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El precio de mi sangre

Sofía Herrera sacrificó siete años de su vida donando sangre para salvar a la amante de Alejandro, su prometido. Tras morir en la indigencia y escuchar que él prefería su fallecimiento al de Isabella, Sofía renace el día de su primera transfusión. Decidida a no repetir su amargo destino, rechaza las mentiras y súplicas de un Alejandro arrepentido. Con el peso de su pasado, ella tomará el control para transformar el futuro de todos a su alrededor.
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Capítulo 2

Sofía Herrera cerró los ojos.

El frío de la aguja en su brazo era familiar.

Demasiado familiar.

Durante siete años, casi mil veces, había sentido ese pinchazo.

Setecientos mililitros de sangre.

Esa era la cuota de hoy.

Los médicos le habían advertido.

"Señora De la Vega, su cuerpo no puede más. Otra donación así podría ser fatal".

Pero Alejandro no escuchaba.

Isabella Montoya, su "alma gemela", estaba en crisis otra vez.

Su rara enfermedad sanguínea la ponía al borde de la muerte constantemente.

Y solo la sangre de Sofía, O negativo con un fenotipo particular, podía salvarla.

La primera donación crítica, siete años atrás, le había costado a Alejandro una promesa.

"Cásate conmigo, Alejandro. Solo así seguiré donando".

Él había aceptado, a regañadientes. Un matrimonio de conveniencia.

Ella, ilusa, creyó que así estaría más cerca de él, que podría ganar su amor.

Cada donación posterior era una nueva súplica.

Una cena pública.

Un "te quiero", aunque supiera que era falso.

Pequeñas migajas de una atención que nunca sería genuinamente suya.

Ahora, en esta última crisis, Alejandro exigía una cantidad masiva.

"Es demasiado, Señor De la Vega. La vida de su esposa corre peligro", insistió el médico.

Sofía, débil en la camilla, escuchó la respuesta de Alejandro, clara y fría, desde el otro lado de la cortina.

"Que muera. Solo me importa que Isabella viva".

Las palabras la golpearon.

No como una aguja.

Peor.

Como una sentencia final.

Sintió cómo la vida se le escapaba, junto con su sangre.

Su último pensamiento fue una amarga ironía: había dado su vida por un hombre que la despreciaba, para salvar a una mujer que le había robado todo.

Luego, oscuridad.

Un pitido agudo.

Luz brillante.

Sofía abrió los ojos, desorientada.

El olor a antiséptico. Una clínica.

Reconocía la habitación.

Era el día.

El día de la primera donación crítica.

El día en que Isabella había tenido aquel "accidente" y necesitaba sangre urgentemente.

El día en que ella, en su vida anterior, le había exigido matrimonio a Alejandro.

No podía ser.

¿Había vuelto?

¿Una segunda oportunidad?

La puerta se abrió de golpe.

Alejandro De la Vega entró, con el rostro desencajado por la angustia.

"Sofía, gracias a Dios que estás aquí. Isabella... Isabella te necesita. Su vida depende de ti".

Sus ojos, normalmente arrogantes, ahora suplicaban.

Sofía lo miró.

El mismo hombre. Las mismas palabras.

Pero ella ya no era la misma.

El recuerdo de su muerte, de sus últimas palabras, estaba grabado a fuego en su mente.

Una frialdad calculadora la invadió.

Esta vez, no pediría migajas.

"Alejandro", su voz sonó calmada, sorprendentemente firme. "Donaré mi sangre".

Un atisbo de alivio cruzó el rostro de él.

"Pero tengo una condición".

Alejandro frunció el ceño. "¿Qué quieres esta vez? ¿Más dinero? ¿Una joya?"

En su vida pasada, ella había pedido matrimonio para sí misma. Para estar cerca de él. Qué tonta había sido.

"Quiero que te cases", dijo Sofía.

Alejandro la miró, confundido. "¿Casarme? ¿Contigo? Ya te dije que..."

"No", lo interrumpió Sofía. "No conmigo. Con Isabella".

La mandíbula de Alejandro casi cae al suelo. "¿Con Isabella? ¿Estás loca? ¿Qué clase de juego es este?"

"Ningún juego", replicó Sofía con serenidad. "Piénsalo. Isabella está muy enferma. Una simple novia no tiene la misma seguridad legal o social que una esposa, especialmente con su condición. Si de verdad la amas, si de verdad quieres protegerla, asegúrate de que esté cuidada, pase lo que pase. Cásate con ella. Inmediatamente".

Presentó la idea como un acto de suprema generosidad.

"Hazlo por ella, Alejandro. Para que no la pierdas".

Alejandro la escrutó, buscando algún signo de burla, de celos.

Pero solo encontró una seriedad impasible.

Quizás pensó que Sofía estaba renunciando a él, o jugando algún retorcido juego psicológico.

Pero Isabella estaba muriendo. No había tiempo.

"Está bien", dijo finalmente, la desesperación ganando la partida. "Acepto. Me casaré con Isabella. Ahora, por favor, dona la sangre".

"Mientras dono", corrigió Sofía, "quiero que los trámites del matrimonio civil se inicien. Tengo entendido que Isabella te confió algunos documentos personales, o quizás los tienes tú por alguna razón. Necesitarás su identificación, quizás algún poder notarial si ella no puede firmar ahora mismo. Yo puedo ayudar a 'facilitar' las cosas desde aquí con algunas llamadas, mientras los médicos hacen lo suyo".

Recordaba vagamente que Isabella, en su afán de mostrarse dulce e indefensa, le había enseñado una vez dónde guardaba sus documentos importantes en su bolso, "por si alguna vez pasaba algo". O quizás Sofía había visto dónde los dejaba Alejandro descuidadamente. Los detalles eran borrosos, pero la oportunidad era clara.

"Me aseguraré de que todo esté listo para cuando salgas de aquí, casado con la mujer que amas", añadió Sofía, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

Alejandro, aunque extrañado por la eficiencia y la extraña condición, solo asintió, ansioso por salvar a Isabella.

Mientras la sangre de Sofía fluía una vez más para Isabella, ella usó su teléfono.

Una llamada a un contacto discreto, una instrucción clara.

El certificado de matrimonio. El nombre de Isabella Montoya como esposa de Alejandro De la Vega.

Cuando Alejandro salió de la habitación de Isabella horas después, agotado pero aliviado porque ella estaba estable, un asistente le entregó un sobre.

Dentro, el acta de matrimonio civil.

Alejandro De la Vega e Isabella Montoya estaban legalmente casados.

Sofía, desde su cama en la clínica, sintió una extraña ligereza.

El primer nudo de su antigua vida se había deshecho.

Esta vez, el agave florecería de manera diferente.

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