
El Precio de la Venganza
Capítulo 2
El olor a antiséptico y el cuero caro del coche se mezclaban en un aroma que le revolvía el estómago a Sofía.
Tenía la cabeza apoyada en la ventanilla fría, viendo cómo las luces de la Ciudad de México pasaban borrosas. Cada hueso de su cuerpo le dolía, un recordatorio constante de los últimos días de infierno.
A su lado, Ricardo le sostenía la mano con una fuerza que pretendía ser reconfortante, pero que a ella se le antojaba como una cadena.
"Ya casi llegamos, mi amor," susurró él, con esa voz profunda y encantadora que antes la derretía. "Estás a salvo ahora. Nadie volverá a hacerte daño, te lo juro."
Sofía no respondió. Se limitó a cerrar los ojos, fingiendo un agotamiento que, aunque real, también le servía de escudo.
Ricardo, creyéndola dormida o demasiado sedada para entender, relajó su postura. El silencio duró apenas unos minutos, hasta que su voz, ahora más baja y dura, cortó el aire. Hablaba con el hombre que iba en el asiento del copiloto, su guardaespaldas de confianza, Jorge.
"¿Salió todo como lo planeamos?" preguntó Ricardo.
El corazón de Sofía se detuvo. Abrió los ojos una milésima de segundo y los volvió a cerrar.
Jorge carraspeó, su voz sonaba incómoda. "Sí, señor. La prensa ya tiene la historia. 'Heredera de los Velasco encontrada en una casa de seguridad, posiblemente involucrada con sus captores'. La humillación es total."
Sofía sintió como si le hubieran echado un balde de agua helada encima.
¿Qué?
"Perfecto," dijo Ricardo, y Sofía pudo casi sentir la sonrisa satisfecha en su voz. "Después de esto, no tendrá más remedio que casarse conmigo. Su reputación está por los suelos, nadie más la tomará en serio. Y su padre tendrá que aceptar para evitar un escándalo mayor."
"Señor," la voz de Jorge temblaba ligeramente, "creo que nos pasamos de la raya. La golpearon muy fuerte. Y... y ella..."
"¿Ella qué?" espetó Ricardo, perdiendo la paciencia. "Habla de una vez, Jorge."
"Ella estaba embarazada, señor. Los médicos que la revisaron antes de que usted llegara lo confirmaron. Tenía casi dos meses."
El aire abandonó los pulmones de Sofía. Un zumbido agudo llenó sus oídos, ahogando el sonido del tráfico.
Embarazada. Estaba embarazada.
El silencio en el coche fue pesado, denso. Sofía esperó, con cada fibra de su ser, que Ricardo mostrara una pizca de horror, de arrepentimiento.
Pero lo que escuchó a continuación la destrozó por completo.
"Mierda," dijo Ricardo, pero no había dolor en su voz, solo fastidio. "Bueno, un problema menos. Eso habría complicado las cosas con Elena. Asegúrate de que esa información no se filtre. Lo último que necesito es que se haga la víctima por un mocoso que ni siquiera quería."
La verdad la golpeó con la fuerza de un tren.
El secuestro. La tortura. Los golpes en su vientre.
Todo.
Había sido él. El hombre que amaba, su prometido, el padre del hijo que acababa de perder.
Una oleada de náuseas subió por su garganta, violenta e incontrolable. Se incorporó de golpe, empujando la mano de Ricardo, y vomitó en el impecable suelo de piel del Rolls-Royce.
El vómito era amargo, ácido, y quemaba su garganta, pero no se comparaba con el veneno que ahora corría por sus venas.
"¡Sofía! ¿Qué diablos te pasa?" gritó Ricardo, más preocupado por la tapicería de su coche que por ella. "¿Estás loca? ¡Acabas de arruinar el interior!"
Sofía lo miró, con los ojos llenos de lágrimas y bilis. Vio su rostro, antes el más amado, y ahora solo vio a un monstruo. La preocupación fingida en sus ojos, el ceño fruncido por el asco hacia su vómito, la máscara de prometido perfecto cayéndose a pedazos para revelar la podredumbre debajo.
"Llévame a casa," susurró ella, con la voz rota. No a la de él. A la suya.
Pero sabía que no la escucharía.
Ricardo le pasó un pañuelo de seda, con un gesto de impaciencia. "Tranquila, mi amor. Son los nervios. Ya estás en casa conmigo, todo va a estar bien."
La palabra "casa" sonó como una sentencia. La lujosa mansión de Ricardo, que antes le parecía un palacio de ensueño, ahora se alzaba en su mente como una prisión dorada. Una jaula construida con mentiras, crueldad y la sangre de su hijo no nacido.
Se dejó caer de nuevo en el asiento, sintiéndose completamente vacía y rota. Era una marioneta en su teatro, una pieza en su tablero de ajedrez. No tenía a dónde ir. Estaba atrapada.
Mientras el coche se deslizaba por las puertas de hierro forjado de la mansión, sus ojos se cruzaron con los de Jorge en el espejo retrovisor. El guardaespaldas apartó la mirada de inmediato, pero Sofía alcanzó a ver la culpa y la lástima en sus ojos.
No era mucho.
Pero era una grieta en el muro de su desesperación. Una pequeña señal de que no todos en el mundo de Ricardo eran monstruos sin alma.
Y en la más profunda oscuridad, a veces, una sola grieta es suficiente para que la luz comience a filtrarse.
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