yo nos iremos de viaje, un viaje muy largo, solo nosotros dos, ¿estás de acuerdo?".

Era una prueba cruel, un ultimátum silencioso, pero necesitaba que la realidad le confirmara lo que su memoria ya sabía, necesitaba que la herida se abriera una última vez para poder cortarla de raíz.

Unos minutos después, el auto de Isabella se estacionó afuera, el sonido de sus tacones resonó en el pasillo, Ricardo contuvo la respiración, sosteniendo a Sofía con más fuerza.

Los pasos se detuvieron, no frente a su puerta, sino frente a la de al lado, escucharon la voz de Isabella, melosa y preocupada.

"¡Camila! ¡Mateíto, mi vida! ¿Cómo están? Vine en cuanto me dijiste que el niño tenía tos", dijo Isabella, su voz cargada de una urgencia que nunca le dedicaba a su propia hija.

Ricardo cerró los ojos, el dolor de la traición, fresco y punzante como la primera vez, se confirmó, miró a Sofía, cuyos ojitos se habían llenado de una silenciosa decepción, la niña no dijo nada, solo apretó su carita contra el hombro de su padre.

"Está bien, mi amor", le susurró Ricardo, su voz ahora firme, decidida, "prepara tu mochila favorita, nos vamos de viaje".

Sofía asintió lentamente, una lágrima solitaria rodó por su mejilla, en ese momento, ambos supieron que su pequeña familia de dos estaba a punto de comenzar un nuevo camino, lejos de la sombra de una lealtad tóxica que casi les cuesta todo.

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