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Portada de la novela El Precio De Mi Amor

El Precio De Mi Amor

Durante un lustro, Sofía creyó vivir un cuento de hadas junto a Ricardo, el influyente hombre al que rescató de una muerte segura. Su mundo se desmorona al descubrir que su matrimonio es una farsa: ella solo es el señuelo para salvaguardar a Camila, la mujer que él realmente ama. Tras comprender que sus sacrificios fueron despreciados, Sofía abandona su inocencia. Ahora, impulsada por un deseo de justicia, busca liberarse del hombre que la utilizó.
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Capítulo 2

Cinco años.

Se sentía como toda una vida, una vida de lujo, de sonrisas perfectas en fotografías que valían miles de dólares, de un amor que todos envidiaban.

Era la esposa de Ricardo, el hombre al que la prensa llamaba "el rey sin corona", un empresario exitoso a la luz del día y una figura temida en las sombras, un capo.

Para mí, él era solo Ricardo, mi esposo.

La mansión era un palacio de mármol frío y ventanales enormes que daban a jardines impecables.

Esta noche, como muchas otras, yo esperaba a Ricardo en la sala principal, con una copa de vino en la mano y una sonrisa ensayada.

Cinco años de matrimonio, y creía conocer cada gesto suyo, cada inflexión de su voz, cada cicatriz en su piel.

Una de ellas, una línea irregular cerca de su costilla, era un recordatorio constante de la vez que me interpuse entre él y una bala.

Él siempre me decía que yo era su reina, su amuleto de la suerte, su todo.

Y yo le creía.

Le creía ciegamente, con la devoción de una mujer que había encontrado el amor de su vida en el lugar más peligroso del mundo.

Cuando llegó, su rostro mostraba el cansancio de un largo día.

"Mi reina", dijo, su voz profunda y cálida llenando el silencio.

Me besó la frente, un gesto tierno que siempre lograba calmar cualquier inquietud en mi corazón.

"Perdona la tardanza, hubo un problema en el puerto".

Asentí, sin hacer preguntas.

Había aprendido a no preguntar.

Él se sentó a mi lado, tomó mi mano y la besó.

"¿Sabes? Estaba pensando en nuestro aniversario. Cinco años, Sofía. Hay que celebrarlo en grande".

Su mirada era intensa, llena de una aparente adoración que me derretía por dentro.

"Lo que tú digas, mi amor", respondí, sintiéndome la mujer más afortunada del mundo.

Un rato después, mientras él atendía una llamada en su despacho, sentí un dolor agudo en el costado, justo donde la vieja herida de bala a veces se quejaba.

Me levanté para buscar un analgésico en el botiquín del baño de la planta baja.

Al pasar por el pasillo, la puerta del despacho de Ricardo estaba entreabierta.

Normalmente, él la cerraba con llave.

Su voz, ahora desprovista de la calidez que me dedicaba, flotaba en el aire, fría y cortante.

Hablaba con Pedro, su mano derecha, su hombre de más confianza.

Mi instinto me dijo que siguiera de largo, que respetara su privacidad, la misma privacidad que había respetado durante cinco años.

Pero algo en su tono me detuvo.

Me pegué a la pared, conteniendo la respiración.

"Asegúrate de que el perímetro de la casa de la sierra esté vigilado las veinticuatro horas", ordenaba Ricardo. "Camila no puede tener ni un solo rasguño. Si algo le pasa, ruedan cabezas, ¿entendiste?".

Camila.

El nombre resonó en mi cabeza.

Nunca lo había escuchado.

"Sí, patrón. Todo está cubierto", respondió la voz leal de Pedro. "Pero, con todo respeto, ¿no cree que es arriesgado? Mantener a la señorita Camila tan cerca... Sofía podría..."

Ricardo soltó una risa seca, una risa que nunca me había dedicado a mí.

Era una risa cruel, llena de desprecio.

"¿Sofía? Por favor, Pedro. Sofía es el escudo perfecto".

La palabra "escudo" me golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago.

Me quedé helada, incapaz de moverme.

"Ella es la cara pública, la esposa del capo. Todos los ojos están sobre ella. Si algún enemigo quiere llegar a mí, irá por ella primero. Mientras todos se concentran en la reina, nadie busca a la verdadera joya que tengo escondida".

Mi mundo, construido sobre cinco años de supuestas verdades, se hizo añicos en ese instante.

Cada beso, cada caricia, cada "te amo", se convirtió en una mentira grotesca.

La herida de bala, la que yo llevaba como una medalla de honor por mi amor y lealtad, no era más que la prueba de mi estupidez.

Yo no era su reina.

Era su chaleco antibalas.

Un señuelo.

Un objeto diseñado para recibir el daño, para proteger a otra mujer.

Una mujer llamada Camila.

La rabia y la humillación me quemaron por dentro.

Sentí náuseas.

El valor que yo creía tener, mi identidad como su esposa amada, se desvaneció, dejándome vacía, convertida en una simple herramienta.

No, no iba a seguir siendo eso.

No podía.

Me aferré a la pared para no caer, mis uñas se clavaron en el yeso.

Mi vida, mi amor, mi sacrificio... todo había sido una farsa.

Una farsa orquestada por el hombre que dormía a mi lado cada noche.

El dolor en mi costado se intensificó, pero ya no era solo un dolor físico.

Era el dolor de un corazón destrozado, de una confianza traicionada.

El hombre que yo amaba no existía.

En su lugar, había un monstruo calculador que me había usado de la manera más cruel posible.

"Sofía es ingenua, Pedro. Está tan enamorada que haría cualquier cosa por mí", continuó Ricardo, su voz cargada de una arrogancia que me revolvió el estómago. "Incluso morir. Y eso, mi amigo, es más valioso que cualquier ejército de sicarios".

Esa fue la última frase que necesité escuchar.

El dolor se transformó en una claridad helada.

Ya no había lágrimas.

Solo una decisión.

Tenía que desaparecer.

Tenía que recuperar mi vida, la que le había entregado a un espejismo.

Lentamente, me alejé de la puerta, moviéndome como una autómata.

El dolor en mi costado era un recordatorio constante, un eco de la bala que casi me mata.

Pero ahora, el dolor más profundo no estaba en mi cuerpo.

Estaba en el alma, un agujero negro donde antes había amor.

Y en ese vacío, nació una nueva Sofía.

Una mujer que ya no era un escudo.

Una mujer que iba a luchar por su libertad.

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