
El Precio de la Infidelidad
Capítulo 2
El Comandante Alejandro "El Jaguar" Vargas observaba el Códice Maya con una mezcla de orgullo y nostalgia.
Era la joya de su colección, un tesoro que había protegido con su vida, un legado de sus ancestros que ahora descansaba en una vitrina del Museo Nacional.
Lo entregó todo, sin dudar. No solo el códice, sino docenas de artefactos prehispánicos, piezas únicas que valían una fortuna incalculable.
Todo por un solo objetivo, asegurar un lugar para su hijo, Carlitos, en el prestigioso "Encuentro de Líderes Comunitarios del Mañana".
Para Alejandro, ver la pasión de su hijo por la historia y el liderazgo era más valioso que cualquier reliquia.
"Papá, ¿de verdad crees que me elegirán?", le había preguntado Carlitos con los ojos brillantes de emoción la noche anterior.
"Claro que sí, campeón. Eres el niño más inteligente y dedicado que conozco. Ese lugar es tuyo", le aseguró Alejandro, alborotándole el pelo.
El director del museo le había prometido el lugar a cambio de la "generosa donación". Un trato que a Alejandro le pareció justo.
Pero la justicia, como bien sabía, era una moneda devaluada en el mundo de los hombres de negocios y el poder.
Al día siguiente, la puerta se abrió de golpe.
Carlitos entró corriendo, con la cara roja y los ojos inundados de lágrimas.
"¡Papá!", sollozó, arrojándose a sus brazos. "¡Me quitaron mi lugar! ¡Se lo dieron a otro niño!".
Alejandro sintió cómo una rabia fría le recorría las venas. Abrazó a su hijo con fuerza, tratando de calmar sus temblores.
"Tranquilo, hijo. Cuéntame qué pasó".
"El papá de Ramiro Jr. llegó y le dio un montón de dinero al director", explicó Carlitos entre sollozos. "Dijo que donó un millón de pesos. El director me dijo que lo sentía mucho, pero que el lugar ahora era para Ramiro Jr.".
Ramiro Jr., el mocoso arrogante que siempre se burlaba de Carlitos en la escuela. Y su padre, Ramiro "El Buitre" Guzmán, un magnate de los negocios con fama de tiburón y conexiones dudosas.
Alejandro apretó los puños. La furia que había mantenido dormida durante años comenzaba a despertar.
"Vístete, Carlitos. Vamos a ir al museo a aclarar las cosas".
Cuando llegaron al museo, la escena era grotesca.
Ramiro Guzmán estaba de pie junto al director, sonriendo con suficiencia, mientras su hijo, Ramiro Jr., se pavoneaba con el gafete del encuentro que debería haber sido para Carlitos.
"Señor Vargas, qué sorpresa", dijo el director del museo, con una sonrisa nerviosa. "Justo hablábamos del señor Guzmán y su increíble generosidad".
"Director, usted y yo teníamos un acuerdo", dijo Alejandro, con una voz peligrosamente tranquila. "Mi colección vale mucho más que un millón de pesos. Mi hijo se ganó ese lugar".
Ramiro Guzmán soltó una carcajada.
"¿Ganárselo? Por favor. En este mundo, las cosas no se ganan, se compran. Y yo tengo más dinero del que tú verás en toda tu miserable vida".
Señaló con desdén los artefactos que Alejandro había donado.
"Unas cuantas vasijas de barro no se comparan con dinero contante y sonante. Es la nueva era, amigo. Adáptate o quédate en el polvo".
Alejandro lo miró fijamente, sin inmutarse.
Fue entonces cuando Ramiro sacó su cartera y extrajo una tarjeta de crédito negra, brillante y sin límite aparente. La agitó frente a la cara de Alejandro.
"¿Ves esto? Es poder. Es lo que mueve al mundo".
Alejandro reconoció la tarjeta al instante.
Era la tarjeta adicional que le había dado a su esposa, Sofía, para los gastos de la casa y la familia. Una tarjeta vinculada directamente a su cuenta principal.
La sangre se le heló en las venas. La conexión era evidente, nauseabunda.
Ramiro "El Buitre" Guzmán no solo le estaba robando la oportunidad a su hijo, era el amante de su esposa.
"Mi esposa es Sofía de la Torre, una empresaria reconocida, una mujer de mundo", dijo Ramiro con desprecio, malinterpretando el silencio de Alejandro. "No es alguien con quien un don nadie como tú pueda meterse. Ahora, si nos disculpas, llévate a tu escuincle y tu cacharro de barro a casa. Estorban".
Una sonrisa gélida se dibujó en los labios de Alejandro.
Sacó su teléfono, entró en la aplicación del banco y, con un solo toque, bloqueó la tarjeta de Sofía.
Luego, miró a Ramiro directamente a los ojos.
"Si esa tarjeta realmente puede sacar un millón de pesos de mi cuenta", dijo Alejandro, con una voz que cortaba el aire, "¿qué te parece si me arrodillo aquí mismo y te llamo 'papá'?".
Hizo una pausa, dejando que la tensión llenara la sala.
"¿Pero gastar mi dinero en tus amantes y encima querer que un muerto de hambre como tú pisotee a mi hijo? Ni en tus sueños, pendejo".
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